Sueños
La vi
elevarse negra margarita
en los cráteres más cálidos de luna,
se desvanece después
neblina que llamamos noche.
Estos ojos cerrados
nos hacen creer en brillantes
geometrías caleidoscópicas,
nos obsequian la flora
húmeda, femenina
¿eterna?
No…
acaba
cuando la luz dorada
nos vuelve disfraces.
Desnuda, sus senos casi
flotantes y su cuerpo blanco sobre una cama ilusoria. Abajo del cuadro está mi
sillón rojo aterciopelado. A veces me gusta sentarme pensando en que me acaricia
la cabeza y el sol me sorprende adormilado sobre su vientre; me deslumbra la luz
de la ventana, al lado de la cual me siento todas las noches sorbiendo el café
caliente, penetrando en la suavidad verdeoscura del jardín.
Hay niños, caritas sonrientes y
aves. Los follajes cantan, simulando nubes fragantes a eternidad; como si nada
acabara. Entonces pienso que he nacido aquí, he pasado aquí toda mi vida y
siempre ha sido de noche. Todo lo demás es producto de la imaginación. Me
sobresalto al darme cuenta de que es todo lo contrario.
Eso me pasa cuando escucho que
el vecino azota su puerta al llegar. Hay cosas que jamás podré entender. ¿Por
qué la gente se enoja? Ya no recuerdo por qué el vecino y yo no nos hablamos.
Podríamos estar tomando el café juntos. ¿No te ha pasado?, le preguntaría, hay
mañanas en que no recuerdo mis sueños y sólo me queda una sensación de angustia
que me apresuro a reprimir tomando un baño. Alguna vez me recomendaron tener un
cuaderno y un lápiz en el buró y escribir al momento de despertar. Tal vez lo
haga y después le cuente, si es que acepta olvidar viejas riñas inútiles .
Si viniera, lo saludaría
amablemente. ¿Cómo te va? Pasa, vecino. No me lo vas a creer: soñé que íbamos
caminando por una calle desconocida, al parecer sin rumbo fijo, bromeando,
compartiendo el líquido deshinibidor de una botella transparente. Abrazados,
como borrachos cualesquiera. De verdad, no me mires así. De pronto se me ocurrió
dejar un beso en tu mejilla mugrienta, pero cálida. Echabas a reír con fuerza
hasta llegar enfrente de nuestras casas. Entramos juntos. No era mi casa, podría
asegurar que tampoco era la tuya. Con la seguridad propia de las ilusiones
neblinosas, atravesamos la estancia. Había dos sillas contra la pared y una
guitarra, la tomé entre mis manos después de sentarnos, rasgué las cuerdas y
brotaban notas agudas; largas, como el tiempo de un suspiro profundo mientras un
ave levanta el vuelo y aterriza. Quería llevar serenata, no sé a quién. Me
levanté. Ya atravesaba el umbral de una puerta de cristal cuando tú, convertido
en uno de mis dedos, tocabas una cuerda que parecía decir:
[ pentagrama con notas en sol]
no----no----no----no----no----no---no---no...
Otro sueño. Esta vez no fue el vecino. Fue la
mujer del cuadro. Caminaba por un callejón oscuro y lodoso. A lo largo había
señores vendiendo fruta. Algunos tenían el rostro solemne, otros reían ebrios de
regocijo. Compré tres manzanas rojas a un hombre sin rostro. Observe su mano
grande y severa, imponente, autoritaria. Sin darme cuenta estaba caminando otra
vez. Volteé hacia atrás: un tigre blanco me perseguía. Corrí, traté de escapar
desesperadamente como escapan los días con pies de hielo. Pero mis piernas se
derretían insensibles de mi angustia. Me caí. Instantes, años tirado hasta
levantar la vista y sentir el calor primaveral. Había un río fresco, al otro
lado una casa de techo triangular. Toqué la puerta. Entré. Ella estaba en la
cocina preparando café. Me senté frente a la mesita... tan pequeña, exclusiva
para nuestras dos sillas de plumas. Te traje manzanas, dije, pero la bolsa del
pantalón estaba vacía. No importa, dijo, percibiendo la decepción de mi rostro.
Me hizo sentar en sus piernas y sus dedos ya surcaban mi cabello cuando el sol
evaporó una lágrima sobre la mejilla deformada.
Es tan crudo... Todo es igual despierto. Nada me
asusta ni me alegra. Ningún sentimiento más que la depresión. La calle, los
carros, la gente. Todo me suena igual. Son las mismas expresiones de rechazo y
las sonrisas fingidas, de fastidio. En la mañana tropecé con el vecino; tuve una
sensación extraña. Me figuré que estaba yo desnudo, me anegué en la vergüenza y
no pude salir otra vez en todo el día.
El siguiente sueño fue menos ambiguo. Yo estaba
junto a su cuerpo inerte. La botella aprisionada por sus dedos fríos. A unos
metros estaba la mano antes severa, ahora trapo tendido a lo largo del suelo
como queriendo alcanzar al vecino. En medio de aquel basurero, un alma se
alejaba, acariciando mis oídos al comprobar que su corazón había dejado de
latir. Miradas curiosas, casi burlonas pensando “era un indigente borracho”,
quizá se lo llevarán a la fosa común, sin merecer cristiana sepultura.
Tenía que verlo, el sueño parecía ser premonitorio
Toqué el timbre en vano, nadie respondía. Forcé la puerta y penetré sigiloso con
el peor de los presentimientos. Esperaba encontrarlo, ahora no sé si muerto o
enfadado. Disculpa, murmuraría apenado, pagaré la reparación de la cerradura, es
que me pareció escuchar un ruido violento; o... simplemente la mudez. No, nadie.
Me asomé por la ventana. Nunca me había fijado, tenemos un jardín idéntico. Al
lado de la ventana hay una silla muy débil. Apenas la toqué y la madera crujió.
Enfrente de la ventana hay un sillón negro de cuero y arriba colgado un espejo.
Poco a poco la casa oscurece junto con la tarde. He decidido sentarme en el
sillón. Pronto ya no podré escribir, mejor voy a tomar un sueño antes de ir a mi
propia casa. Estoy muy cansado.
Otra vez en sueños el callejón lodoso, pero no
había vendedores. Proseguí sin mirar atrás, esperando ser degollado por las
garras del tigre blanco. Nada. Más allá estaba la casa de mi mujer. Se
desvaneció entre las fauces de un temor insólito que acechaba depredador para
engullir mis pensamientos. Caí de rodillas frente al río donde el agua iba como
huyendo de la sangre. A pesar de todo esfuerzo, la transparencia era lentamente
invadida por un rojo cada vez más profundo. Cuando más oscuro se tornaba el
cauce, las tres manzanas pasaron ante mi perplejidad, totalmente secas. Tenía
sed. Una voz me advirtió “no bebas la sangre, no bebas” mientras el líquido
vital se adelgazaba hasta quedar un hilo de color indefinido. La voz dijo
“debemos tejer”. Me recosté boca arriba. El hilo formó un enorme manto sin nubes
ni estrellas. No sé cuándo desperté; lo supe hasta percibir la ventana, el cuero
del sillón.
Prendí la luz, arriba del sillón no estaba colgado
mi cuadro, sino un espejo. Ahora soy presa del insomnio, la llegada del sol me
parece una espera sin término. ¿Qué hora es? Tampoco ha llegado el vecino. Lo
siento, le diría, he estado escribiendo varios sueños para que tú los vieras,
pero hoy no tengo nada que contarte. Simplemente soñé...
soñé que estaba solo.
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