Después de un corto viaje en el metro me apeo en la parada del centro y echo a caminar por la acera. El sol me da de frente; está atardeciendo.
La calle del centro huele como todas las calles de todos los centros de las
grandes ciudades: se mezcla allí el hedor de la basura, el del sudor, el de las
frituras, y todo bulle con esa especie de vahosidad propia de los climas
demasiado cálidos. Las gentes gritan y se mueven interminablemente, ofrecen sus
baratijas y te echan el ojo al pasar. La policía lo observa todo con ese mutismo
obstinado del que espera algo con ocio.
Bajo dos manzanas al sur de la avenida principal y pronto me encuentro en la
gran Plaza V. La atravieso con algo de asco, intentando no pisar los pequeños
paños de los buhoneros, intentando no fijar la vista en nada pero recorriéndolo
todo.
Después de bajar dos calles más, cruzo a la derecha y me acerco al edificio: es
pequeño, tal vez de cinco pisos; la puerta es mínima, escondida entre dos
tiendas; no hay nombre visible, ni número ni timbre ni nada, sólo la reja negra,
cerrada. Me acerco a un teléfono monedero. Tras un par de intentos logro
comunicarme y le digo que estoy abajo.
Cuando regreso al edificio él ya está allí. Tiene el mismo rostro, la misma
ropa, los mismos ojos. Abre la reja, mira afuera y la cierra tras de mí.
Intercambiamos un par de palabras y comenzamos a subir las escaleras. No cuento
los pisos.
Ya en el apartamento - un cuchitril de treinta metros cuadrados de una sola
pieza, sin más decoración que una mesa, una butaca roída y una silla - asegura
la puerta y se escurre a la pequeña cocina. Inmediatamente vuelve y enciende un
cigarrillo.
Mientras tanto me he puesto cómodo, me siento en el sillón y lo miro con una
leve sonrisa; quiero desesperarlo un poco.
- ¿Qué traes pues? – me interroga.
Hace gestos nerviosos con las manos. Sonrío más.
Con lentitud, abro la pechera del bolso y saco dos chismes y un paquete. Agarra
todo a la vez y se sienta al escritorio. Revisa primero el paquete: lo abre, me
mira, le sonrío... Saca una pequeña navaja y rasga el plástico. Unos segundos
después le escucho escapar un leve suspiro. De pronto se pone de pie, camina a
la puerta, mira por el ojo de vidrio y vuelve a sentarse.
- 400 -
- Ah? -
- No lo dejo por menos de 400 - y aspiro mi cigarrillo. Ahora estoy serio.
- 400, eh? -
- ... -
- 370 -
- No, 400. Si no te gusta me lo llevo... sabes que hay más allí... -
Se levanta del escritorio, camina a la cocina y trae una bolsa de plástico con
pasta dentro.
Abre la bolsa y cuenta el dinero por pacas. Me lo tiende, lo tomo y después de
hecharle una mirada lo guardo en el bolsillo del pantalón.
Empieza a moquear.
- Esas te las dejo en 50... no, en 40, sólo porque te aprecio. -
Toma los hierros, los abre y prueba el percutor.
- Mira que no son mierdas... -
- Si... está bien. -
Abre de nuevo la bolsa y me tiende un par de pacas más.
- ¿Y... tienes más de esto? -
- Ahora no, tal vez en un par de días. -
- Bien... - y sigue examinando.
Después de unos minutos de silencio, me pongo de pie y camino a la puerta. Él se
pone de pie también y me abre la puerta, no sin antes mirar a través del ojo de
pez.
Ya abajo, le tiendo la mano, le digo que lo llamaré y me marcho.
Camino de vuelta hasta la estación y entro al metro. En el vagón no hay asientos
libres; me coloco en una esquina y fijo la vista en un chaval de no más de cinco
años. Le dedico una sonrisa y él se voltea, pero a los pocos segundos vuelve a
mirarme. Su madre, una rubia gorda como de cuarenta años, lo acomoda a cada rato
desde el asiento vecino.
El vagón va vaciándose conforme avanza al Este.
Me duelen las piernas, las pantorrillas, las rodillas.
Un par de estaciones antes de mi parada, la madre y el chico se bajan. Un tipo
camina rápidamente desde la puerta y se acomoda en uno de los asientos libres.
Miro a mi alrededor, hay dos tipos más... ninguno parece tener la intención de
tomar la otra silla, así que voy y me siento, estirando las piernas.
El tren continúa su marcha. Sólo escucho el traquetar de los rieles con las
ruedas; nadie habla, no hay nada que me incomode... me siento bien. Meto las
manos en los bolsillos y acaricio los billetes... En dos paradas estaré en mi
piso.
El metro chirría, se detiene y abre las puertas. El tipo sentado a mi lado se
pone de pie y se dirige a la entrada. Inmediatamente algo cae sobre la silla,
miro: una pequeña bola de cristal azul meciéndose en el asiento cóncavo. Levanto
la cabeza: la mirada del tipo y la mía se encuentran...
- Ha de ser del niño que estaba allí – dice, y luego sale.
Extrañado, volteo de nuevo a la bolita y la observo con detenimiento. No
necesito mirar alrededor para darme cuenta de que todos los pasajeros también
están mirando la bolita de cristal.
El asiento queda vacío, nadie quiere tomarlo.
El tren se pone en marcha de nuevo. La bolita oscila en las curvas del asiento
amarillo bamboleándose y describiendo extrañas figuras sobre el plástico.
Al llegar a la siguiente estación me dirijo a la salida y volteo a mirar por
última vez la esfera azul, que continua su danza cósmica, como un pequeño
planeta haciendo piruetas frente a los ojos de la inmensidad. Alguien en el
vagón ha comenzado a llorar.
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