Amanece
Un espeso velo gris, desplegado por la niebla, desdibujó la
paciente imponencia de los árboles que, robustos, cubrían el deshabitado lugar.
Altos y frondosos, robles y araucarias crecían distantes entre sí, seguros de su
dominio y amparados en la longevidad de su espera. Centinelas perseverantes,
sostenían el silencio de la madrugada seducidos por todo lo imperturbable que
distingue, sin motivo aparente, a aquellas presencias cuyo real destino es el de
perdurar a través de los tiempos.
Imprevistamente, la bruma cedió su manto y, desgarrándose,
dio paso a una figura difusa que, a tientas, inundó con sus huellas sigilosas la
abundante hojarasca que se acumulaba a los pies de árboles y arbustos. Tras un
breve deambular, el espectro se detuvo frente a las prominentes raíces de un
ombú. Una tenue claridad, un atisbo de luz que recorría los vértices abruptos y
afilados del paisaje, permitió que en la cautelosa figura se vislumbraran rasgos
suaves, pertenecientes al universo apacible y delicado de lo femenino. Los
robles, siempre soberbios y testigos, agitaron levemente sus espesos follajes.
Necesitaban una respuesta ante tanta agitación rebelde e inesperada. Todo lo
tiene y todo lo necesita.
El espectro ignoró la señal, y hundió sus rodillas en la
tierra, sembrada de gotas cristalinas por el rocío matinal. Con inusitada
rapidez, comenzó a escarbar en el suelo indefenso; desprendió con violencia la
hierba que allí crecía. Sus dedos laceraron la sufrida piel del polvo quieto y
complaciente: procuraba llegar a sus entrañas, profundizar en esa herida que
daba muestras de dolor en tanto oscurecía cada partícula que era desprendida y
arrojada hacia un costado.
La mujer desconocida, pálida y desnuda, agitó su respiración:
su actividad se revelaba compleja y desgastante. Las aristas de su cuerpo,
esculpido con suma delicadeza, se contrajeron una y otra vez bajo una penumbra
que, hostil, ciñó con egoísmo a la aurora, cual paño azabache infinito e
inexpugnable. Luego de unos instantes, y en tanto su persistente cavar volvió al
hoyo iniciado más y más profundo, la figura comenzó lentamente a recostarse, y
dejó que la pureza de su vientre se posara sobre la tierra removida. Pero algo
la obligó a detenerse. Alzó la cabeza y durante un breve momento detuvo su
atención en un firmamento todavía vacilante. El amanecer se acercaba.
Una melancólica expresión impregnó su rostro, un leve gesto
develó su resignación. Otra noche en la que el intento acabaría cercenado por la
sensatez que impone la luz. La mujer comenzó a desesperarse. Aunque el paisaje a
su alrededor desconocía su propósito, los deseos del espectro se ajustaban a una
necesidad íntima de descansar; simplemente permanecer. Ser cimiento, piedra
fundamental sobre la que todo yace, se eleva: ese era su anhelo. Buscaba la
soledad sin testigos. Escapar de la mirada curiosa, retornar a un estado natural
que no permitiese distinguir los límites de su cuerpo. En donde nadie pudiese
identificarla, calificarla; aunque siempre allí estuviera.
La sombra femenina cavó y cavó, y sus manos suaves y
delicadas se lastimaron profundamente. Un espeso líquido blanco recorrió los
surcos de una tierra ya vencida, pero aún así ella no se detuvo. La mañana
iniciaba su cálido despertar, y algunas de las numerosas fachadas de los
edificios vecinos al lugar se hicieron distinguibles. Múltiples sonidos, desde
el estridente y vigoroso canto de los pájaros hasta el mecánico rumor del
tránsito, poblaron la quietud del aire. Mientras tanto, la mujer continuaba
inmersa en su tarea. El hoyo había aumentado hasta casi adoptar el tamaño de la
nerviosa figura. Finalmente, el espectro se detuvo: su labor parecía concluida.
La, ahora, lentitud de sus movimientos en pos de apartar la tierra que rodeaba a
la fosa parecía confirmarlo. Suavemente, escurriéndose sobre el oscuro suelo, se
introdujo en el hoyo, y una vez en su interior, entrecruzó brazos y piernas.
Percibió, a través de sus poros, como la tibieza de la nueva
morada la invadía. Luego, liberó uno de sus brazos y comenzó a arrojarse sobre
sí los granos de humus y la hojarasca que se acumulaban junto al agujero. Cubrió
sus piernas esbeltas y parte de su pecho, agraciado y sinuoso. Pero algo
nuevamente paralizó sus intenciones: comprobó que, sin ayuda, no lograría
cubrirse por completo. Al menos, no lo conseguiría antes de que la mañana
estuviese por fin instalada. Nuevamente, su voluntad abandonaba toda posibilidad
de transformarse en una respuesta concreta.
No podría ser el eterno polvo que se niega por completo a
dejar de serlo. La roca que ama ser roca. Simplemente roca. Debería continuar
formando parte del mundo de las formas, de la imagen y lo imaginado. Al parecer,
su rebelión había resultado en vano, quizás llegaba el tiempo de desterrar de la
memoria imágenes tenues del ayer, y retornar a la postura habitual: ser simple
paisaje de un mismo lugar.
Fatigada por el esfuerzo, la mujer comenzó a revolverse con
dificultad en el foso semitapado, y con la misma mano con la que había intentado
cubrirse procuró liberar a su cuerpo ya camuflado por la tierra y la gramilla.
Sus ojos ciegos denotaban una resignación creciente, que aumentaba en tanto
prosperaba el irreverente movimiento del nuevo día. Pero, imprevistamente, la
sorpresa congeló su amargo cavilar. Una mano desconocida se posó sobre el hombro
delineado de la mujer. Era una mano provista de dedos pálidos, similares a los
de la efigie femenina, sólo que ásperos y grotescamente labrados. Tomándola con
suavidad, una nueva figura instó a la mujer a que adoptara la posición de reposo
antes ocupada. Así, ésta volvió a recostarse en el hoyo y a entrelazar sus
extremidades. El hombre recién llegado comenzó a cubrir con tierra a la figura
sumergida en la fosa. Lo hizo con suavidad, sin dejar de posar sus ojos, también
ciegos, en ella, en la blancura sugestiva de sus labios, en su cabello tallado.
La tierra, inagotable fuente de creación, recibió a la mujer
en su seno, y la figura se estremeció levemente al percibir una suerte de
despertar, de origen, que comenzó a crecer a su alrededor. Los lazos de una
madre protectora que, ahora, secaba aquellas lágrimas que recorrían las mejillas
del espectro ante el retorno a su cuerpo, vasto y fértil, de uno de sus frutos
despóticamente arrancados. Cada partícula de polvo negro que le fue arrojada, se
fusionó con el cuerpo modelado de la mujer y tiñó su piel; bautizó de una
tonalidad sombría toda la blancura impuesta por los caprichos de un autoritario
creador.
Cuando el femenino cuerpo quedó completamente oculto, el sol
desplegó con autoridad sus tibios rayos. Aunque las sombras no lo habían
advertido, el supremo astro había aguardado, paciente, el momento oportuno para
descubrirse. Comprendía los deseos de la mujer, tan puros y necesarios, que
había optado por proteger la denodada actividad.
Con celeridad, el lugar cobró su vida acostumbrada una vez
declarado el día. Previamente a la llegada de la luz, el hombre que había
ayudado a la mujer se encontraba ya dispuesto en su espacio habitual,
predestinado. Aquello concebido como lo real retornaba para revelarse como el
protagonista de las contradicciones que se plantean, cobardemente, como el justo
equilibrio que aprisiona nuestro tiempo. Así, cientos de pies recorrieron la
infinidad de senderos que el paisaje presentaba. Algunos se detuvieron frente al
hombre de ojos ciegos y actitud desafiante, y recorrieron los trazos de su
cuerpo desnudo con desmesurada arrogancia. La figura, mientras tanto, se
mostraba ausente, absorta en un horizonte lejano e imposible de vislumbrar. Su
posición física, su gesto congelado, revelaba agresividad y resistencia. Su
cabeza, pesada y desprovista de aquellos rasgos fastuosos que tuviera la mujer,
parecía estar orientada hacia un oscuro punto del paisaje. Hacia un húmedo
rincón en donde aquella mañana una mujer desnuda había luchado por regresar a su
vientre original.
El hombre mantuvo su indiferencia ante las numerosas sombras
en movimiento que, a cada instante, se detenían para alabar o despreciar su
condición de objeto inamovible. Pensaba en la noche que se avecinaba, en el
silencio que seduce a la audacia. Pensaba en el cuerpo cansado de ser cuerpo,
harto de observar a su origen, a su destino, allí, cercano, y no poder
abalanzarse sobre él y tomarlo. No poder reunir el polvo entre sus manos para
luego mimetizarse en su inercia.
Pero no fueron vacías sus mudas cavilaciones. El hombre se
sintió reanimado al recordar lo sucedido aquella madrugada, cuando el sol aún se
mostraba ausente. Un tibio y creciente regocijo lo invadió cuando un suave
murmullo, proveniente de la espesura de los árboles, le mencionó que su padecer
era aquello que lo había impulsado a cumplir los anhelos de una mujer. Una mujer
que había hundido sus manos en la tierra para enseñarle que la luz provenía de
la oscuridad de las profundidades, y que desgarró los pliegues de su piel para
despertarlo de su sueño, que sangró copiosamente para lavar todo atisbo de
resignación con la claridad de su néctar vital.
El hombre disfrutó durante todo ese día el calor que la
estrella de caricias doradas le regaló a modo de despedida. Toleró el peso de la
infinidad de pájaros que se posaron sobre su hombro, los repugnantes residuos
que éstos le dedicaron, la impunidad de hombres y mujeres que descansaron sus
cuerpos apoyándose en las pantorrillas del espectro. Pero no dejó de pensar en
la noche.
La mañana siguiente, y tal como sucediera la jornada
anterior, ninguna de las personas que habitualmente recorren los laberintos y
pasajes de la plaza percibió la ausencia de la más antigua de las estatuas del
lugar. La figura del hombre desafiante había desaparecido. Pero tan sólo unos
pocos, los más ancianos, recordaron que, en algún momento, frente a la efigie
ahora ausente, estuvo ubicada otra imagen: la de una mujer bella que parecía
siempre a punto de partir. La de una roca que, vejada y mutilada a golpes de
martillo y cincel, nunca abandonó sus intenciones de ser simplemente polvo
inanimado sujeto a los mandatos del viento. De ser sólo origen, y nunca escapar
a ese comienzo.
Octubre de 2001
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