Capítulo 51

 

    Ahí nomás se apareció Remorino, con un anciano que parecía bastante asustado, y que al reconocer al administrador lo saludo con una especie de reverencia.

- ¡En piyama! -dijo la Cuca estupefacta.

- Ya los viste al entrar -dijo Ferraguto.

- No estaba en piyama. Era más bien una especie de...

- Silencio -dijo el administrador -. Acérquese, Antúnez, y eche una firma ahí donde le indica Remorino.

    El viejo examinó atentamente el registro, mientras Remorino le alcanzaba la birome. Ferraguto sacó el pañuelo y se secó la frente con leves golpecitos.

- Esta es la página ocho -dijo Antúnez-, y a mí me parece que tengo que firmar en la página uno.

- Aquí -dijo Remorino, mostrándole un lugar del registro -. Vamos, que se va a enfriar el café con leche.

    Antúnez firmo floridamente, saludó a todos y se fue con unos pasitos rosa que encantaron a Talita. El segundo piyama era mucho más gordo, y después de circunnavegar la mesita fue a darle la mano al administrador, que la estrecho sin ganas y señaló el registro con un gesto seco.

- Usted ya está enterado, de modo que firme y vuélvase a su pieza.

- Mi pieza está sin barrer -dijo el piyama gordo.

La Cuca anotó mentalmente la falta de higiene. Remorino trataba de poner la brome en la mano del piyama gordo, que retrocedía lentamente.

- Se la van a limpiar en seguido -dijo Remorino-. Firme, don Nicanor.

- Nunca -dijo el piyama gordo -. Es una trampa.

- Que trampa, ni que macana -dijo el administrador -. ya el doctor Ovejero les explicó de qué se trataba. Ustedes firman, y desde mañana doble ración de arroz con leche.

- Yo no firmo si don Antúnez no está de acuerdo -dijo el piyama gordo.

- Justamente acaba de firmar antes que usted. Mire.

- No se entiende la firma. Esta no es la firma de don Antúnez. Ustedes le sacaron la firma con picana eléctrica. Mataron a don Antúnez.

- Andá traelo de vuelta -mandó el administrador a Remorino, que salió volando y volvió con Antúnez. El piyama gordo soltó una exclamación de alegría y fue a darle la mano.

- Dígale que está de acuerdo, y que firme sin miedo -dijo el administrador -. Vamos, que se hace tarde.

- Firmá sin miedo, m'hijo- le dijo Altúnez al piyama gordo -. Total lo mismo te la van a dar por la cabeza.

    El piyama gordo soltó la birome. Remorino la recogió rezongando, y el administrador se levantó como una fiera. Refugiado detrás de Antúnez, el piyama gordo temblaba y se retorcía las mangas. Golpearon secamente la puerta, y antes de que Remorino pudiera abrirla entró sin rodeos una señora de kimono rosa, que se fue derecho al registro y lo miró por todos lados como si fuera un lechón adobado. Enderezándose satisfecha, puso la mano abierta sobre el registro.

- Juro -dijo la señora-, decir toda la verdad y nada más que la verdad. Usted no me dejará mentir don Nicanor.

    El pijama gordo se agito afirmativamente, y de pronto aceptó la birome que le tendía Remorino y firmó en cualquier parte, sin dar tiempo a nada.

- Que animal -le oyeron murmurar al administrador-. Fijate si cayó en buen sitio Remorino. Menos mal. Y ahora usted, señora Schwitt, ya que está aquí. Marcale el sitio Remorino.

- Si no mejoran el ambiente social no firmo nada- dijo la señora Schwitt-. Hay que abrir las puertas y ventanas al espíritu.

- Yo quiero dos ventanas en mi cuarto -dijo el pijama gordo-. Y don Antúnez quiere ir a la Franco-Inglesa a comprar algodón y qué se yo cuantas cosas. Este sitio es tan oscuro.

    Girando apenas la cabeza, Oliveira vio que Talita lo estaba mirando y le sonrió. Los dos sabían que el otro estaba pensando que todo era una comedia idiota, que el pijama gordo y los demás estaban tan locos como ellos. Malos actores, ni siquiera se esforzaban por parecer alienados decentes delante de ellos que se tenías bien leído su manual de psiquiatría al alcance de todos. Por ejemplo ahí, perfectamente dueña de sí misma, apretando la cartera con las dos manos y muy sentada en su sillón, la Cuca parecía bastante más loca que los tres firmantes, que ahora se habían puesto a reclamar algo así como la muerte de un perro sobre el que señora Schwitt se extendía con lujo de ademanes. Nada era demasiado imprevisible, la causalidad más pedestre seguía rigiendo esas relaciones volubles y locuaces en que los bramidos del administrador servían de bajo continuo a los dibujos repetidos de las quejas y las reivindicaciones y la Franco- Inglesa. Así vieron sucesivamente como Remorino se llevaba a Antúnez y al piyama gordo, cómo la señora Schwitt firmaba desdeñosamente el registro, cómo entraba un gigante esquelético, una especie de desvaída llamarada de franela rosa, y detrás un jovencito de pelo completamente blanco y ojos verdes de una hermosura maligna. Estos últimos firmaron sin mayor resistencia, pero en cambio se pusieron de acuerdo en querer quedarse hasta el final del acto. Para evitar más líos, el administrador los mandó a un rincón y Remorino fue a traer a otros dos enfermos, una muchacha de abultadas caderas y un hombre achinado que no levantaba la mirada del suelo. Sorpresivamente se oyó hablar otra vez de la muerte de un perro. Cuando los enfermos firmaron, la muchacha saludó con un ademán de bailarina. La Cuca Ferraguto le contestó con una amable inclinación de cabeza, cosa que a Talita y a Traveler les produjo un monstruoso ataque de risa. En el registro ya había diez firmas y Remorino seguía trayendo gente, había saludos y una que otra controversia que se interrumpía o cambiaba de protagonistas; cada tanto, una firma. Ya eran las siete y media, y la Cuca sacaba una polverita y se arreglaba la cara con un gesto de directora de clínica, algo entre Madame Curie y Edwige Feuillère. Nuevos retorcimientos de Talita y Traveler, nueva inquietud de Ferraguto que consultaba alternativamente los progresos en el registro y la cara el administrador. A las siete y cuarenta una enferma declaró que firmaría hasta que mataran al perro. Remorino se lo prometió, guiñando un ojo en dirección a Oliveira que agradecía la confianza. Habían pasado veinte enfermos, y faltaban solamente cuarenta y cinco. El administrador se les acercó para informarles que los casos más peliagudos ya estaban estampados (así dijo) y que lo mejor era pasar a cuarto intermedio con cerveza y noticiosos. Durante el piscolabis hablaron de psiquiatría y de política. La revolución había sido sofocada por las fuerzas del Gobierno, los cabecillas se rendían en Luján. El doctor Nerio Rojas estaba en un congreso de Amsterdam. La cerveza, riquísima.

    A las ocho y media se completaron cuarenta y ocho firmas. Anochecía, y la sala estaba pegajosa de humo y de gente en los rincones, de la tos que de cuando en cuando se asomaba por alguno de los presentes. Oliveira hubiese querido irse a la calle, pero el administrador era de una severidad sin grietas. Los últimos tres enfermos firmantes acababan de reclamar modificaciones en el régimen de comidas (Ferraguto hacía señas a la Cuca para que tomara nota, no faltaba más, en su clínica las colaciones iban a ser impecables) y la muerte del perro (la Cuca juntaba itálicamente los dedos de la mano y se los mostraba a Ferraguto, que sacudía la cabeza perplejo y miraba al administrador que estaba cansadísimo y se apantallaba con un almanaque de confitería). Cuando llegó el viejo con la paloma en el hueco de la mano, acariciándola despacio como si quisiera hacerla dormir, hubo una larga pausa en que todos se dedicaron a contemplar la paloma inmóvil en la mano del enfermo, y era casi una lástima que el enfermos tuviera que interrumpir su rítmica caricia en el lomo de la paloma para tomar torpemente la birome que le alcanzaba Remorino. Detrás del viejo vinieron dos hermanas del brazo, que reclamaron de entrada la muerte del perro y otras mejoras en el establecimiento. Lo del perro hacía reír a Remorino, pero al final Oliveira sintió como si algo se le rebalsara a la altura del bazo, y levantándose le dijo a Traveler que se ib a dar una vuelta y volvería en seguida.

- Usted tiene que quedarse- dijo el administrador-. Testigo.

- Estoy en la casa -dijo Oliveira-. Mire la ley Mendez Delfino, está previsto.

- Voy con vos -dijo Traveler-. Volvemos en cinco minutos.

- No se alejen del precinto -dijo el administrador.

- Faltaría más -dijo Traveler-. Vení, hermano, me parece que por esta lado se baja al jardín. Que decepción, no te parece.

- La unanimidad es aburrida -dijo Oliveira-. Ni uno solo se le ha plantado chalecudo. Mirá que la tienen con la muerte del perro. Vamos a sentarnos cerca de la fuente, el chorrito de agua tiene un aire lustral que nos hará bien.

- Huele a nafta -dijo Traveler-. Muy lustral en efecto.

-En realidad ¿qué estabamos esperando? Ya ves al final firman, no hay diferencia entre ellos y nosotros, Ninguna diferencia. Vamos a estar estupendamente acá.

-Bueno -dijo Traveler-, hay una diferencia, que ellos andan de rosa.

-Mirá- dijo Oliveira, señalando los pisos altos. Ya era casi de noche, y en las ventanas del segundo piso y tercer piso se encendían y apagaban las luces ritmicamente las luces. Luz en una ventana y sombra en la de al lado. Viceversa. Luz en un piso, sombra en el de arriba, viceversa.

- Se armó -dijo Traveler-. Mucha firma. pero ya empiezan a mostrar la hilacha.

    Decidieron acabar el cigarrillo al lado del chorrito lustral, hablando de nada y mirando las luces que se encendían y apagaban. Fue entonces cuando Traveler aludió a los cambios, y después un silencio oyó como Horacio se reía bajito en la sombra. Insistió, queriendo alguna certidumbre y sin saber como plantear una materia que le resbalaba de las palabras y las ideas.

- Como si fuéramos vampiros, como si un sistema circulatorio nos uniera, es decir nos desuniera. A veces vos y yo, a veces los tres, no nos llamemos a engaño. No sé cundo empezó, es así y hay que abrir los ojos. Yo creo que aquí no hemos venido solamente porque el Dire nos trae. Era fácil quedarse en el circo con Suárez Melián, conocemos el trabajo y nos aprecian. Pero no, había que entrar aquí. Los tres. El primer culpable soy y, porque no quería que Talita creyera... En fin, que te dejaba de lado en este asunto para librarme de vos. Cuestión de amor propio, te das cuenta.

- En realidad -dijo Oliveira-, yo no tengo por qué aceptar. Me vuelvo al circo o mejor me voy del todo. Buenos Aires es grande. Ya te lo dije un día.

- Sí, pero te vas después de esta conversación, es decir que lo haces por mí, y es justamente lo que no quiero.

- De todas maneras aclarame eso de los cambios.

-Que sé yo, si quiero explicarlo se me nubla todavía más. Mirá, es algo así: Si estoy con vos no hay problema, pero apenas me quedo solo parece como si me estuvieras presionando, por ejemplo desde tu pieza. Acordate del otro día cuando me pediste los clavos. Talita también los siente, me mira y yo siento que la mirada te está destinada, en cambio cuando estamos los tres juntos ella se pasa las horas sin darse cuenta de que estás ahí. Te habrás percatado, supongo.

- Sí, dale.

- Eso es todo, y por eso no me parece bien contribuir a que te cortes solo. Tiene que ser algo que decidas vos mismo, y ahora te he hecho al macana de hablarte del asunto, ni siquiera vos vas a tener libertad para decidir, porque te vas a plantear la cosa desde el ángulo de la responsabilidad y estamos sonados. Lo ético, en este caso, es perdonarle la vida a un amigo, y yo no lo acepto.

- Ah -dijo Oliveira-. De manera que vos no me dejás ir, y yo no me puedo ir. Es una situación ligeramente en piyama rosa, no te parece.

- Más bien, sí.

- Fijate qué curioso.

- ¿Qué cosa?

- Se apagaron todas las luces al mismo tiempo.

- Deben haber llegado a la última firma. La clínica es del Dire, viva Ferraguto.

- Me imagino que ahora habrá que darles el gusto y matar al perro. Es increíble la inquina que le tienen.

- No es inquina -dijo Traveler-. Aquí tampoco las pasiones parecen muy violentas por el momento.

- Vos tenés una necesidad de soluciones radicales, viejo. A mí me pasó lo mismo tanto tiempo, y después...

    Empezaron a caminar de vuelta, con cuidado por que el jardín estaba muy oscuro y no se acordaban de la disposición de los canteros. Cuando pisaron la rayuela, ya cerca de la entrada, Traveler se rió en voz baja y levantando un pie empezó a saltar de casilla en casilla. En la oscuridad el dibujo de tiza fosforecía débilmente.

- Una de estas noches -dijo Oliveira-, te voy a contar de allá. No me gusta, pero a lo mejor es la única manera de ir matando al perro, por así decirlo.

    Traveler saltó fuera de la rayuela, y en ese momento las luces del segundo piso se encendieron de golpe. Oliveira, que iba a agregar algo más, vio salir de la sombra la cara de Traveler, y en el instante que duró la luz antes de volver a apagarse le sorprendió una mueca, un rictus (del latín rictus, abertura de boca: contracción de los labios, semejante a la sonrisa).

- Hablando de matar al perro -dijo Traveler-, no sé si habrás advertido que el médico principal se llama Ovejero. Esas cosas.

- No es eso lo que querías decirme.

- Mirá quien para quejarse de mis silencios o mis sustituciones -dijo Traeler-. Claro que no es eso, pero qué más da. Esto no se puede hablar. Si vos querés hacer la prueba... Pero algo me dice que ya es medio tarde, che. Se enfrió la pizza, no hay vuelta que darle. Mejor nos ponemos a trabajar en seguida, va a ser una distracción.

    Oliveira no contestó, y subieron a la sala de la gran tratativa donde el administrador y Ferraguto se estaban tomando una caña doble. Oliveira se apiló en seguida pero Traveler fue a sentarse en el sofá donde Talita leía una novela con cara de sueño. Tras la última firma, Remorino había hecho desaparecer el registro y los enfermos asistentes a la ceremonia. Traveler notó que el administrador había apagado la luz del cielo raso, reemplazándola por una lámpara del escritorio; todo era blando y verde, se hablaba en voz baja y satisfecha. Oyó combinar planes para un mondongo a la genovesa en un restaurante del centro. Talita cerró el libro y lo miró soñolienta, Traveler le pasó una mano por el pelo y se sintió mejor. de todas maneras la idea del mondongo a es hora y con ese calor era insensata.
 


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