OHARRAKA
 


Me siento al escritorio para inhalar las últimas dos rayas de perico que me quedan. Utilizo un carnet para cortarla y alinearla. Observo la puerta a cada segundo.


Preparo mi mente para futuros arrepentimientos, argumentando que... acabaré con estas para empezar el día limpio y no volver a comprar hasta que me paguen, de eso faltan unas dos semanas, o al menos hasta que reciba como mínimos diez billetes. Pienso que me miento como sabemos mentirnos todos.


Trazo dos pequeñas y regordetas estelas sobre la carpeta marrón sobre el escritorio. Miro dos veces por segundo la débil puerta de mi cuarto: no hay nadie de todas maneras; pero espero un espectro.


Coloco un pedazo de un pitillo negro sobre la raya derecha al tiempo que me introduzco el otro extremo hasta la cavidad nasal para asegurarme de que no se escapará mucho e imaginando que de esta manera tiene un acceso más veloz al organismo.


Sin pegar la punta, del polvo, inhalo suave y lentamente; aun temo un golpe fuerte en la base del cerebro, por lo que la dosis administrada de esta manera, puede disolverse sin choques en mi cuerpo.


Al terminarla, alzo la cabeza aun tomando el pitillo dentro de la nariz, exhalando igualmente suave por la boca, para no expulsar la coca de vuelta por el pitillo.


Inhalo una vez más del tubo vacío y lo saco cuidadosamente para acomodarlo en la cavidad vecina.
Después de repetir el procedimiento con la otra línea, miro alrededor. Observo la puerta: cerrada, intacta. Pero da la impresión de estar a un segundo de abrirse.


Tomo el pitillo e inhalo nuevamente de sus orificios, pero con la boca. Siento que la nariz me moquea. En la lengua me queda un sabor amargo y a momentos ácido.


Respiro lentamente. El corazón empieza a latirme con más fuerza, pero no puedo diferenciar si lo hace con más rapidez. Por la cabeza me pasa la idea de tomarme el pulso; pero recapacito y lo considero absurdo, obsesivo, hipocondríaco e inútil. De todas maneras no tengo reloj para medir el tiempo.


Me sorbo mis fluidos silenciosamente.


Un estallido proveniente de la calle me sobresalta. El sabor amargo se ha mudado ahora al fondo de mi garganta que comienza a perder la sensibilidad.


Los efectos del porro que me he fumado empiezan a ceder. Las dos sensaciones se confunden: la vista que detalla y fotografía, la mente torturada en el significado de cada imagen, la creciente excitación que interrumpe este proceso; siento que soy una cámara de vídeo; mi mente se enturbia con ideas frenéticas y obsesivas, un crescendo aceleramiento de mi microscópica actividad corpórea que me hace pensar en el fluir eterno de la materia... Cierta paz y una extraña conciencia distorsionada del tiempo y el espacio.


Recojo mis herramientas: el pitillo y el carnet, y los restos de plástico junto con la carpeta. Antes de guardarlos en la gaveta deslizo mi lengua por el filo del plastificado y hago lo mismo con la superficie sucia de la carpeta marrón.


Reviso una vez más la seguridad de mi puerta. Casi logro palparla al mirarla. Pero este pensamiento me horroriza. Retiro la vista.


Enderezo la espalda, cierro los ojos. Sorbo nuevamente por mi nariz y me doy cuenta de que he repetido este proceso una gran cantidad de veces.


Mi propio sorber, ha pasado a ser parte del ruidoso silencio de mi recámara: el ventilador a mis espaldas, el ronroneo de algún auto extraviado en la medianoche, el rasgar de mi mente sobre la pared blanca frente a mí, con sus cuadritos y postales y viejas notas de cosas que debía recordar hacer…

Enciendo un cigarrillo y lo aspiro con deleite, trato de hacer un círculo con el humo, pero hay demasiado viento, el humo se dispersa y sube al techo.

Noto que se me han adormecido los pies, la boca, la lengua, los dientes, los brazos, el pecho, los ojos. Mi corazón se acelera y late con fuerza, quiere escaparse de mi pecho.

Decido acostarme. Creo que me siento un poco mal.
 


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