Capítulo 45

 

    Era natural pensar en que él estaba esperando que se asomara a la ventana. Bastaba despertarse a las dos de de la mañana, con un calor pegajoso, con el humo acre de la espiral matamosquitos, con dos estrellas enormes plantadas en el fondo de la ventana, con la otra ventana enfrente que también estaría abierta.


    Era natural porque en el fondo el tablón seguía estando ahí, y la negativa a pleno sol podía quizá ser otra cosa a plena noche, virar a una aquiescencia súbita, y entonces él estaría allí en su ventana, fumando para espantar los mosquitos y esperando que Talita sonámbula se desgajara suavemente del cuerpo de Traveler para asomarse y mirarlo de oscuridad a oscuridad. Tal vez con lentos movimientos de la mano él dibujaría signos con la brasa del cigarrillo. Triángulos, circunferencias, instantáneos escudos de armas, símbolos del filtro fatal o de la difenilpropilamina, abreviaciones farmacéuticas que ella sabría interpretar, o solamente un vaivén luminoso de la boca al brazo del sillón, del brazo del sillón a la boca, de la boca al brazo del sillón, toda la noche.


    No había nadie en la ventana. Traveler se asomo al pozo caliente, miró la calle donde un diario abierto se dejaba leer indefenso por un cielo estrellado y como palpable. La ventana del hotel de enfrente parecía todavía más próxima de noche, un gimnasta hubiera podido llegar de un salto. No, no hubiera podido. Tal vez con la muerte en los talones, pero no de otra manera. Ya no quedaban huellas del tablón, no había paso.


    Suspirando Traveler se volvió a la cama. A una pregunta soñolienta de Talita, le acaricio el pelo y murmuró cualquier cosa. Talita besó el aire. manoteó un poco, se tranquilizó.
Si él había estado en alguna parte del pozo negro, metido en el fondo de la pieza y desde allí mirando por la ventana, tenía que haber visto a Traveler, su camiseta blanca como un ectoplasma. Si él había estado en alguna parte del pozo negro esperando que Talita se asomara, la aparición indiferente de una camiseta blanca debía haberlo mortificado minuciosamente. Ahora se rascaría despacio el antebrazo, gesto usual de incomodidad y resentimiento en él, aplastaría el cigarrillo entre los labios, murmuraría alguna obscenidad adecuada, probablemente se tiraría en la cama sin ninguna consideración hacia Gekrepten profundamente dormida.


    Pero si él no había estado en alguna parte del pozo negro, el echo de levantarse y salir a la ventana a esa hora de la noche era una admisión de miedo, casi un un asentimiento. Prácticamente equivalía a dar por sentado que ni Horacio ni él habían retirado los tablones. De una manera u otra había pasaje, se podía ir o venir. Cualquiera de los tres, sonámbulos, podía pasar de ventana a ventana, pisando el aire espeso sin temor de caerse a la calle. El puente sólo desaparecería con la luz de la mañana, con la reaparición del café con leche que devuelve a las construcciones sólidas y arranca la telaraña de las altas horas a manotazos de boletín radial y ducha fría.

    Sueños de Talita: La llevan a una exposición de pintura en un inmenso palacio en ruinas, y los cuadros colgaban a alturas vertiginosas, como si alguien hubiera convertido en museo las prisiones de Piranesi. Y así para llegar a los cuadros había que trepar por arcos donde apenas las entalladuras permitían apoyar los dedos de los pies, avanzar por galerías que se interrumpían al borde de un mar embravecido, con olas como de plomo, subir por escaleras de caracol para finalmente ver, siempre mal, siempre desde abajo o de costado, los cuadros en los que la misma mancha blanquecina, el mismo coágulo de tapioca o de leche se repetía al infinito.


    Despertar de Talita: Sentándose de golpe en la cama, a las nueve de la mañana, sacudiendo a Traveler que duerme boca abajo, dándole de palmadas en el trasero para que despierte. Traveler estirando una mano y pellizcándole una pierna, Talita echándose sobre él y tirándole del pelo. Traveler abusando de su fuerza, retorciéndole la mano hasta que Talita pide perdón. Besos, un calor terrible.


—Soñé con un museo espantoso. Vos me llevabas.
—Detesto la oniromancia. Cebá mate, bicho.
—¿Por qué te levantaste anoche? No era para hacer pis, cuando te levantás para hacer pis me lo explicás primero como si fuera estúpida, me decís: «Me voy a levantar por que no puedo aguantar más», y yo te tengo lástima porque yo aguanto muy bien toda la noche, ni siquiera tengo que aguantar, es un metabolismo diferente.
—¿Un qué?
—Decime por qué te levantaste. Fuiste hasta la ventana y suspiraste.
—Hacía calor.
—Decí por qué te levantaste.
—Por nada, por ver si Horacio estaba también insomne, así charlábamos un rato.
—¿A esa hora? Si apenas hablan de día, ustedes dos.
—Hubiera sido distinto, a lo mejor. Nunca se sabe.
—Soñé con un museo horrible —Dice Talita, empezando a ponerse un slip.
—Ya me explicaste —dice Traveler, mirando el cielo raso.
—Tampoco nosotros hablamos mucho ahora —Dice Talita.
—Cierto. Es la humedad.
—Pero parecería que algo habla, algo que nos utiliza para hablar. ¿No tenés esa sensación? ¿No te parece que estamos como habitados? Quiero decir... Es difícil, realmente.
—Transhabitados mas bien. Mirá, esto no me va a durar siempre. No te aflijas / Catalina —canturrea Traveler—, ya vendrán tiempos mejores / y te pondré un comedor .
—Estúpido —Dice Talita besándolo en la oreja—. Esto no va a durar siempre, esto no va a durar siempre... Esto no debería durar ni un minuto más.
—Las amputaciones violentas son malas, después te duele el muñón toda la vida.
—Si querés que te diga la verdad —dice Talita— tengo la impresión de que estamos criando arañas o ciempiés. Las cuidamos, las atendemos, y van creciendo, al principio eran unos bichitos de nada, casi lindos, con tantas patas, y de golpe han crecido, te saltan a la cara. Me parece que también soñé con arañas, me acuerdo vagamente.
—Oílo a Horacio —dice Traveler, poniéndose los pantalones—. A esta hora silba como loco para festejar la partida de Gekrepten. Qué tipo.
 


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