Entonces la sed me hizo temerario...
Lleno de silencio,
ubicuo;
como un pez,
descarto lo real,
lo rutilante,
y me apodero de lo –llamado- ajeno
trepando el dorso de la luz
el torso humedecido de la tierra
zurrando al viento con la mano abierta;
con la violenta sensación de la alegría;
esa virtud que la sed
ha recargado en mis espaldas.
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