De un Afortunado
Hoy un cuerpo estalló frente a mí.
Eran las 3 en punto de la tarde cuando eso sucedió, y me encontraba sentado,
como tantos otros días de mi apacible rutina, en el banco de madera que se erige
en la estación de trenes de Caseros. Estalló, y en su expansiva desintegración
cubrió de sangre tibia mi rostro y los pliegues apenas arrugados de mi remera
blanca. Tan violenta fue la explosión que la inesperada llovizna de vísceras que
regó mi cuerpo trazó gruesos listones rojos en mis pantalones, mochila y
zapatos.
Fue apenas un segundo. Y el perfume
dulce que hace de la sangre un aroma apenas respirable me obligó a retener el
aire para controlar así la nausea que desdibujó mis facciones. Hasta que no pude
contenerme más y vomité. Devolví, como nunca antes lo había hecho, la
repugnancia y el espanto mientras mi cuerpo se debatía en una convulsión animal.
El esfuerzo me robó lágrimas, y el caudal que brotó de mis ojos se mezcló con el
líquido acre y espeso que dejó escapar mi nariz.
Las personas que acompañaban mi
espera, apenas pronunciaron monosílabos cuando me vi forzado a ponerme de
rodillas junto al banco para poder liberarme con desesperación de todo mi asco.
Una vez. Dos veces. Así hasta que un agudo dolor estrujó la flexibilidad de mi
espalda obligándome a modificar mi postura para luego ponerme de pie. Sacudido
aún por un convulsivo temblor, saqué el pañuelo que habita el bolsillo trasero
de mi pantalón y escurrí mis lágrimas. Resoplé con fuerza hasta despejar mi
nariz de aquellos obstáculos comestibles que cercenaban mi respiración. Nadie se
fijó en mí. Inmerso por esos instantes en un estupor paralizante, me vi solo en
un paisaje poblado por una veintena de personas. Individuos que apenas proferían
tímidas quejas relacionadas con la ausencia de lluvias y la pesadez del calor
húmedo que en verano fustiga a Buenos Aires.
Fue un segundo. El cuerpo cruzó las
vías dando pequeños saltos, mientras llevaba en sus manos una botella plástica
de agua mineral. Alguien lo esperaba al otro lado del sendero metálico, en un
andén emplazado de manera opuesta al punto donde me hallaba ubicado, y que sólo
es propiedad de aquellos trenes que huyen de la ciudad en búsqueda del silencio
de las pampas. Concentrado en alcanzar su cercano objetivo, el cuerpo pisó con
decisión uno de los rieles, hundió sus pies en el tosco pedregullo, y aprovechó
para maldecir con furia al sol que daba muestras de su abrasadora inclemencia.
La colérica exclamación creció de su garganta con tal singular potencia, que
acalló el concierto de acordes que emergían, confusos, de cada rincón del lugar.
Y tras esos acordes disonantes se confundió, tímido, el grave resoplido de un
convoy compuesto por una locomotora y su docena de vagones forjados en hierro
compacto. Formación que, cual acorazado ciego en su embestida, dio de lleno en
el exaltado cuerpo con la fiereza que esgrime el toro cuando encuentra al fin la
silueta del vanidoso torero.
Vomité otra vez. El hedor de las
entrañas esparcidas y rápidamente humeantes por la voluntad del insoportable
calor aprisionó mi estómago, y castigó nuevamente mi boca con una ruidosa
catarata de espuma ácida. Curiosos, los personajes reunidos observaron con
detenimiento lo que quedara de aquel cuerpo, aunque a nadie le pareció relevante
conocer la identidad de esa marea de restos esparcidos. La duda inmediata, que
consumió los pensamientos de la pequeña multitud, estaba relacionada con la
necesidad de develar si el pedazo de carne que yacía impreso en uno de los muros
de la estación correspondía a un cerebro, o tal vez solo se trataba de un ligero
músculo sin importancia.
Con similar despreocupación, los
supervisores de la estación permitieron que el tren que protagonizara el
accidente continuase su viaje. Y así sucedió, conducido por una máquina que
llevaba en su ariete, y a modo de trofeo, los restos de la camisa que vistiera
al cuerpo y una madeja de hilos marrones que de seguro en algún momento formaran
parte de sus zapatos. A mi lado, los espectadores más incisivos se consultaban
respecto a la posibilidad, basándose en precarias leyes de física, de que un
tren, lanzado a casi 70 kilómetros por hora, desintegrase a un pantalón de jean.
Más aún, conociendo la cofradía de pensadores congregados la probada resistencia
que distingue a dicha tela. Por fortuna, un filósofo de educado acento porteño
recordó que el tren, en tanto su peso, tiende a aminorar la marcha con mucha
anticipación a su llegada a la estación. De ahí que los cálculos esbozados se
mostraban como erróneos. Envueltos en una discusión en la que imperaban
opiniones contradictorias, todos finalmente concluyeron en que el interrogante
resultaba imposible de resolver y algunos se lamentaron de no haber interrumpido
antes la conversación para abordar el tren que ya había partido. El filósofo
porteño comentó, dueño de una envidiable coherencia, que incluso la discusión
podría haberse celebrado en el interior de un vagón para de esta forma evitar
una nueva espera. Tenía razón. Y el montón de personas sensatas coincidió con
esta postura, para luego concluir en que la culpa de todo, esto es, el calor, la
carne destrozada y la velocidad imprecisa del ferrocarril, la tenía la empresa
que brindaba el servicio.
Y allí me encontraba, mudo aún por la
impresión y rodeado peligrosamente por la demencia generalizada. Aferrado a mi
mochila teñida en sangre y con un oportuno cuaderno de anotaciones en mi mano.
No me atreví a preguntar por el cuerpo
que había estallado. Ya tenía suficiente con el olor a entrañas y mis nauseas
permanentes. Esperé a que arribara el siguiente tren y lo abordé con mi
parquedad habitual. Ya en mi asiento, medité respecto a todo lo ocurrido y
comencé a redactar estas líneas que nada romántico tienen hoy para relatar. Pero
algo nuevamente detuvo mis movimientos. En diagonal a mi posición, una charla de
voces conocidas creció con desbordante autoridad. Decidido a no perder detalle
de tan preciosa declaración de ignorancia, volqué en el papel lo que la suave
brisa que entraba por las ventanillas acercó a mis oídos:
“No puede ser, la sangre del hígado no
es roja sino negra” aseguró un vozarrón de científico frustrado. “Aparte la
cabeza no fue lo que el tren tocó primero. Yo vi como un brazo voló por los
aires y cayó sobre un costado...”, agregó.
“El tipo de seguro era un don nadie
¿No viste cómo estaba vestido?, comentó un improbable diseñador de indumentaria.
Luego, en tanto futuro economista neoliberal, concluyó: “Sería otro de los
tantos piqueteros borrachos que ampara el Estado. Encima llevada una botella sin
abrir ¡Qué desperdicio!”
Por último, tuve el privilegio de presenciar el debate final:
“Los sesos son blancos” dijo un ex
cirujano. “El cerebro es rojo” argumentó un descerebrado. Hasta que llegó,
sublime, la esclarecedora observación del distinguido filósofo porteño: “Es
blanco, inculto ¿Nunca comiste una buena parrillada?”
No voy a mentir: otra vez me sentí
mareado y descompuesto. Pensé en el hombre que habitara ese cuerpo ahora
desmembrado, y tal vez por un segundo me vi embargado por un honesto regocijo
ante el que fuera su inesperado final. Para su fortuna, había escapado a tiempo.
Por el contrario, los acontecimientos que siguieron a la supuesta tragedia me
hicieron comprender que, en tanto testigo ileso de la putrefacción humana, el
auténtico accidentado no era otro que yo mismo.
25 de noviembre de 2003
3.35 p.m.
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