Piedra
9-IV-02
Pienso en la aurora soñadora de una piedra que no existe. Esta piedra es de
obsidiana brillante que se confunde con la noche. Tiene la forma de un cuerpo
afilado, tendido a lo largo de un campo abierto. A lo lejos parece que el cielo
no termina. La piedra de femeninas formas habla sin mover los labios. No
comprendo. Sólo veo la luna y siento que todo es de niebla.
Desearía que todo estuviera no tan disperso. Sé que el pecho de la mujer que amo
es el cielo nocturno; sé que es tuerta y que su ojo sano es la luna, su ojo
ciego es un alcatraz azul entreabierto. Su aliento está muy lejos: el viento
frío en mi rostro es el aire que su respiración desplaza.
La
piedra de obsidiana no se detiene. Sigue hablando interminablemente como un
orvallo suave. Yo me recuesto cuando ella mira el cielo nocturno. Sería muy
confortable reclinar la cabeza sobre el pecho de mi mujer amada y cerrar los
ojos. Pero su pecho está allá arriba inimaginablemente oscuro, tan suave, tan
firme y tan tibio como la oscuridad más densa. Todo lo que veo y respiro y a lo
que llamo oscuridad de la noche, es sólo su sombra. De todos modos cierro los
ojos: los abro paciente e intranquilo, indiferente, porque no puedo sentir nada.
Levanto la espalda y me siento, en medio del campo abierto, y estoy junto a la
piedra. La piedra me toma de la mano fuertemente y no me suelta; sudo de miedo,
pero inmóvil. Volteo a mirar sus ojos; aunque se ven como una gota de agua al
caer y estrellarse contra una ventana, no los mueve. Parece contemplar el cielo
oscuro. Si se observa detenidamente, más bien parece que observa lo que dice.
Tampoco entiendo sus ojos. Nuestras manos entrelazadas hacían una sombra. Junto
a su cabeza se erguía un alcatraz azul entrecerrado.
Me
hice de piedra. Mis pensamientos se volvieron de arena que el viento frío
llevaba hasta lo más profundo del cielo nocturno. Comencé a comprender a la
mujer de obsidiana. Estaba diciendo: “Me convertí en piedra...” Y siguió
diciendo más cosas de las cuales yo era un eco, a veces previo como un
presentimiento que presagia, a veces suave y ordenado como una lluvia tranquila
que se repite a sí misma. También, otra vez recostado, lloraba al revés con unas
lágrimas imaginarias cayendo de no sé dónde sobre mis ojos cristalinos que al
infinito contemplaban.
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