Tomo dos carpetas: una amarilla y otra roja; me tanteo los bolsillos de los pantalones: billetera, las llaves de la casa, un encendedor. Descuelgo la chaqueta del perchero y me la pongo con lentitud. Meto mis manos a lado y lado. Encuentro la cajetilla de cigarrillos y varios papeles.
Antes de salir me miro en el espejo. Me paso la mano por los pómulos y las
mejillas, esbozo una sonrisa para verme los dientes y chasqueo la lengua. Tomo
el maletín, abro el bolsillo delantero, meto las dos carpetas y un sobre en
blanco; lo cierro y tomo las otras llaves.
Después de esperar un par de minutos por el ascensor, decido bajar por las
escaleras. Llego a la planta baja, abro la reja de las escaleras, camino por el
pasillo de la entrada y salgo.
Debían ser como las siete.
La acera, el tacho de la basura, la fachada de una casa, un farol, el cielo. El
Cielo. Está lloviznando. Me subo la cremallera hasta el cuello y acelero el
paso.
Después de caminar una manzana, las gotas empiezan a resbalarme por el cabello y
la nariz. Bajo la frente para protegerme los ojos.
De vez en vez, al alzar la vista para medir mi camino, descubro al sol lucha por
penetrar la maraña de nubarrones que lo cubría y la lluvia reía aquello.
Me duele ver. Estoy cansado, muy cansado.
Aprieto el maletín contra mi pecho y comienzo a caminar más rápido, tratando de
que la lluvia no estropee los papeles que llevo.
Cruzo una y dos calles: En dos más llegaré al metro y pasaré unos veinte minutos
en el vagón hasta que llegue a casa. Me reconforto con la idea del abrazo y el
beso vespertino, las cobijas cálidas y la taza de té antes de dormir un par de
horas.
Veo las puntas de mis zapatos, algo gastados y ennegrecidos, moverse como el
péndulo de un reloj sobre el pavimento: uno, dos, uno, dos. Bajo mis suelas
pasan huecos pequeños, grietas insignificantes, briznas, ramas y palitos,
papeles arrugados, trozos de metal... los reflejos multicolores de los residuos
de aceite sobre el suelo húmedo. De vez en cuando pasa algún coche y el siseo de
sus ruedas al pasar sobre los charcos apaga el repicar de mis tacones contra el
suelo. Tac, tac, tac, toc, tac, tac.
Inhalo y el aire frío me penetra los pulmones como una ráfaga de viento
devastador que trae y luego se lleva consigo mil objetos diminutos, como una
especie de tren absurdo, transporte de individuos efímeros y desconocidos.
Sueño todo aquello, embobado, sonriéndome a ratos, imaginándome a mí mismo como
un huracán que levanta ciudades de microbios e insectos entre el diluvio de
enormes gotas bomba que estallan al chocar, deshaciéndose en más y cada vez más
pequeños fragmentos ...
Ramitas, palitos y briznas. Papeles, pequeños charcos, la punta de mis zapatos,
grietas, más palitos y pequeñas rayas, la esquina, la raya amarilla que tiñe su
borde, el asfalto, un papel, una lata.
¿Era eso un papel?
Me detengo un momento. Pienso seguir y olvidarlo, pero me volteo, dudando;
retrocedo un paso y me inclino un poco. No, no es un papel, pero no podría decir
qué es. ¿Una bolsa pequeña? La forma de aquél extraño estampado en la esquina de
la acera me llama la atención, me inclino más. Distingo una forma, miro la
textura, veo las gotas que le caen encima una y otra vez y me sorprende lo
adherido que está al asfalto.
Desde la frente a la boca, así como en mi cuello y espalda, siento el resbalar y
gotear del agua fría.
¿Qué será? Alzo las cejas intentando resolver el misterio pero pensando también
en la lluvia, en el frío, en el maletín...
Decido seguir mi camino. Me enderezo, echándole una última mirada al color
grisoso en medio del asfalto y doy un paso. Lentamente volteo la cabeza,
enderezo el paso y veo mi pie, que abandona la acera, la raya amarilla, la
extraña cosa del suelo.
Me sonrío un poco y alzo la vista. Algo, una gota, una miga, me golpea en el ojo
y parpadeo.
Un parpadeo. Negro. Un objeto grande. Negro. Blanco. Negro. Verde. Negro.
Me detengo en seco y abro los ojos: encuentro un gran camión del aseo que está a
punto de atravesar la calle y que se aproxima con cierta rapidez en mi
dirección. Estoy parado medio en la calle, medio en la acera.
Parpadeo de nuevo mientras me llevo una mano a los ojos para restregarlos.
Cegado, me echo atrás para tratar de alcanzar la acera. Escucho un pequeño
gemido: han de ser los frenos. El chillido se hace cada vez más cercano, dos
metros, tal vez menos. Está demasiado cerca, demasiado encima.
Sigo escuchando aquél ruido extraño que sube cada vez más de tono. El camión
avanza y avanza sin que parezca aminorar la marcha. Aprieto el maletín y alzo la
otra mano, como si con toda naturalidad fuese a detener la inmensa mole de metal
y basura. Se acerca a mi mano, la toca. Está frío y húmedo. El parachoques roza
mi rodilla, siento la presión sobre el costado; el alarido de sus frenos me
penetra, más agudo, más alto. La rodilla se dobla extrañamente hacia dentro y me
siento caer de espaldas, chillido, hacia atrás, chillido, hacia la acera,
chillido, hacia la raya amarilla, chillido. ¡Que ruido desagradable!
Mis piernas ceden ante el peso de la máquina. Caigo.
Antes de que mi cabeza toque la esquina de la acera y el suelo, puedo ver de
reojo la extraña cosa del asfalto, ahora más de cerca. La rápida ojeada me
basta: - ¡Por Dios! ¡Es una rata! – exclamé.
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