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Literatura
 Libre Albedrío : Literatura
Asunto Tema: Marimba Responder mensajeEscribir nuevo tema
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Astair
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Ingresado: 04 Diciembre 2004
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Escrito el: 18 Abril 2010 a las 08:56 | IP registrada Citar Astair

Martín Granobles llegó a Juanchaco en la chalupa Asturias un martes en la tarde del lluvioso mes de septiembre. Su atuendo en ligeros rasos de blanco y negro le daban un aire descomplicado a esa fisonomía flaca y académica que sin embargo habría pasado desapercibida en un balneario como este, tan visitado por gentes excéntricas de las ciudades, a no ser porque mi mirada se quedó esperando en vano identificar su pareja o acompañantes; no tenía sentido práctico el que un individuo barbado con esa facha de primerizo sonriera a diestra y siniestra en un ambiente primitivo como el nuestro sin compañeros que le dieran valor para soportar el acoso de que fue objeto por parte de mis compañeros cargueros, niños que prácticamente se metían entre sus piernas para ganar su maletín o fornidos negros como yo que le ofrecían llevarlo a horcajadas hasta el hotel.

- Me llamo Serafín – le dije- y extendí mi mano para ofrecerle mis servicios. Sin dejar de sonreír descargó el morral que parecía contener una tienda de campaña y me lo entregó, dando así la señal para que todos los demás se dispersaran en busca de otro cliente entre el escaso pasaje que arribaba al caserío.

Tras un rato de caminar silencioso por la playa rumbo a las cabañas de la negra Blanquita –recomendación que aceptó sin chistar y apenas con un ligero asentimiento- tiró hacia el mar una pequeña vara de mangle que rescatara entre la arena, dando un salto de complacencia al ver que la vara vencía la resistencia del viento y tras una extraña curva caía justo en la franja espumosa donde se disolvían las olas.

- ¡Esto sí es vida! – gritó, como tantos otros paseantes citadinos que tras largos años de encierro en su ciudad se dan cuenta que existe la verdadera libertad.

- Por cierto – le respondí- es donde comienza la verdadera vida. ¿Es primera vez que el seño viene por acá?

- No - respondió mientras se quitaba las sandalias y miraba sus huellas en la arena húmeda- estuve en mi época de estudiante, pero entonces estaba más interesado en las chicas y el aguardiente que en la brisa marina.

No se habló más en los últimos trescientos metros de aproximación a lo de Blanquita, cuyo palafito de seis cabañas sin pintar techadas con palma hacían medialuna en torno a una construcción redonda más grande que la negra llamaba “ El Templo del Sabor”, epicentro de su ejercicio de hostelería costanera, basado en subyugar diariamente a los huéspedes con ricos viandas de pescados y mariscos.



Editado por Astair en 30 Mayo 2010 a las 08:01
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Astair
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Ingresado: 04 Diciembre 2004
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Escrito el: 30 Mayo 2010 a las 10:21 | IP registrada Citar Astair


Me hice amigo de Martín por su afición a consignar en su libreta cuanto acontecimiento banal ocurriera a su alrededor; empezando por los viajes de ida y vuelta que realizaban las gaviotas a lo largo de esos tres kilómetros de playa y que al comienzo fueron su principal atracción. Una de esas primeras mañanas se levantó como siempre antes que el resto de los huéspedes -que para ese entonces no eran más que una pareja de jóvenes rumberos y trasnochadores- mientras yo me dedicaba a partir la leña. Tras darle un chapuzón a su cuerpo escuálido y descolorido tomó la libretita dejada cuidadosamente envuelta en una toalla sobre un tronco arrastrado por el mar, al tiempo que echaba un vistazo a quien sabe qué detalle de la bandada, lo que aproveché para preguntar:

– ¿Porqué no les tomas una foto?

– No tomo fotos, – me respondió con esa sonrisa inexplicable de camarón – porque escribir sobre algo es como meterse en su movimiento, en este caso entre las malolientes plumas de esos magníficos animales; con tomarles una foto, en cambio, te alejas de ellas irremediablemente.

– ¿En realidad crees que huelen mal? – le pregunté, dejando el hacha enterrada en el madero y acercándome para apreciar los dibujos y leyendas que en ese momento parecía hacer.

– Es mi manera de expresarte lo cerca que puedo estar de ellas mientras vuelan – dijo – pero en realidad pueden oler tan bien como una hembra cualquiera.

A juzgar por lo que vi Martín no era un excelente dibujante, algunos trazos en forma de V en medio de notas desiguales y tachonadas dejaban mucho que desear, si de elaborar un cuadrito digno de colgar en la pared se tratara; pero me impactó favorabemente su disposición a responder las preguntas de un jornalero ignorante como yo.

– Voy por café – le dije, intrigado por ese cuento del olor de las gaviotas;lo que agradeció con un “Vale!” y un gracioso gesto de poder con el puño levantado.


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MASTER*
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Ingresado: 05 Junio 2006
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Mensajes: 3096
Escrito el: 31 Mayo 2010 a las 21:03 | IP registrada Citar MASTER*


Lo mejor de pasearse por aquí, es encontrarse con sus
letras.

Un saludo, Astair.
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Astair
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Ingresado: 04 Diciembre 2004
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Mensajes: 239
Escrito el: 06 Junio 2010 a las 11:22 | IP registrada Citar Astair


Chas gracias Mr. Máster por pasearse por aquí. Considero un alto elogio el que tome estas letras como un motivo se solaz; tal como son concebidas en las raras escapadas para escribirlas.

Un abrazo de regreso

J.

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Astair
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Ingresado: 04 Diciembre 2004
Conectado: Desconectado
Mensajes: 239
Escrito el: 05 Julio 2010 a las 10:52 | IP registrada Citar Astair


Creo haber dicho desde un principio que mi principal oficio es la pesca, que ejerzo habitualmente en inmediaciones de “negritos”, escollo rocoso que emerge en el horizonte de la playas de Juanchaco con la marea baja y en cuyo fondo se hallan inmensos cascos de algunos buques que navegaban sin faros por esta zona de la costa rumbo a Buenaventura o Panamá. Casi siempre lo hago con atarraya, pero algunas veces me pongo mi vieja careta y me lanzo a buscar en el interior de aquellos oscuros maderámenes una presa mayor. Uno de ellos, al que he bautizado “San Martín” en honor de San Martín de Porres, que para nuestra comunidad es el santo patrono no sólo de la pesca, sino también de los orzuelos, la cacería y el matrimonio, en ocasiones me depara la grata sorpresa de uno o varios pargos de gran tamaño que dormitan al amparo de la quilla, en ese silencioso espacio en forma de catedral que termina en la punta de la proa intacta, y cuyo aspecto imponente se nutre de la luz que se cuela por algún tabique roto a manera de vitral.

Es en ese ambiente silencioso y sacro –que sólo dura diez minutos entre cambios de marea- que puedo acercarme por la cola y hundir mi lanza por un costado de mi pez con enérgico movimiento hasta verla aparecer por el otro lado; luego tengo que soltarla, para evitar que se rompa o se dañe la carne del animal durante sus primeros violentos estertores. Tras una espera de angustiosos segundos por mi hipoxia que llega al límite, me apresuro a recuperarla y alcanzar con ella el glorioso sabor del aire costanero. No siempre las cosas terminan bien; pero ¿para qué recordar las pérdidas de las presas más robustas y hasta de mis apreciados arreos labrados en largas horas nocturnas?

Lo que no he dicho es porqué me veo ahora escribiendo cosas distintas a mis cuentas con la Blanquita o las excusas de tres palabras para la profesora Estela cuando me llevo a mi hijo a pescar en altamar.

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Astair
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Ingresado: 04 Diciembre 2004
Conectado: Desconectado
Mensajes: 239
Escrito el: 11 Julio 2010 a las 10:19 | IP registrada Citar Astair


El episodio de Negritos y los barcos hundidos tiene una entrañable relación con la pregunta, ya que mi sorpresa actual vendría a explicarse, o, al menos, atraparía un hilo conductor, a partir de la fascinación que me produjo en aquella época un descubrimiento fortuito, que además me granjeó cierta inmerecida fama de buen buceador, pues mis inmersiones no pasaban de los treinta pies y mi único lugar de exploración –por llamarlo de una manera elegante, pues mi objetivo primario allí no era explorar sino satisfacer mi estómago y el de mi familia– había sido el escenario parduzco y traicionero de aquellos naufragios. Es cierto que bucear allí no es para todo el mundo, pues, aunque a su alrededor el mar regala un breve instante de calma, luego barre con furiosas corrientes que a la sazón daban cuenta de numerosas muertes de pescadores y buzos turistas aficionados, cuyos cuerpos eran algunos días después encontrados por otros pescadores entre las raíces de los manglares en Bahía Málaga. El secreto consiste en llegar cuando la marea está terminando de bajar y, tras intentar un objetivo claro y preciso, abandonar la zona antes de que comience el flujo de la marea alta.

El descubrimiento no había sido otro que una enorme letra H en estribor del casco del “San Martín” en una franja que da hacia alta mar y que por su curvatura y posición constituye la zona de mayor velocidad de la corriente, lo cual, al parecer, es la causa de que allí no se haya formado esa capa calcárea que cubre el resto de la embarcación y que si es mirada a unos cinco pies desde el oeste, cuando el cambio de marea ocurre alrededor de las cuatro de la tarde, permite observar esa silueta como tenue pero nítido cambio de tono en el enmohecido casco de la nave.

A los estudiosos que vinieron de la ciudad y las mentes fantasiosas de mis compañeros de faenas este descubrimiento les permitió elaborar o complementar todo tipo de historias sobre la procedencia del “San Martín” y la suerte de sus ocupantes y posibles tesoros; pero para mí mantuvo siempre la atracción de lo secreto, oculto, íntimo, cuyo valor consiste sólo en conservar unas formas que me revelan su identidad desprovista de significados, pero de alguna manera emparentada con los abismos que la rodean y las rutas marinas que unen “negritos” con pueblos que hablan otras lenguas.

Lo cierto es que mi extraña relación con esa letra hizo eclosión la tarde en que Granobles asistía por primera vez al funeral de un infante en nuestra comunidad, cuando lo vi correr desaforadamente por la arena persiguiendo la pequeña hoja de papel que se le había soltado del cuaderno y que el viento arrastraba hacia el mar, la cual pudo atrapar con una palomita que el séquito celebró ruidosamente y que tras alcanzar de nuevo la procesión mostró con cara radiante antes de guardarla para unirse de nuevo a los cánticos y danzas del funeral, que intentaba aprender juiciosamente.

Cuando el pequeño féretro blanco fue colocado sobre un tronco de madera en el centro del improvisado altar bajo la sombra de un cobertizo de hojas de palma y los dolientes buscábamos acomodo alrededor, le hice una seña para que se retirara a un lado y poder hacerle la siguiente pregunta, que para mí resultó trascendental:

-¿Qué había en ese papel?

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