Soy un
baúl lleno de recuerdos. Soy retazos de mi vida, ya no mi vida.
¡Mira! acá están los recuerdos de mi niñez y mis pequeñas felicidades, pero de
eso no quiero hablar mucho, porque es la parte más sagrada.
En éste trozo guardo las heridas de la adolescencia, estas sonrisas y esos pies
descalzos me los regaló mi primer amor.
Acá tengo una carta de alguien que murió atropellado, me acuerdo que me quería
tanto…
Estoy hecha de mis recuerdos, cada tablón de madera cruda, constituye una parte
de mí misma. En el suelo están las bases con las que me crié, todo lo que
aprendí a fuerza de equivocarme y no saber a dónde correr. Las primeras rendijas
se abrieron cuando quise salir a respirar, llevo talladas las historias de los
amores imperfectos que me hicieron feliz tantas veces.
Esto son algunas cartas, también están mis diarios, y mis fotografías, tengo
objetos que representan una parte de mi vida entera. Éste pequeño autito rojo
por ejemplo, simboliza… bah! Ya no lo recuerdo, creo que fue un beso a las seis
de la mañana que me rompió la boca y eso también es mi vida entera.
¿Y éste pie zurdito? ¿Lo ves? Se lo regalé hace mucho tiempo al ser al que más
alto aposté todas mis ilusiones. Y las perdí, no podía ser de otra forma, era
demasiado lo que estaba en juego, y cuando uno se entrega de esa forma, lo más
justo es perder. Era excesivo el riesgo de ser feliz.
Esos de allí dormidos son mis amigos, bueno, no todos están dormidos como
parece, hay uno que está muerto de verdad, y lo sé porque lo he sacudido muchas
veces en mis sueños, ya no me sonríe ni me grita, como lo hizo en todos éstos
años.
Ah! Sí… eso tan roto, es mi dignidad. La conservo aunque ya no sirva para nada,
esa se la entregué al otro lado del océano, y para cuando me di cuenta ya se
había ahogado con todo y boca.
No, no, no pregunte por mi alma, que de esa ya nada queda. Se murió exactamente
en siete ocasiones, como los gatos – que en éste mismo instante me están
mirando-, pero ya se acabó, de eso estoy segura.
Si pasas la lengua por acá, sabe medio a lágrima y medio a sonrisa, pero son
sabores que poco vale la pena lamer, cuando no son de uno mismo, porque no se
entienden, y si no se entienden uno se siente torpe aunque no se lo diga nunca a
nadie.
Esa es mi musa, ya sé, no lo sabe nadie… pero yo la miro y la miro, y así
algunas veces me brotan las palabras, y luego los críticos las leen y creen que
he escrito un gran texto, y yo los engaño, como quien no quiere la cosa, y mi
“muse” voltea para otro lado, de modo que nadie se da cuenta… Son hermosos
enigmas.
Mi familia es un retrato intacto, nunca se modifica la admiración y el calor, el
sabor de la comida de mi abuela, los abrazos de mis hermanas, los consejos de mi
tía, un padre que adoro más cuando sé que tiene la cabeza en otro lado, pero el
corazón – la mitad al menos – es del todo mío.
Y bueno, no sé si debería hablar de esto último que tengo acá, de lo primero que
se ve cuando se abre el pequeño baúl y salen mariposas de todos colores y
tamaños volando, y eso me pone triste, porque en veinticuatro horas estarán
muertas. Sí, estaba cambiando el tema, es que esto todavía duele mucho y es
mejor cuando a uno le duele algo pasar a otro tema, a ver si el tema es medio
como agua oxigenada o morfina, y así te va adormeciendo el corazón para poder
seguir adelante aunque no sepa bien a donde voy.
Hasta el futuro es un recuerdo, deja de mirarme con esa cara de – ya se te salió
la inconsciencia – lo peor es que me pongo muy triste, porque jamás volví a ser
tan feliz como cuando nacieron ellos… la ausente Virginia, el indestructible…
Mis ilusiones e ideales son una bandera, esa cosa verde-blancuzca que me cubre
por entero, que se escurre por todos lados, y aquí les quedo yo… un baúl en
medio de la nada, quizás bajo un árbol, bajo una lluvia, y afuera tengo un
letrero que dice:
“Tenga cuidado al abrirlo, esto
que parece tanto un baúl viejo, es en realidad un ser humano”
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