Concentración en la lectura
Los cuatro
bufones del señor de Silvalandia me están mirando. Fingen jugar entre ellos y
con el pájaro Emilio, pero sé muy bien que apenas trato de volver a estas líneas
ellos me clavan sus ojos implacables y perturban mis bien ganadas recreaciones.
Está visto, con gente así no se puede estar del otro lado.
Ahora el pájaro Emilio pasa a manos del bufón del jardín, mientras los otros
sonríen como a la espera de que yo me distraiga y entre casi sin saberlo en sus
juegos; es evidente que hay lugar de sobra en el palacio, que me acogerán y me
enseñarán sus artes y sus funciones; apenas me descuide y deje de concentrarme
en lo que leo, en esto que les irrita porque me separa de ellos, puedo
precipitarme a la desgracia, fulminantemente absorbido por el embudo de sus
ojos.
Ah, pero no pasaré al jardín, no me dejaré atrapar por el
rojo bufón de los buzones, por el pequeño hipocampo a quien el señor confía las
burbujas y las cerraduras; sobre todo huiré de ti, enorme bufón lengua afuera,
encargado del gorro del sueño, de los negocios que exigen elocuencia y mentira.
Seguiré leyendo sin distraerme, sabiendo que me están mirando, que el pájaro
Emilio se prepara a saltar a mi hombro. Jamás se lo permitiré; nunca seremos
cinco en Silvalandia.

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