Capítulo 33

 

 

    "Me ha dejado solo a propósito", pensó Oliveira, abriendo y cerrando el cajón de la mesa de luz. "Una delicadeza o una guachada, depende de cómo se lo mire. A lo mejor está en la escalera, escuchando como un sádico de tres por cinco. Espera la gran crisis Karamazófica, el ataque celinesco. O pasa por una de sus puntillas herzegovinas, y en la segunda copa de Kirsh en lo de Bébert arma un tarot mental y planea las ceremonias para el arribo de Adgalle. El suplicio por la esperanza: Montevideo, el Sena o Lucca. Variantes: el Marne, Perugia. Pero entonces vos, realmente... "

 

    Encendiendo un Gauloise con el pucho del otro, miró otra vez el cajón, sacó la novela, pensando vagamente en la lástima, ese tema de tesis. La lástima de sí mismo: eso estaba mejor. "Nunca me propuse la felicidad", pensó hojeando vagamente la novela. "No es una excusa ni una justificación. Nous ne sommes pas au monde. Donc, ergo, dunque... ¿ Por qué le voy a tener lástima? ¿ Por qué encuentro una carta a su hijo que en realidad es una carta para mí? Yo, autor de las cartas completas a Rocamadour. Ninguna razón para la lástima. Allí donde esté tiene el pelo ardiendo como una torre y me quema desde lejos, me hace pedazos nada más que con su ausencia. Y patatí y patatá. Se va a arreglar perfectamente sin mí y sin Rocamadour. Una mosca azul, preciosa, volando al sol, golpeándose alguna vez contra un vidrio, zas, le sangra la nariz, una tragedia. Dos minutos después tan contenta, comprándose una figurita en una papelería y corriendo a meterla en un sobre y mandársela a una de sus vagas amigas con nombres nórdicos, desparramadas en los países más increíbles. ¿ Cómo le podés tener lástima a una gata, a una leona? Máquinas de vivir, perfectos relámpagos. Mi única culpa es no haber sido lo bastante combustible para que a ella se le calentaran a gusto las manos y los pies. Me eligió como una zarza ardiente, y he aquí que le resultó un jarrito de agua en el pescuezo. Pobrecita, carajo".

 


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