EL GÓLGOTA DE CRISTAL
Tardo una hora en levantarme, tal vez más.
Los ojos me duelen a pesar de que sólo he dormido cinco pobres horas. Las sienes
me laten a intervalos regulares.
Aunque sé que estoy retrasado, continúo caminando a través de la sala, echándome
en el diván y volviendo a la habitación al momento siguiente, todo erizado,
sintiendo ese frío repelente característico de la mañana.
Mi hermano y mi madre charlan en la cocina.
Sé que no podré volver hasta la noche y eso me asusta.
Me sumerjo en el sueño cientos de veces mientras fuerzo mi espíritu con ideas
alentadoras, intentando vanamente encontrar una pizca de dirección en lo que me
rodea. Entonces me tumbo en el catre otros diez minutos.
Las entrañas y un dolor que se va extendiendo por todo mi cuerpo empiezan por
consumirme; me remuevo en el lecho con esa extraña y cotidiana sensación de
irracionalidad, de desgracia, de tristeza.
Siento que deliro.
Me levanto con el aroma del café y salgo dando tumbos por los pasillos, por el
pasillo, pequeño y angosto. La casa está tan iluminada. Atravieso la sala e
inmediatamente me encuentro en la cocina. Me dirigen las palabras y yo asiento y
no contesto. Después de dos minutos logran sacarme un par de monosílabos y
varios gruñidos; bebo el estimulante, caliente, y siento como me desciende por
el gaznate y como se mezcla con los residuos ácidos del estómago y como va
entibiándolo todo. Regreso de nuevo a mi cuarto.
Me visto en seis minutos, a excepción de la camisa, que tiendo con cuidado sobre
el escritorio mientras me aseo y cepillo. Después de colocarme el saco, lleno la
bolsa con dos cuadernos (uno más ancho y grande que el otro), un libro
voluminoso, un lápiz, sacapuntas, pluma y billetera.
Cuando llego a la puerta, mi madre me extiende un billete; lo miro con expresión
mediocre y vacilante; lo guardo en una de las faltriqueras junto a dos monedas.
Le beso la frente y me escurro abajo por las escaleras. Mi hermano ha vuelto a
acostarse.
Camino durante mucho tiempo y el sabor amargo de la mañana alojado detrás de mis
muelas se acrecenta a cada paso.
Cruzo varias calles, una avenida y un parque, hasta que llego al lugar que
busco: un antiguo edificio gris y blanco, con los frisos tostados por el sol y
unas grandes ventanas de madera a dos hojas. Subo dos pisos y empiezo a caminar
por el corredor. Finalmente doy con la puerta: una insignificante y sencilla
puerta a un lado de las escaleras con el número '10' en letras de bronce. La
caminata me ha cansado, nuevamente empiezo a sentir el vacío en mi estómago,
comienzo a sudar, gruesas gotas resbalan por mi frente. Hace bastante calor.
Después de llamar por segunda vez, la puerta se abre y aparece una anciana
bajita y demacrada, parecida a un pollo desnutrido, con una cofia amarillenta
bajo la cual se escapan los cabellos de plata atados en un moño bajo la nuca.
Sus ojos se mueven sobre mí, interrogándome silenciosamente. Habiéndole dado mis
señas, me hace pasar a una estancia amoblada con un par de sillas, un montón de
derruidos archivadores, estantes y un escritorio. Con paso ágil sale de la
habitación por otra puerta y regresa al minuto, sonriéndome. Miro el techo
desconchado y a la viejecita sentada frente a la mesa desde donde sigue
observándome con expresión risueña. Por las ventanas se cuela un aire malsano y
un ruido extraordinario. Paseo la vista, encontrándome por todos lados los altos
estantes llenos de revistas y libros polvorientos. Todo huele a papel viejo, a
humedad, a polvo y a excremento de ratas...
Mientras estoy pensando en esto y otras cosas, noto la presencia de alguien a
mis espaldas, me volteo y me pongo de pie. Me estrecha la mano y con un gesto me
invita a pasar a la habitación contigua, aquella donde hace un momento ha
entrado la viejecita. Es más espaciosa, aunque más desordenada y oscura. Cada
rincón está atiborrado de periódicos viejos atados con cuerdas. El personaje me
extiende un manojo de delgados folios y me señala al fondo del salón un pupitre
desgastado.
Un poco incómodo, me siento y empiezo a hojear el extraño manuscrito.
El personaje sale de la habitación y vuelve al momento, sentándose frente a una
mesa, a unos cuantos metros de donde me encuentro yo. A hurtadillas lo veo tomar
un objeto e inclinarse sobre la mesa. Permanece en esa posición durante mucho
tiempo, enderezándose esporádicamente para tomar una hoja, una pinza, plumas u
otros artefactos que no puedo reconocer. Estoy seguro de que no me ha dirigido
una sola mirada, tan profundo es su trance.
Observo los papeles que me ha dado y después de ordenarlos y clasificarlos,
empiezo a tomar notas, a copiar, a detallar... Al cabo de dos horas me doy
cuenta de que he llenado una docena de hojas con incomprensibles garabatos. Los
repaso con la mirada y no veo nada. Nada. De nuevo me regresa la sensación de
ardor en el estómago y mis ojos resecos y cansados se nublan. Necesito beber
agua.
Alzo la vista hacia la mesa de enfrente pero no hay nadie. Me sorprende que
aquel personaje haya salido sin que yo me diese cuenta. El calor es
insoportable.
Los minutos pasan, pero nadie entra a la habitación, comienzo a dudar de que
hayan pasado dos horas, tal vez es ya la hora de la cena. No hay ningún reloj
visible y las ventanas de madera de la habitación están tapiadas desde dentro.
Manoseo de nuevo los papeles e intento continuar la tarea, pero estoy demasiado
nervioso. Siento la espalda húmeda, la frente perlada de sudor, los labios
rotos, la boca seca y pastosa, una terrible jaqueca que va desde las sienes
hasta el cerebelo.
Me pongo de pie, tomo mi bolso junto con las demás cosas, camino hasta la puerta
y salgo. Afuera todo está igual a cuando llegué. La viejecita sigue sentada tras
su escritorio en actitud aparentemente contemplativa, con su pequeña sonrisa
risueña, mirando la ventana. Quedo allí detenido, no hay rastro de mi personaje.
Cierro la puerta de la habitación tras de mí y me acerco al escritorio. La
viejita abandona su ventana y voltea a mirarme. Le devuelvo el manuscrito,
excusándome con brevedad y salgo del lugar.
Afuera recorro las calles. Es de día, pero aún no adivino qué hora es, pues el
cielo se ha nublado. Entonces recuerdo que no he comido nada en todo el día.
A la vista de un café medio vacío entro y me siento en una mesita cerca de la
ventana. Pido una taza de té. El camarero es grosero y desgarbado. Intento beber
el líquido, pero el dolor de cabeza es insoportable. Pago la cuenta y vuelvo a
la calle.
Apenas he caminado unos pasos cuando me atacan unas terribles náuseas que me
provocan arcadas, me recuesto de un banco y espero unos minutos.
Al regresar, me encierro en mi habitación. Miro durante un tiempo las agujas
detenidas de mi reloj, he olvidado darle cuerda. Me sirvo un vaso de
aguardiente, bebo dos tragos y me acuesto en el catre, como si aún no me hubiese
levantado.
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