CLASE
 


La clase lleva más de media hora de empezada. El profesor es un venerable anciano, judío y alemán. Su figura es pequeña y enjuta, con rasgos nobles y rostro sereno y apacible. Va moviéndose de un lado a otro, encaramándose a veces en el escritorio o deteniéndose en una esquina, observando con la cabeza en alto al fondo del aula al hablar o bajándola hasta el pecho en largos silencios...

Diserta sobre Kant, de la Estética Trascendental, de los argumentos del Espacio y el Tiempo, de un ejemplo sobre la infinitud y la finitud.

Acaba una frase y su vista se fija en algún lugar del suelo. Sólo queda el roce de sus cortos pasos por el entarimado. Todos los presentes esperan la culminación de la idea que ha venido desarrollando.

De pronto, un ruido extraño invade las paredes, el techo, las ventanas, los rostros, los ojos, las manos. El salón queda aún más silencioso. El profesor se ha detenido frente al escritorio con las manos detrás de la espalda y la cabeza baja, como si no estuviese seguro de la autenticidad de aquél sonido. Tiene la mandíbula tensa, el mentón saliente, los pequeños labios apretados. Levanta los ojos y dirige la vista al lugar de donde procedió el ruido; todas las cabezas se voltean instantáneamente al lugar: Nadie, un asiento vacío; los dos más próximos que miran todo aquello.

El ambiente se vuelve sumamente incómodo durante unos segundos, hasta que el profesor retoma, visiblemente disturbado, el ejemplo sobre lo finito y lo infinito.

A los pocos segundos vuelve una vez más a sonar aquél extraño ruido, aún con más potencia, haciendo eco en las paredes del aula. Las vistas se alzan, se dirigen nuevamente al lugar de procedencia.

Los dos alumnos y el pupitre vacío se miran, miran todo aquello... Uno de los dos empieza a reírse, se ríe por lo bajo... se tapa la boca, hecha la cabeza hacia atrás y ríe con más fuerza... el otro lo mira y también ríe. Los que están cercanos miran la escena.

El profesor sonríe. Se aclara la garganta.
Las risas se hacen cada vez más fuertes. La risa se convierte en carcajada.
Todos voltean al anciano.

El profesor empieza, con una pequeña mueca a modo de sonrisa, a soltar cortos "jos" y "jis".

De pronto se escucha otro sonido igual, pero a unos diez pupitres de los dos jóvenes.

La audiencia se voltea.

El profesor se sube al escritorio, se baja, se coloca en una de las esquinas. Frunce el ceño, aprieta los dientes, los puños. Un ruido igual sale de sí mismo. Se interrumpe y continua, como un estertor moribundo.

El salón estalla en una algarabía frenética. Otro ruido sale desde el fondo del aula.

La clase se llena de ruidos y risas y gritos, miradas y ojos rojos...

- Bueno - dice el profesor entre unas leves lágrimas de felicidad - mañana continuamos con el argumento del espacio, lean por favor el texto. -
 


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