En un año pasado, alivié con un sórdido renacer las penas acarreadas siglo tras siglo.
Aporreaban mi columna y mis cuatro patas, me destruían y desangraban, silenciosos, pequeñísimos parásitos neutrales.
Las adopté. Lentamente fui doblándome hacia fuera, hacia adentro, hacia los cuatro puntos y elementos sagrados. Dormía en las faldas de cualquier fosa, y permanecí en vigilia toda la noche. Perdí mi miedo (hoy lo busco desesperado), el respeto y la moral.
Exploré mi atmósfera y llegué a rodearme de músicas extrañas y vocalizaciones de sonido incoherente, de una voz grave y agudas bebidas, de humo de edades y prematuras vivencias. Respiraba a la maldad y la virtud según mi deseo ( he conservado esa mala costumbre); cuando cesaba de desear, encontraba un oriental equilibrio, una regocijante paz que asimilaba sin repulsión o afecto. Perdía las letras, los sentimientos y sensaciones.
Vivo, una absurda nostalgia del año. Mañana mis hojas están cayendo, mientras mi ritmo se acopla al de un árbol, y pierdo los defectos y gracias adquiridos desde mi entrada al círculo.
Aguardo sin quererlo, por el fin de esta desnudez.
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