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Franz Kafka (1883 - 1924)
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Kafka fue uno de los autores más originales y extraños de cuantos, a
principios del siglo XX, enriquecieron el caudal de la literatura europea
con nuevas ideas, estilos y perspectivas, y lo fue tanto por su obre
singular, afortunadamente salvada del destino que el propio creador previó
para ella en su testamento -las llamas-, como por las particularidades de su
carácter y su breve existencia. Milena Jesenka-Polak, mujer que lo conoció
íntima y profundamente escribió: "Todos somos capaces de vivir porque alguna
vez nos hemos refugiado en la mentira, la ceguera, la euforia, la fe, el
nihilismo o cua
La desconfianza y el miedo de todo y de todos hicieron muy pronto de él un ser desesperadamente solitario, sin amigos, huraño e incapaz de relacionarse. En julio de 1901, al terminar su bachillerato, Kafka dudó entre seguir estudios de Filosofía e inclinarse por Bellas Artes. El padre irrumpió en estas vacilaciones como un elefante en una cristalería y obligó a su hijo a matricularse en derecho. Franz emprendió con desinterés la carrera jurídica, que superó con facilidad pero profundamente aburrido, lamentando una y otra vez el tiempo perdido en "alimentar la mente con nada más que aserrín, por lo demás triturado por miles de bocas anteriormente". En 1906 obtenía el doctorado en Leyes, cumpliendo así con la voluntad paterna. Pero estos años tuvieron también su vertiente provechosa. Al entrar en contacto con los círculos estudiantiles, que organizaban recitales de poemas y lecturas literarias y filosóficas, Franz pudo satisfacer sus aficiones y familiarizarse con autores como Ibsen, Spinoza, Nietzsche, Kierkegaar y Flaubert. También conoció al escritor y crítico Max Brod, hombre activo y energético que rápidamente se sintió fascinado por el introvertido Kafka. La crónica desconfianza del joven quedó en cuarentena y por primera vez pudo disfrutar del privilegio de tener un buen amigo.
En sus novelas, escritas con un estilo nítido y casi prosaico, Kafka
describirá minuciosamente situaciones en apariencia simples que se
transforman en historias de desolación y angustia. El miedo a la invasión
del mundo exterior en la propia realidad, la impotencia ante los sucesos que
no se comprenden ni pueden ser evitados, la fatalidad que se impone a toda
existencia y el temor ante la pérdida de la libertad interior son sus temas
recurrentes. La atmósfera descarnada, inquietante y misteriosa de sus obras,
esencia de todo lo kafkiano, obedecerá a una intención expresa: "Necesitam
AMORES Y NOVELAS Fue también en ese año de 1912 cuando Kafka conoció a través de Max Brod a una berlinesa llamada Felice Bauer, mujer alta y poco atractiva, pero fuerte, segura y tranquila. Con ella entabló una relación amorosa que desembocó meses después en una petición oficial de matrimonio. La respuesta de la familia de Felice fue positiva, y entonces Kafka decidió que debía pensárselo mejor; si bien el amor le hacía dichoso, el compromiso le incomodaba. Además, los asuntos del corazón, lo distraían de sus novelas: "Si soy feliz por algo no relacionado con la escritura, me siento incapaz de escribir ni una sola palabra". A pesar de estas dudas sentimentales, siguió adelante con sus textos y redacto La metamorfosis, su narración más célebre. Se trata de una obra con ecos autobiográficos en la que se cuenta la experiencia de Gregorio Samsa, convertido en una mañana cualquiera en un monstruoso insecto. Las reacciones paradójicas de la familia y de los superiores de la oficina donde está empleado el protagonista son desgranadas por la pluma del autor, que nos transmite así la imagen que el propio Kafka tenía de su espacio vital y de las personas que lo rodeaban. Embebido de sus historias, Kafka anuló varias veces el compromiso adquirido con Felice Bauer y varias más reanudó sus relaciones con la paciente muchacha.
Después de ver publicado su primer libro, titulado Contemplación, en el que
había reunido sus mejores cuentos, continuaba escribiendo sin descanso y
pensó que era el momento de independizarse de su familia y vivir solo. En
una habitación alquilada encontró su refugio y al estallar la Primera Guerra
Mundial redactó El proceso, relato magistral en el que un tribunal anónimo y
misterioso incoa un proceso contra un joven oficinista, bautizado por Kafka
con la inicial de K, a quien nunca se revela el delito que se le imputa y
que finalmente muere ajusticiado por dos curiosos agentes sin haber llegado
hasta el tribunal ni desentrañado el misterio. Esta obra, considerada entre
otras cosas una reflexión sobre sus difíciles relaciones con Felice, lo
llevó a replantearse su vida amorosa. Kafka pensó que debía decidirse de una
vez por todas y en el verano de 1917 tuvo lugar la que parecía definitiva
ceremonia de esponsales. El escritor se sentía más seguro; la paciencia de
Felice le resultaba enternecedora y sus libros empezaban a publicarse con
cierto éxito. Pero todos los planes de emprender una existencia tranquila se
esfumaron ante un hecho terrible: una tos pertinaz fue considerada por los
médicos síntoma inequívoco de que Kafka padecía tuberculosis. BREVE FELICIDAD FINAL Curiosamente, el escritor recibió el diagnóstico con tranquilidad y casi con alivio. En el fondo de su alma sabía que aquella era la prueba de su incapacidad para adaptarse al mundo y al devenir común de los mortales. Ahora podía retirarse de todo – trabajo, familia, amor – y refugiarse definitivamente en sí mismo. En esos días escribió a su amigo Max: “Esto es la libertad, sobre todo la libertad”. Hasta su jubilación en 1922, Kafka pasó la mayor parte de su tiempo en diversos sanatorios para enfermos pulmonares. En uno de ellos conoció a la joven checa Julie Wohryzek, de la que se enamoró apasionadamente. Sin vacilar le propuso casarse con ella, pero su padre apareció de nuevo en escena y se opuso vehementemente a esa unión, que consideraba desfavorable para su hijo. Las discusiones entre ambos se reanudaron y Kafka escribió su Carta al padre, una especie de ajuste de cuentas literario con su progenitor que nunca llegaría a manos del destinatario. De todos modos, los planes de casarse con Julie cambiaron cuando Kafka conoció a Milena Jesenska-Polak, una intelectual checa de veinticinco años, casada, bella y vital, que experimentó por el escritor un sentimiento de bondad y comprensión nunca antes despertados por Kafka en persona alguna. Nuestro hombre intentó prevenir a esta mujer excepcional de su desastrosa personalidad, pero ni ella ni él quisieron renunciar al afecto que les unía.
En 1921 Kafka dejo a su amiga todos sus diarios en un trascendental acto de
entrega, único en la vida de aquel desconfiado solitario. Sin embargo, esta
relación tampoco alcanzó la estabilidad, ya que ninguno se atrevió a tomar
una decisión clara; Milena esperó vanamente una señal inconfundible de su
compañero para abandonar a su marido y Kafka no se sintió capaz de forzarla
a dar tal paso. Así, a partir de 1921 la distancia comenzó a alzarse entre
ellos, aunque nunca dejaron de escribirse. Las fuerzas del escritor
disminuyeron rápidamente tras la separación. Ello no impidió que Kafka se
aplicase a la elaboración de su última obra, El castillo, que no llegó a
terminar. En esta novela, el agrimensor K abandona su familia, su tierra y
su empleo para trabajar en un extraño pueblo adscrito a un castillo. Desde
su llegada le comunican en la aldea que sus servicios no son necesarios y él
intenta aclarar su situación con los administradores del castillo, lo que se
revelará por completo imposible. En 1923, en una estancia junto al mar,
Kafka conoció a Dora Diamant, una muchacha de veinte años encantadora,
Con ella gozó de un último rayo de felicidad y se sintió por primera vez un hombre normal y dichoso. Desgraciadamente, era demasiado tarde. A principios de abril de 1924 su enfermedad se agravó; las semanas finales las pasó en el sanatorio de Kierling, cerca de Viena, acompañado de Dora, Max y su tío Siegfried, hombre al que estimaba y había retratado años antes en su cuento El médico rural. El 3 de junio sus ojos se cerraron para siempre, después de haber determinado en su testamento que todos sus escritos fuesen pasto de las llamas. Afortunadamente, Max Brod no cumplió esta última voluntad.
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