Capítulo 30
 


- Un malentendido como todo, che. Pero el café es digno de la ocasión. ¿Te tomaste toda la caña?

- Vos sabés, el velatorio...

- El cuerpecito, claro.

- Ronald bebió como un animal. Estaba realmente afligido, nadie sabía por qué. Babs, celosa. Hasta Lucía lo miraba sorprendida. Pero el relojero del sexto trajo una botella de aguardiente, y alcanzó para todos.

- ¿Vino mucha gente?

- Esperá, estábamos los del Club, vos no estabas (“No, yo no estaba”), el relojero del sexto, la portera y la hija, una señora que parecía una polilla, el cartero de los telegramas se quedó un rato, y los de la policía olfateaban el infanticidio, cosas así.

- Me asombra que no hayan hablado de la autopsia.

- Hablaron. Babs armó una de a pie, y Lucía... Vino una mujer, estuvo mirando, tocando... Ni cabíamos en la escalera, todo el mundo afuera y un frío. Algo hicieron, pero al final nos dejaron tranquilos. No sé cómo el certificado fue a parar a mi cartera, si querés verlo.

- No, seguí contando. Yo te escucho aunque no parezca. Dale nomás, che. Estoy muy conmovido. No se nota pero podés creerme. Yo te escucho, dale viejo. Me represento perfectamente la escena. No me vas a decir que Ronald no ayudó a bajarlo por la escalera.

- Sí, él y Perico y el relojero. Yo acompañaba a Lucía.

- Por delante.

- Y Babs cerraba la marcha por Etienne.

- Por detrás.

- Entre el cuarto y el tercer piso se oyó un golpe terrible. Ronald dijo que era el viejo del quinto, que se vengaba. Cuando llegue mamá le voy a pedir que trabe relación con el viejo.

- ¿Tu mamá? ¿Adgalle?

- Es mi madre, en fin, la de Herzegovina. Esta casa le va a gustar, ella es profundamente receptiva y aquí han pasado cosas... No me refiero solamente a la muñeca verde.

- A ver, explicá por qué es receptiva tu mamá, y por qué la casa. Hablemos., che, hay que rellenar los almohadones. Dale con la estopa.
 


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