La Única
Para el Ángel, ... Tú.
La mayor parte de las veces, justo es decirlo, creo que vivo
en un país que tiene una sola ciudad. Esta ciudad tiene una sola calle y en esa
calle hay una sola casa. La casa está compuesta de un solo piso y en este piso
nada más hay una habitación y en la habitación hay un solo mueble, una cama. La
cama que está en la única habitación del único piso de la única casa de la única
calle de la única ciudad que hay en mi país, está ocupada desde siempre por un
solo cuerpo, el mío, que cada mañana se levanta y sale a caminar.
En ese caso, todo el tiempo camino mirando espejismos. Otras
calles, otras casas, otras habitaciones, otros cuerpos. Estos espejismos son
particularmente reales y más de una vez he entrado en edificios de varias
plantas. Más de una vez he conversado durante horas con grupos de personas y he
querido volverlas a ver... Pero esto no es posible. Nunca me encuentro otra vez
con aquellas calles, nunca puedo volver a entrar en el mismo edificio. Las
personas que aparecen, siempre son diferentes, "demasiado diferentes de ellas
mismas" si puedes entender lo que quiero decir, y no importa que sólo haya
pasado un minuto o menos. Efecto calidoscopio, río de Heráclito, contrasentido,
llámalo como quieras. Al final, vuelvo a estar solo, sucio de polvo y rabia, más
cansado, más viejo, no sé si más sabio. Al final, solo, viejo, me digo que no
volveré a caer en la trampa, seco el sudor de mi frente y, con la misma mano,
lanzo las gotas al viento y, con el mismo gesto, disuelvo los fantasmas, los
espejismos, la niebla, el hastío y vuelvo a caminar hacia la única casa que hay
en la única ciudad de mi país que, si no lo sabes, es el único que existe en el
único planeta de un universo descomunalmente enorme, pero único.
Hay unos pocos días, justo es decirlo, en los que creo que
vivo en uno de los muchos países, en una de las miles de ciudades y que camino
por una entre millones de calles posibles o probables. Son pocos estos días,
pero llegan a ser intensos. Tanto, que una vez, incluso, vi mapas que trataban
de aclararlo todo. Era un atlas lleno de estadística, en una biblioteca repleta
de obras escritas por hombres y de obras que hablaban de la vida de otros muchos
hombres. A la salida, miré el cielo, nocturno y estrellado. La inmensidad me
habló de mundos simultáneos, paralelos, infinitos... y de la eternidad y
multiplicidad del tiempo. La inmensidad me habló de Dios y de un plan tan vasto
como Dios... y tan incomprensible e inasible como el propio Dios. Encontré gente
y la gente me dio sus ideas, su deseo de que yo decidiera permanecer en su lado,
es decir, en el lado de la realidad.
En días como estos, todo el tiempo camino creyendo que yo soy
un espejismo y las calles, las habitaciones, los cuerpos me evaden
obstinadamente. Transparente como aparezco entonces, pasa la gente sin detenerse
a mi lado más que por equivocación y la dura realidad de las piedras y los
cristales me aplasta. Entonces sufro, sufro tanto, que alguna vez he deseado ser
real, integrarme. Cuando llego hasta ahí, ruedan por mis mejillas lágrimas
saladas, porque siento que, haga lo que haga, nunca podré permanecer de ese
lado. Estos son los días más terribles, pero los amo y amo las lágrimas que
ellos paren. Esos días _ esas lágrimas _ limpian mis ojos, me llenan de fe y me
conducen a los momentos más felices de mi vida.
Hay escasísimos momentos de dicha ilimitada que duran casi
nada, justo es decirlo, en los que sé que vivo en un país que tiene una sola
ciudad. Esta ciudad tiene una sola calle y en esa calle hay una sola casa. La
casa está compuesta de un solo piso y en este piso nada más hay una habitación y
en la habitación hay un solo mueble, una cama. La cama que está en la única
habitación del único piso de la única casa de la única calle de la única ciudad
que hay en mi país, está ocupada desde siempre por un solo cuerpo, el mío, que
cada mañana se levanta y sale a caminar.
Muy pronto se ensucia el momento, pero para entonces ya estoy
en medio de la única calle de la ciudad desierta y única. Entonces noto que la
fe que trajeron las lágrimas no ha mermado ni se ha corrompido. Mi fe me dice
que camine, sin detenerme, sin dejarme distraer, que camine largamente, por la
única calle que hay en la única ciudad del único país que existe en el único
planeta de un universo descomunalmente enorme, pero único. Mi fe me dice que al
final de esta calle única hay una sola casa. La casa está compuesta de un solo
piso y en este piso nada más hay una habitación y en la habitación hay un solo
mueble, una cama. La cama que está en la única habitación del único piso de la
única casa de la única calle de la única ciudad que hay en mi país, está ocupada
desde siempre por un solo cuerpo, el tuyo. Con la esperanza de llegar hasta ese
cuerpo algún día, me levanto cada mañana y salgo por la única puerta de la única
casa de la única ciudad que hay en mi país a caminar por la única calle que
existe y que, sin ninguna duda, tiene que conducirme hasta ti, la única.
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