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Asunto Tema: El asteroide X-7. Cuento infantil. Responder mensajeEscribir nuevo tema
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jorge ferraro
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Ingresado: 26 Febrero 2010
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Escrito el: 28 Septiembre 2013 a las 06:38 | IP registrada Citar jorge ferraro

El asteroide X-7


La mañana en Houston era radiante. El cohete estaba
listo para ser lanzado hacia el espacio.

En el alojamiento para astronautas el jefe de vuelos se
dirigió hacia una de las habitaciones, tocó la puerta y
entró.

–Ya es tiempo –le dijo con tono serio, al niño que estaba
adentro.

Horacito apoyó en el piso el control remoto de la play,
se colocó la escafandra y se puso de pie.

El juguete era precioso. Es que solamente en la NASA
tenían esas play station tan avanzadas. De las
experimentales. Y a cada uno de los niños astronautas,
como Horacito, le daban una.

Los tipos del Centro Espacial pensaban en todo, los
hacían entrenar duro pero, como finalmente eran chicos,
también los dejaban jugar.

Todo fue muy rápido. Ingresar en la cápsula espacial,
comprobar las comunicaciones con el centro de mando y
esperar la cuenta regresiva que, de tanto que había que
hacer, llegó casi sin que se diera cuenta. Un sonido
tremendo, después una vibración y Horacito ya se
encontraba en vuelo. Solo, directo hacia el asteroide X–
7, a quinientos mil kilómetros de la tierra.

Tenía que averiguar si en aquel lejano mundo había vida,
porque los científicos habían llegado a la conclusión de
que los hombres astronautas asustaban a los
extraterrestres y por eso nunca habían encontrado a
alguno. Ante la presencia de los terrícolas se escondían,
o bien se mandaban a mudar.

El respetadísimo profesor Landenberg aseguraba que si en
cambio, quien intentaba hacer el contacto fuera un niño,
entonces los seres de otros planetas, confiados en la
inocencia de un ser tan joven, se dejarían ver.

El intento valía la pena. Y por eso, tras cuatro días de
viaje por el espacio exterior, la nave de Horacito
aterrizó suavemente sobre el misterioso asteroide.

En cuanto la escalera se posó sobre el fino polvo del
suelo, Horacito sacó unos de los chocolatines que su mamá
le había dado para el viaje, se lo puso en la boca y
descendió.

–Los sensores indican que me puedo sacar la escafandra,
Houston –informó al centro de vuelos, en la Tierra.

–Adelante, Horacito, pero con cuidado –le recomendaron.

El papá y la mamá, a quienes habían autorizado a
permanecer en el puesto de control, se tomaron de las
manos.

–¿Qué ves, Horacito? –solicitaron impacientes desde la
Tierra.

–Es un día hermoso. El cielo es muy muy azul –contó– .
Rayos de sol iluminan una llanura en la que, de tanto en
tanto, nacen pequeños volcanes.

–¿Con humo? –preguntaron preocupados.

–Sí –respondió de inmediato–, pero no parecen peligrosos.
Son muy lindos, porque de cada uno salen luces de
distintos colores... amarillas, verdes, azules... Me
acercaré al que está más próximo, Houston.

–¡Con cuidado, Horacito! –gritó la mamá.

–¡Señora! ¡Usted no puede hablar! ¡Estamos en el centro
de control de vuelos! – La retó con energía el jefe de la
estación.

–Es que es Horacito… –murmuró ella con tono avergonzado.

–Horacito es el primer niño astronauta. ¡Déjelo hacer su
trabajo!

La tensión era extrema. Pero aumentó aún más cuando las
comunicaciones entre Houston y el asteroide, de golpe, se
interrumpieron.

Mientras los técnicos trataban de solucionar el problema,
Horacito, a medio millón de kilómetros, proseguía con su
misión.

–¡Horacito!, ¡Horacito!

La voz que lo llamaba no era la del parlante iónico de su
traje espacial. La sentía con claridad, venía desde atrás
del pequeño volcán que se encontraba justo en frente
suyo.

–¡Horacito!, ¡Horacito! –escuchó de nuevo.

Primero tuvo miedo, pero después, como la voz le pareció
amigable, se dirigió al lugar de donde lo llamaban. Para
juntar valor se metió en la boca otro de los chocolatines
que le había dado su mamá.

No lo podía creer. ¡Era un niño extraterrestre! Tenía
aspecto de humano: dos brazos, dos piernas, una cabeza,
pelo, dos ojos, pantalones cortos, zapatillas con los
cordones desatados y un fútbol bajo el brazo. Incluso,
como la remera que tenía puesta le quedaba corta, se le
veía el pupo. Atrás del extraterrestre había tirada en el
suelo una bicicleta con la rueda delantera pinchada. Y al
lado un cuaderno, una goma y un lápiz.

Horacito quedó paralizado.

–No tengas miedo –le dijo el extraterrestre–. Terminé los
deberes e iba a jugar. Y como te vi llegar se me ocurrió
invitarte a patear la pelota y después a tomar la leche.

En la Tierra seguían trabajando frenéticamente para
restablecer las comunicaciones. Pero no podían, no había
manera de detectar la falla.

Con el tercer chocolatín recién pudo hablar.

–¿Cómo sabés que me llamo Horacito?

–Me lo imaginé –le explicó el extraterrestre, mientras
hacía picar la pelota.

–¿Cómo que te lo imaginaste? –le preguntó abriendo muy
grandes sus enormes ojos.

–¡Ah, sí! Los chicos del asteroide X–7 tenemos mucha
imaginación Horacito.

Después extendió los brazos y le dijo:

–Mirá que hermoso que es esto ¡y la cantidad de juguetes
que tengo!

–Pero ahí hay una bici rota, un fútbol y nada más –
aseguró Horacito sorprendido.

–¿Te parece poco? –demandó el extraterrestre con rostro
de picardía.

–¡Oh, sí! No hay una play, o un cuatri, o un DVD. En la
Tierra la pasamos bárbaro jugando toda la tarde con la
Palm...

–Lo imaginaba –interrumpió el chico extraterrestre.

–¿Estuviste alguna vez en la Tierra?

–No.

–Y entonces, ¿cómo puedes imaginar a que jugamos allí?

El extraterrestre no contestó. Lo miró un rato a los ojos
y le propuso:

–¿Por qué no miras el resto de mis juguetes? Te
encantarán.

–No veo cosa alguna –se sinceró Horacito, meneando la
cabeza– ¿Será porque no tengo puesta mi escafandra con
visor de fotones?

–Haz la prueba –le propuso el extraterrestre.

Horacito se colocó la escafandra, miró hacia todos lados
y al cabo de un par de minutos se la quitó decepcionado,
veía exactamente lo mismo.

–Se ve todo igual –confesó.

–Lo imaginaba –repuso el extraterrestre.

Después, le pidió que le convidara un chocolatín, lo
tragó de un bocado, le apoyó el brazo en el hombro y lo
llevó a caminar.

–Vez aquel volcán –le mostró el extraterrestre mientras
avanzaban.

–¿Cuál?

–El azul –le indicó, señalándoselo con la nariz–. En
realidad es un castillo.

Horacito engulló otro chocolatín.

–No, es un volcán –lo corrigió masticando.

–Es lo que yo quiero que sea, Horacito. Y si en este
mismo momento otro de mis amigos imagina que es una
montaña de chocolate, pues lo será. Y nos servirá a los
dos. Por eso acá no nos andamos peleando por el fútbol –
le explicó ojeando hacia atrás.

La pelota había quedado en el suelo y de tanto en tanto
rodaba unos centímetros, empujada por la suave brisa que
soplaba sobre el asteroide. Hacía unos piques cortitos,
porque en la superficie había algunos cráteres.

–¿Te imaginaste una final del mundial entre la selección
de la Tierra y la del X–7? –inquirió el extraterrestre en
tono serio.

De inmediato el asteroide se convirtió en un gran estadio
de fútbol. El más moderno de la galaxia. Horacito no lo
podía creer. Estaba de pie en el medio del césped. Las
tribunas estaban repletas de gente. El chico
extraterrestre y su equipo, ya en la cancha, lucían
camisetas con rayas de todos colores. Horacito la suya,
la de su equipo, La Tierra, de color, naturalmente, azul.
Pero estaba solo, en cambio los del asteroide eran los
once jugadores reglamentarios.

–Vamos bien –le dijo el extraterrestre– .Mejora tu
imaginación.

–¡Pero soy el único de mi equipo! –se lamentó Horacito,
abatido.

–¡Ah, sí! –explicó el extraterrestre– es que el resto de
tus amigos de La Tierra están jugando a la play.

Levantaron la voz porque la gritería era infernal.

–¡Pero se van a perder la final de un mundial!

–Y bueno... eso les pasa porque se quedaron sin
imaginación.

–¡Pero esto es mucho mejor!

–¿Que un cuadri?

–Sí –reconoció Horacito asintiendo.

–¿Que la compu?

–Sí –repitió, fascinado.

El público, impaciente, comenzaba a golpear sus palmas
para que el partido empezara. Papelitos blancos llovían
desde las tribunas.

–¿Y cómo hago para hacerlos venir? Yo soy astronauta,
ellos no.

–No estamos en la cancha gracias a tu poderosa nave,
Horacito, si no por algo que es mucho más potente aún.

–¿Gracias a la imaginación?

–Porsupus –afirmó el extraterrestre.

El árbitro se acercó, intercambiaron banderines y sacó de
su bolsillo trasero una moneda para sortear los arcos.
“Federación intergaláctica de fútbol”, decía el escudo
que llevaba pegado arriba y a la izquierda de su camisa
negra. Horacito seguía solo, pero eso parecía no
importarle a nadie.

–Hay un libro –le reveló el extraterrestre a Horacito
mientras arrojaban la moneda al aire– se llama “El
Principito”. Sería un buen comienzo para tus amigos.

–¿Eso despertaría su imaginación? –preguntó mientras
cambiaban de campo.

Los extraterrestres habían elegido el otro arco, el que
estaba justo abajo de la Tierra, que brillaba muy azul en
el cielo.

–Lean –le expresó el extraterrestre en tono casi
imperativo, en tanto le hacía señas a sus jugadores para
que se acomodaran en la cancha–, volarán a donde nadie ha
llegado jamás y sobre todo –aclaró, acomodando el fútbol
en el círculo central– jugarán mejor que Messi.

Era el mismo balón que había visto cuando descendió de la
nave, el que estaba junto a la bicicleta pinchada.

–¿Me das otro chocolatín antes de que empecemos el
partido? –le pidió el extraterrestre.

–No tengo más, me los comí todos –se disculpó Horacito
abriendo los brazos.

–¡Me lo imaginaba! –exclamó el extraterrestre, negando
con la cabeza.

El árbitro hizo sonar su silbato y Horacito seguía solo.
Al ver a los otros once correr contra él se despertó del
terror.

–¡Mamá! –gritó.

–¡Horacito! –exclamó ella– ¡Otra vez te quedaste dormido
jugando con la play y te despertás con pesadillas!

–¡Mamá, mamá!

–¿Qué pasa, Horacito? –le preguntó, mientras comenzaba a
acariciarle la cabeza para que se calmara.

Horacito se quedó callado unos instantes. Luego, cuando
se le pasó el susto, le preguntó a su mamá.

–¿Cómo se llamaba el libro ese que querías que leyera?

–El Principito, mi Vida –respondió feliz.

                                                                                                                                                                         
Jorge Ferraro

__________________
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