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Nace Oliverio en Buenos Aires, un 17
de agosto de 1891, en el seno de una familia acomodada de ilustres
antepasados: «Desciende por su padre -escribe su amigo Ramón Gómez de la
Serna en sus Retratos contemporáneos- de vascos de Mondragón -cuya casa
blasonada cayó en los bombardeos de la última guerra civil- y por su madre,
apellidada Uriburu y Arenales, de los conocidos próceres también vascos». Su
infancia transcurre en la capital argentina, aunque muy temprano la grácil
economía familiar encamina los pasos del poeta en ciernes hacia la vieja
Europa, que paradójicamente seguía albergando el nacimiento de lo nuevo.
Cursa estudios en varios colegios en Europa: en el colegio Epsom de Londres
y en la Escuela «Albert le Grand» de Arcueil, cerca de París, de la cual,
volviendo al relato de RAMÓN, es expulsado al arrojar «un tintero a la
cabeza del profesor de Geografía porque habló en su lección de los
antropófagos que existían en Buenos Aires, capital del Brasil».

Termina sus estudios juveniles de regreso a
Buenos Aires y principia su actividad literaria. Comienza la carrera de
Derecho y acuerda con sus padres no abandonar la carrera si consienten
financiarle visitas periódicas a Europa en período vacacional. De esta
manera, se hacen más frecuentes los viajes a Europa y en ellos entabla
relaciones literarias y amistosas con poetas y artistas del continente
europeo, que le introducen en los diversos círculos de las nuevas corrientes
estéticas. En esa época sus lecturas más estimadas son los poetas
simbolistas franceses, los ensayos de ideario decadente de Remy de Gourmont,
el Darío de Los raros y la filosofía de Nietzsche. Por esos años, Girondo
anda colaborando como corresponsal en diversas revistas porteñas como Plus
Ultra y la conocida Caras y caretas. El poeta Jules Supervielle, medio
uruguayo-medio francés, le presenta en París a los jóvenes que por esos años
ya organizaban las célebres veladas surrealistas
En Madrid, Gómez de la Serna le
recibe en la tertulia de Pombo, de donde arranca una espontánea y duradera
amistad que fragua años más tarde con la estadía del madrileño en Buenos
Aires. Recorre el Nilo y visita las pirámides de Egipto, y en Italia conoce
al pintor argentino Emilio Pettoruti. Fruto directo de este periplo viajero
(Madrid, Sevilla, París, Buenos Aires, Río de Janeiro) es su primer libro de
poemas Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, publicado en una pequeña
población francesa en 1922. A propósito de esta época el propio Oliverio
informa:
Entre idas y vueltas de Europa -¡he
vivido 567 días en el mar!- fundé con mis amigos de «La Púa» un pasquín
inédito que se llamó Comedia. Varios artículos publicados en él y otros en
Plus Ultra indican que convalecía «de» Barrés. (¡Qué olor a pomo y a
gomina!). En un momento de verdadero extravío mental, arriesgué, con la
complicidad de René Zapata Quesada, un intento teatral: La Madrastra,
melodrama infecto y maeterlinckiano. Después, para redimirme, rompí papel
durante varios años. Rompí papel en Edimburgo y en Sevilla, en Brujas y en
Dakar, hasta que en 1922 publiqué algunos de los que se salvaron junto con
diez hojas de mi «carnet» de croquis bajo el título de Veinte poemas para
ser leídos en el tranvía.
Ese mismo año, junto a la obra de Girondo, se
publican también Trilce del peruano César Vallejo, Andamios Interiores del
mexicano Manuel Maples Arce y Paulicèia desvairada del brasileño Màrio de
Andrade, para confirmar la madurez de la poesía vanguardista en América
Latina.
Dedica casi en su totalidad el año 1923 a
recorrer España y a gestar el que será su segundo libro de poemas,
Calcomanías, publicado precisamente en España en 1925. Viaja por el país
(Toledo, Madrid, Sevilla, Granada, Algeciras) en burro y en diligencia,
sentado, según cuenta, al costado de una muerta. «También viajó -según
cuenta Paco Urondo- en el "tren botijo", especie de tren carreta que [...]
para en los lugares que el pasajero quiere. Yendo de Valencia a Sevilla paró
en Guadix, Granada, donde los gitanos hacen cuevas en las montañas para
vivir; allí encontró un Valdepeñas que lo hizo quedar en la juerga gitana
durante tres días. Cuando tomó el tren para seguir viaje, un suicida puso la
cabeza y Girondo vio un humo rojizo que salía de las vías: era la sangre del
desdichado, evaporada por el frío».
De regreso en Buenos Aires, funda en 1924,
junto a Evar Méndez y algunos otros escritores y artistas, el periódico
Martín Fierro, con el objeto de formar un ambiente preparatorio para el
desarrollo de las nuevas corrientes artísticas en el Río de la Plata. En
julio de ese mismo año emprende un largo viaje por América y Europa en
«misión intelectual» para promover un «frente único» y un «verdadero
intercambio de producciones, revistas y libros; ideas, poesía, arte», en
países como Chile, Cuba, México o Perú. Su peregrinaje es saludado por
intelectuales de la talla de Guillén, Mariátegui o Villaurrutia.
En 1927, tras la polémica con La Gaceta
Literaria sobre el «meridiano intelectual de Hispanoamérica», se disuelve el
periódico Martín Fierro (su último número apareció el 15 de noviembre de
1927) ante la decisión de algunos redactores de apoyar desde sus páginas la
candidatura a la segunda presidencia de Hipólito Yrigoyen, vulnerando de
esta manera la voluntad de prescindencia política que sus directores se
habían impuesto desde la fundación del mismo.
Acabada la etapa de Martín Fierro, donde colabora
esporádicamente con sus conocidos «Membretes», Girondo mantiene su proyecto
poético publicando en Buenos Aires en 1932 su libro Espantapájaros. La
presentación del libro tiene lugar en Buenos Aires con las exageraciones
propias de las manifestaciones vanguardistas. Oliverio hizo una réplica en
papel maché del «espantapájaros-académico» que el pintor Bonomi había
diseñado para la tapa del libro, el cual fue colocado, según cuenta Norah
Lange, «en una carroza coronaria -de esas que llevan las flores y van detrás
del coche fúnebre- tirada por seis caballos, con su auriga y lacallos,
vestidos según la moda Directorio, apostados a cada lado». Al mismo tiempo
alquiló un local en la calle Florida atendido por hermosas y llamativas
muchachas para la venta del libro. La experiencia publicitaria resultó un
éxito y el libro se agotó en cosa de un mes. El muñeco que durante años
presidió la entrada de su casa de Suipacha al 1444, hoy puede contemplarse
en el Museo de la Ciudad de Buenos Aires.
En 1937 aparece su el relato Interlunio con el sello de Editorial Sur. El
elemento visual se une de nuevo al verbal a través de las oscuras
aguafuertes de Lino Spilimbergo.
En 1942 la editorial Losada publica Persuasión de los
días.
En 1943, después de una duradera relación, Oliverio
Girondo y Norah Lange deciden contraer matrimonio. Por esas fechas ambos
comparten sus días entre la quinta de Gwen y la casa de Suipacha al 1444, en
Buenos Aires. Oliverio aparece vinculado con los grupos jóvenes que actúan
por esos años, emulando al Macedonio Fernández de los años 20 que se integró
como uno más con los miembros de Martín Fierro, veinte años más jóvenes que
él. La casa de Suipacha que era como un museo de las culturas más diversas
sirve durante muchos años de centro de reunión para estos jóvenes: Edgar
Bayley, Carlos Latorre, J. Llinás, Francisco Madariaga, Enrique Molina, Olga
Orozco, Aldo Pellegrini, Mario Trejo o Alberto Vanasco.
En 1946 aparece una plaquette con un único y extenso
poema: Campo nuestro.
En 1948 realiza un viaje a Europa con su esposa, que se
repite en 1965 siendo éste el último.
Aldo Pellegrini presenta en el número 2, noviembre de
1953, de la revista Letra y línea los primeros poemas que en 1956 compondrán
la edición definitiva de En la masmédula.
Un accidente sufrido en 1961 le deja disminuido durante
los últimos años de su vida. Muere en Buenos Aires el 24 de enero de 1967.
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