Un Otro vino. Su alma se inquieta
con violencia dentro del cuerpo, no sabe cómo hacer para acercarse más a tu
boca, a tu deseo restringido y roto. Se lame las manos para calmarse la sed, se
muerde los labios para contener la sensación ausente de una saliva que nunca le
pertenecerá a pesar de sí mismo, a pesar de estar, de pertenecer, de sentir y de
ser tan profunda, innegable, y para siempre Un Otro.
Yo sí, quiero decir, yo sí te extraño.
Extraño especialmente todas estas cosas que nunca vivimos, la muerte de mi madre
fue lo más importante, pero en aquel entonces no lloré, ahora tampoco lloro.
No sé qué cantidad de veces manché tu camisa blanca, cuando me llevabas en
brazos al hospital, para que detuvieran la hemorragia que brotaba de mis venas.
Las explicaciones nunca fueron suficientes para mí, cuando quería probarte que
yo tenía la culpa de mis cicatrices de la infancia.
Pero no importa, eso que no vivimos ya pasó, y ahora que estoy muerta no volverá
a repetirse. Te vi con dulzura como tirabas con una estrepitosa sonrisa aquella
última camisa que yo manché.
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