Me baso en la
necesidad del escape, en la facilidad mejor dicho. Ahí está la puerta, sólo
basta empujar con suficiente fuerza para pasar al otro lado. Eso es lo te
rrible,
el impedimento que nos auto imponemos en cuanto desciframos
lo que
verdaderamente queremos. En este momento siento que la puerta no está del todo
cerrada, veo la luz que sale de la pequeña rendija que mi pútrida imaginación le
atribuye. Deseo acercarme, empujarla, hacerla caer de un solo golpe y verme a mi
misma del otro lado. Eso, sentarme de este lado a mirarme,
ver cómo me alejo del mundo racional, como me adentro en ese laberinto sin
salida, y no volteo por temor a re encontrarme allí sentada. Las paredes de mi
mundo son efímeras,
por eso me es tan difícil separarme de ellas. Intuyo que pronto pasará algo,
cuando se den cuenta de que he huido de mi habitación, de seguro mandarán a
alguien por mi y entonces vendrán vestidos de blanco, con sus grandes pasos, con
su seguridad y su control a cuestas, y yo los haré perseguirme por
los pasillos, correré con todas mis fuerzas procurando revent
arme el hígado con
el esfuerzo, y entonces quizás pase la puerta y todo acabe, y sé que ellos
serían incapaces de perseguirme hasta allá, por temor, por respeto. El juego
acaba y voy de vuelta en horizontal, atada a esta cama con ruedas, de vuelta a
mis blancas paredes, blancas sábanas,
blanco techo, blanco todo, menos mi alma y mis pies mugrientos.
(Ilustración: Salva Salom Climent)
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