EL MENSAJE
vuelvo a la habitación de alquiler, serenamente soñoliento. la cerradura está
toda oxidada y desvencijada. forcejeo con ella durante dos largos minutos, hasta
que finalmente logro abrirla, casi a punto de perder la esperanza de la almohada
blanda y de tener que regresar al café hasta que amanezca.
mientras orino planeo la cena: pan y un guiso a base de trozos de embutidos que
quedan en la despensa.
fumo un cigarrillo y observo inmóvil el chisporrotear del fuego debajo de la
sartén, y luego los trozos de embutidos sobre el aceite viejo.
termino de comer y dejo los platos sobre otros, desde hace varios días en agua
mohosa de media noche.
enciendo la única lámpara de la pequeña sala y enciendo otro cigarrillo.
el sofacama está húmedo. ha llovido y el agua se ha filtrado desde el techo.
toda la alfombra está llena de manchas oscuras sobre manchas claras de antiguas
lluvias. me quito las botas.
la radio está demasiado lejos de mi brazo y mi pereza. inquieto, me remuevo en
el asiento.
finalmente me pongo de pie y termino por encenderla.
han pasado tres minutos.
en la estación pasan una selección de Chaco Pozo y Arsenio Rodriguez. me quedo
allí tendido, escuchando, mirando al techo, hasta que el locutor se despide y
deja sonando viejos boleros. el sonido es malo, lleno de estática. empieza a
llover de nuevo. tomo del fregaplatos pailas y ollas de varios tamaños y los
coloco con estrategia militar en los flacos de la habitación. vuelvo al sofá.
introduzco la mano en uno de los bolsillos. aún no me he quitado el abrigo, hace
demasiado frío y la calefacción está estropeada. encuentro el paquete de papel
aluminio y lo desenvuelvo una y otra vez hasta dar con un trozo de hierbas
apretadas. saco la pequeña pipa de mi otro bolsillo y después de llenarla al
tope la enciendo con un cerillo de madera. inhalo y exhalo el humo con suavidad.
el sabor es limpio y ajado.
termino la pipa y enciendo otro cigarrillo. escucho que gotea sobre el alféizar
de la ventana. De rato en rato, un coche atraviesa la calle y hace salpicar los
charcos en el asfalto
me pongo de pie, bastante pesado, turbado, y me acerco a la ventana. veo
oscuridad, pequeños faroles amarillentos y fachadas de construcciones casi
derruidas. la luz de la farmacia de turno está encendida, roja y cruda, con su
determinación a la alteración de la conciencia y a la calma del dolor.
meto de nuevo la mano en el bolsillo, pero esta vez saco un sobre doblado a la
mitad. lo abro. leo las letras pequeñas. lo arrugo y lo echo al suelo. su cuerpo
se pierde en el espesor de las sombras.
me vuelvo al sofá.
apago la lámpara: la luz me molesta y me hiere los ojos
vuelvo a llenar la pipa, en el atado aun queda suficiente para un par de días.
siento la marcha, la huida y la retirada al mismo tiempo. la cobardía es innata
en mí.
la sinfonía acaba. me persiguen los espectros.
entonces me siento deambular hacia atrás. si tan solo me hubiese quedado
dormido...
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