RICARD
Estaba cansado, así que me senté en el suelo del vagón, en una de las esquinas
por donde no circulaba nadie. Me senté allí, pues todos los puestos se hallaban
ocupados.
Sentía pereza y desesperación por llegar a casa para la rutina de la lectura
nocturna. Mentira, no tenía ninguna lectura nocturna, solo me fingía a mi mismo
que leía, y mientras tanto me detenía mil veces entre dos líneas, iba a
cepillarme los dientes u observaba la división entre los cortinajes de mi
recámara y la pared.
Ciertamente no estaba cansado, pues no era propio de mi cansarme. Podía andar un
día y una noche enteros, y seguir caminando.
Tal vez solo era la flojera o algún morboso deseo de llamar la atención.
Me senté colocando la espalda contra la pared del vagón utilizando el pie
derecho como asentadero de las nalgas, mientras la pierna izquierda se acomodaba
en ángulo recto, como si hiciese alguna reverencia.
Cerré los ojos intentando imaginar algo agradable.
Entonces escuché una voz masculina que se me dirigía desde arriba.
Me decía que debía ponerme de pie, pues tal era la norma. Abrí los ojos y me
encontré con un hermoso monigote vestido de azul claro y oscuro. Observé su
insignia con detenimiento; no era la pasma, si no el vigilante del vagón, que es
casi lo mismo.
Mi gesto debió haberle parecido significativo a cansancio y enfermedad.
Aproveché su repentino ablandamiento y con el tono más quejumbroso que pude
proferir, le dije que me sentía mal, que tal vez tenía la tensión baja y que
estar de pie me provocaba náuseas. Aun con esto, hice ademán de levantarme.
Me soltó algunas palabras que no entendí y de pronto alguien se paró de su
asiento, ofreciéndomelo.
Lo acepté con la misma mueca de mártir moribundo.
A mi lado había una viejecita de unos sesenta años que observaba curiosa la
situación.
Cerré los ojos y sintiendo el influjo de las miradas de todos sobre mi, me
convertí en un enfermo. Debo haberme puesto pálido y todo.
El tacto de una mano tibia en mi frente, me hizo abrir los ojos en una especie
de fingido delirio.
Todos los que me rodeaban, incluyendo al vigilante y al buen samaritano me
observaban con compasión.
Ladeé la mirada sobre los espectadores, terminando en la viejecita.
Me pareció escuchar que discutía suavemente sobre mi temperatura con el
vigilante y el samaritano, ambos de pie junto a mi asiento.
Tras varios intentos, exclamé que me encontraba bien y que se me pasaría en un
momento.
Como pude prever, no me tomaron en serio en lo más mínimo.
El tren se bamboleaba, con su ruido a rieles, electricidad y el pasar entre los
túneles con sus ecos.
Después de algunos segundos de silenciosa y nerviosa indecisión, la viejecita me
pidió amablemente que le describiese mi estado.
Forzando unos vagos recuerdos de los síntomas de una bajada de tensión balbuceé
diversas dolencias, culminando en una nueva afirmación de que no debían prestar
tanta alarma, pues se me pasaría enseguida.
Lo extraño y avanzado de la situación me forzaba a continuar la comedia, mitad
curiosidad, mitad nervios, miedo... ya empezaba a sentirme realmente enfermo de
mi propia representación. No podía pensar en otra cosa que en mi risa interna y
en el esfuerzo sobrehumano que llevaba para no hacerla estallar. Por dentro, me
lamentaba de haber creado esa falaz situación.
Después de intercambiar miradas entre sí, alguien más murmuró sobre dónde
viviría yo, pues mis ropas eran limpias, y mi rostro delataba facciones francas
de buena cuna. Alguien más preguntó mi nombre, y otro sugirió la posibilidad de
que yo no hubiese comido.
En el mismo estado, ensarté palabras incoherentes, aunque aún discreto y penoso,
de algún cuento sobre mi hogar, recalcando con enigmática afirmación,
desconcertante y rebosante para sus curiosas mentes, que en efecto no había
probado bocado alguno.
Yo actuaba de tal manera, que ellos pensasen que yo intentaba verme bien para
distraerlos, pero que en realidad (en su realidad) yo me sentía mucho peor de lo
que representaba.
Este juego pareció entusiasmar sus corazones.
Ante la vista próxima de la estación destino, el vigilante ofreció acompañarme
hasta un taxi, mientras la viejita recolectaba para el pago de éste y para que
me comprase algo de comer.
Me sentía aterrado y lleno de vergüenza ante esta reacción unánime de mis
compañeros de viaje. No sabía si llorar o reír, si contarles todo o guardarme el
secreto y huir con sus limosnas.
Naturalmente, escogí la última opción.
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