Mi hermano se acerca, tal vez me toma de los hombros, no recuerdo, me mira a los
ojos, creo que está llorando; me dice que tiene grandes problemas, que debe
irse... discutimos algo, él se marcha.
Un tiempo después, leí en el periódico alguna noticia sobre un enfrentamiento,
he debido leer su nombre allí pues salí corriendo al lugar donde había ocurrido
aquello.
Era un edificio viejo, la puerta estaba abierta, escombros por todas partes.
Atravesé un pasillo y otro, y llegué a una recámara: amplia, gris, sucia; todo
es concreto, como en cierta construcción que visité de pequeño.
Hay una especie de mesa, también de concreto, en el centro del salón, como un
altar... La luz entra por ventanas... me parece una iglesia derruida.
Sobre la mesa veo un cuerpo... Me extrañé, era curioso que siguiese un cuerpo
allí y que la policía o una ambulancia no lo hubiese llevado.
Me acerco, está ladeado, como si durmiese. Reconozco las facciones de mi
hermano. Tiene un color pálido y grisoso, ojeras, le falta la mitad de la pierna
derecha, desde debajo de la rodilla, como si hubiese estallado, pero no hay
sangre regada, solo la masa rojiza... no gotea ni nada. Parece dormido.
Retrocedo con horror, y él abre los ojos.
Imagino que está muerto, y que es el espíritu del guerrero que no ha entrado aún
a Valhala. Me habla.
No está muerto... no entiendo como sigue allí... Nos vamos juntos, él, con su
gran tamaño, cojeando, apoyado sobre mi hombro. Está en ropa interior, como
cuando anda por las madrugadas en la casa.
Se puso un jean, y movía lo que parecía ser la prótesis de la mitad de su
pierna. No se nota que la ha perdido. Me cuenta lo que sucedió... pero no pongo
demasiada atención.
Tomo el ascensor, con mi hermanita. Me cuenta que ahora puede llevar el cabello
suelto - lo lleva suelto - y mueve la cabeza.
Al llegar a la planta baja, abro la puerta, ella sale, salgo, caminamos hasta la
entrada. Abro de nuevo otra puerta. Miro la calle, creo que ella la mira
también. Guardo las llaves en mi bolsillo, le tomo la manita y bajamos las
escaleras hasta la calle. Tomamos la acera y caminamos varias manzanas. No
hablamos, yo voy pensando en algo, llevo rato pensando mientras miro los
anuncios, los autos... De pronto caigo en cuenta de que no hemos hablado, y de
que ella estará pensando también en alguna cosa, me parece extraño, pues los
niños siempre encuentran algo de qué hablar... Al llegar a un cruce la levanto y
la llevo a horcajadas hasta el otro lado, , la bajo y seguimos nuestro camino
hasta el mercado.
Miramos la comida expuesta: carnes, frutas, pan, queso, leche, miel... le compro
unas fresas, y llevo además pan, queso, y leche.
Volvemos a la casa.
Mamá está sentada en la máquina de coser... a pesar de los años está fuerte y
sana, y hace tanto o más que nadie, lava, cocina, camina, sale, compra, vuelve,
grita, regaña...
Dejo las compras sobre la mesa, me siento en la butaca, enciendo un cigarrillo,
converso con ella un rato... Al poco tiempo llega mi hermano.
Vuelvo a la cama y despierto.
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