Sofía
Hay momentos en los cuales distinguir los límites de la moral que nos
cubre y nos determina se vuelve una tarea quimérica. Estas barreras, vallas del
imaginario, no se perciben en el horizonte hasta que son puestas a prueba. Como
si ese arbitrario deber ser que gobierna las decisiones siempre se encuentre
sujeto a redefinirse de acuerdo a las circunstancias. Modelarse según los
intereses del momento.
La primera vez que estuve con Sofía,
comprobé que a veces las previsiones se van a la basura, y con ellas toda la
estructura vacía que uno como hombre construye para estar en sintonía con sus
semejantes.
“Típica histeria de miércoles” pensé
esa tarde, cuando el subterráneo se detuvo, rebosante de pasajeros y ánimas
urbanas, para que pudiéramos abordarlo. Apenas subí, intenté fusionarme con la
multitud al tiempo que trataba de no extraviar los papeles que llevaba en mi
mano. Obviamente, tanto espacio saturado, el nerviosismo de la prisa, me
impidieron escudriñar las recelosas formas de aquellas personas que ahora se
multiplicaban a mi alrededor como una deforme bestia de miembros hostiles. El
tren se detuvo en la siguiente estación, y el descanso de la maquinaria originó
un combate de cuerpos pesados pugnando por descender. Fue también en ese caos de
torsos, piernas y brazos dispuestos a ultimarse por una porción de comodidad que
un tímido perfume llegó hasta mí y, seguido a él, la inquietante presión de unas
prominentes curvas femeninas que se fundieron en mi espalda. Continuamos el
viaje. Meditaba sobre mis ocupaciones cuando el brazo de una mujer se deslizó,
suave, por sobre mi hombro derecho para luego aferrarse a los anillos de
seguridad. Bajo la pálida iluminación, percibí un nombre tatuado sobre una
exótica pulsera dorada: Sofía. En el delicado movimiento, había delineado una
caricia amable sobre mi cabello, y devuelto la apacible fragancia que antes
robara la inercia de mi atención.
Nuevamente, los pechos confiaron sus
secretos a mi espalda derrotada. Disimuladamente, decidí bajar la vista, para
encontrarme con una ligera minifalda que permitía apreciar un sutil roce de
piernas contorneadas, talladas generosamente por el talento de algún ignoto
artista. Al ritmo del tren sentí la desafiante respiración de la mujer recorrer
mi nuca, conmover la sensibilidad de mi cuello. Perturbado, solté el anillo del
que estaba tomado y dejé caer, sometida, mi mano ahora intranquila. El viaje
continuaba cuando otra mano, frágil y sugerente, buscó la punta de mis dedos
hasta entrelazarse con ellos. Simulé una aparente indiferencia, aunque me
apresté a continuar con el imprevisto juego. Luego, la repentina dueña de mis
acciones me tomó con calma y llevó mi mano hacia atrás. Sin verla, acompañé su
intención sin resistirme. Advertí por un ligero contacto como adelantaba una de
sus piernas. Abrió mi mano y la posó sobre su muslo perfecto, al que sentí
firme, cálido, deliciosamente suave. Continuó ayudándome a recorrerla, avanzar
sobre su intimidad de porcelana; sentirla. Llegué, sigilosamente, hasta las
fronteras de su minifalda. Hurgué despacio, con timidez, hasta deslizarme bajo
la prenda. Ella aún me dirigía. Continué conociendo las bondades de un paraíso
ajeno. Busqué su ropa interior pero el éxtasis detuvo levemente mi instinto
cuando comprobé, conmovido, la desnudez completa de su piel. Un ligero
escalofrío erizó la susceptible armonía de mi cuerpo cuando por fin hallé un
pasadizo al infinito. Me regocijé en su tibieza; el vibrante llamado de una
venus deseosa, rebelde ante la hipócrita cordura del pudor. Acaricié su
naturaleza despojada y me perdí en los pliegues aterciopelados de su carnalidad,
que me retuvieron, suplicantes, hasta verme sepultado en una catarata voraz que
me arrastró hasta su interior. Todo con detenimiento, oculto tras un vendaval de
pasajeros cegados por el encierro y la fatiga.
Desesperado, eufórico, aguardé que el
subte se detuviera para tomar a la mujer de un brazo y correr por las escaleras
hasta ganar la turbulenta calle. Busqué un lugar, un cómodo escondite en el cual
liberarme del fogoso ahogo que aprisionaba mi pecho. Me vi tenso, sensibilizado
hasta la perdición por el misterio de una sirena que me empujaba, tenaz, a
través de la senda de lo vedado. Al fin encontré un paisaje, y ambos
desfallecimos en un rito de temblores y gemidos que se devoró, salvaje, el
rojizo manjar que nos regalo el atardecer. Inquietos, sumidos en la experiencia
de acallar cada deseo, cada fantasía simulada bajo una máscara de pasión, nos
liberamos hasta que el silencio de la satisfacción nos dominó por completo. Aún
así, vacíos, nos despertamos una y otra vez para guardar en nuestro cuerpo,
nuestros labios violentos, el recuerdo dulce oculto bajo la piel del otro.
Elevados en un atrio hechizado y de febril entrega, así nos sorprendió la noche.
Salimos a la calle. La besé
suavemente, y acordamos volver a vernos. Ausentes, las palabras nos revelaron a
través de su silencio que no hacía falta decir más. Partí rumbo a mi casa, al
tiempo que proyectaba en mi conciencia las tonalidades de una brusca pero
ardiente danza de frenesí. Medité respecto a mis compromisos y así recordé la
cercana cena familiar. Pensé en Sofía y sus manos dispuestas a solucionarlo
todo. “Es lógico”, concluí. Aliviar el desconsuelo ajeno siempre ha sido su más
preciado don. El bien que mejor distingue a la hermana de mi esposa.
3 de Octubre de 2003
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