Se encuentran en
el territorio de lo imperceptible, son amantes perfectos en la inmunidad de la
noche. Nadie conoce certeramente el lugar en el que descansan su inmediatez
necesaria para con el mundo. Albur cuando la luz del día es tan pertinente que
se hacen visibles, Íncubo y Súcubo se deshacen en otredad de la malicie para
disfrutar plácidamente de los frutos adquiridos, robados, ultrajados y
seducidos. Escogen a sus víctimas con la delicadeza que la muerte utiliza para
rondarlos, suele disfrutar el acto de lejos, su respiración se agita en silencio
y más de una vez ha estirado sus destructivos dedos, queriendo formar parte de
la escena mientras el ser es poseído. La triste verdad: nadie es capaz de
satisfacer a dichos demonios excepto por su compañero. Fueron creados, bajo la
trampa mortal de no pertenecer ni al bien ni al mal, sino ser esclavos del
placer y la lujuria. Cazadores incesantes de sus víctimas, pero el placer real
se encuentra cuando como únicos y gemelos se revuelcan dentro del otro,
destrozando, muriendo, en el estado de placer agónico más intenso que pueda
existir jamás.
Esta noche he hallado a Íncubo cómodo a la espera. No puedo
predecir que siempre sea igual, pero hace muchos siglos atrás llegué a un pacto
un poco pérfido pero certero - algunos demonios gozamos el privilegio de hacer
estas cosas -. Mi condición andrógina pacta también con Súcubo, aunque he de
reconocer que en esta vida, la semilla de la feminidad ha dejado marcas
evidentes en mi. Yo les doy mi energía de vida, a cambio de un poco de
epicureismo real. El acto dura apenas unos segundo, conmigo ya no tienen que
rearmar su trampa una y otra vez, de acceder al deseo a través del sueño, para
cuando empiezan a sudar del placer, el demonio se haga materia y cada una de sus
caricias y penetraciones - o contracciones vaginales en el caso de Súcubo -,
representan el hilillo aniquilante del sucumbir energía. Conozco sus exigencias,
más no sus enigmas, aun así soy prisionera de ellos. Íncubo es un buen
estratega, me llega despacio y adjudica la muerte que necesariamente mi pudor
requiere, dándole a mi clítoris el instante sublime de orgasmo más intrínseco al
que puedo llegar, por el contrario de Súcubo que me exige la transformación
pertinente de femenino a masculino, para obtener de mi semen el magna imperioso
que exhorta. Y si me duermo antes de su visita se convierten en mi peor
pesadilla, porque olvidan el trato y lo hacen de su vulgar, despiadada manera.
Torturan, utilizando la crueldad, erotismo en medio de las venas, volcando mi
capacidad de percepción en mi enemigo natural, transmutándome en una más de sus
mal nacidas víctimas estridentes.
Oscuridad he estado alerta, sería impúdico negarme la
placidez de disfrutarlo, y verlos despacio ante la abnegación que le representa
cumplir con aquello que se deslindó bruscamente.
Cuando no aparecen invoco…
Mi sexo hambriento te reclama
como ha reclamado decenas de veces tactos perfectos
lenguas enredadas
pero esta noche sólo tengo mis manos,
unos dedos que sin pudor se deslizan encontrando vertiginosamente
la humedad que te piensa
el juego suave y conciso, después de tanto tiempo sin tenerte
he aprendido cómo satisfacerme con tan solo un recuerdo
No eres un rostro o un sentimiento
todo lo he desechado
ahora eres simplemente el calor que emanabas al tenerme
y yo me estremezco al pensarte
demonio que toma y reclama mi sexo .
Copyrigth 2002© Todos los derechos reservados