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Literatura
 Libre Albedrío : Literatura
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Astair
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Ingresado: 04 Diciembre 2004
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Escrito el: 26 Junio 2011 a las 09:03 | IP registrada Citar Astair


Alvéolo, Prístina y Encarnación estaban sentados en la mañana del 45 de Camisa Verde para el concurso cíclico de la Palabra en distintas hendiduras del lóbulo frontal. Habían sido citadas – o más bien citados, recalcaría Alvéolo, en su virulento egocentrismo- por Hipotálamo, que a la sazón terminaba de gestionar el intercambio eléctrico entre los dedos de la mano de Juan y sus ojos, presas ambos de febril excitación por la masiva cadencia de un trasero femenino que discurría airoso frente a la ventana que da al parquecito lateral. Cuando pudo, Hipo, como le decían respetuosamente las palabras grandes y pequeñas que inclinaban ante él sus signos, encaró a las invitadas con un breve gesto de atención. El Acto en sí sería muy breve, así que las tres deberían hablar al mismo tiempo: Alvéolo destacó su pertinencia justo cuando Juan se miró al espejo con su nueva camisa y experimentó un ligero cosquilleo alveolar que presagiaba el asma ¿No fue ésa precisamente la razón para que la camisa verde, con su hermoso color, fundase el nuevo ciclo existencial de Juan? Prístina, por su parte elevó un agudísimo canto, en realidad una sola nota apasionada con la cual quiso impresionar al riguroso Hipotálamo con el recuerdo de esa frase ridícula que brotara casi espontáneamente de la boca de Juan, cuando, enloquecido por los pechos de Susana, le declarara en medio de la escena de espadas en la película del El Pirata: Eres la rosa prístina de mi corazón. Luego Juan se avergonzaría de su cursilería, pero jamás olvidó que ese día precisamente se estrenaba la camisa verde en honor a que la divina hembra había aceptado su invitación. Encarnación fue la única que no quiso llamar histéricamente la atención; permaneció callada, aunque balanceando un poco sus extremidades a la espera del veredicto, confiada en que, por ser lo más reciente, Hipotálamo le diese el máximo puntaje a su participación en el SMS que Susana le envió esa misma noche, desde la propia cama donde días más tarde inaugurarían el certamen amatorio que diese vida y sentido al ciclo de la camisa verde: Eres la encarnación de todo lo bello que he deseado. ¿No se cumplía así el ciclo mecánico de la liberación? Llena de ampuloso orgullo vio que Hipo se aprestaba a dar su veredicto sin esperar más discurso, de modo que, al igual que sus competidoras, se tensó en la silla neural que le servía de soporte para ser ovacionada; pero lo que siguió fue un creciente zumbido que alborotó el ambiente: la mujer del culo rampante se había dado vuelta y miraba provocativamente a Juan.


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