Sobremesa
El tiempo, un niño que juega
y mueve los peones.
Heráclito, fragmento 59.
Carta del doctor Federico Moraes.
Buenos Aires, martes 15 de julio de 1958.
Señor Alberto Rojas,
Lobos, F.C.N.G.R.
Mi querido amigo:
Como siempre a esta altura del año, me invade un gran deseo de volver a ver a
los viejos amigos, tan alejados ya por esas mil razones que la vida nos va
obligando a acatar poco a poco. Usted también, creo, es sensible a la amable
melancolía de una sobremesa en la que nos hacemos la ilusión de haber sido menos
usados por el tiempo, como si los recuerdos comunes nos devolvieran por un rato
el verdor perdido.
Naturalmente, cuento con usted en primerísimo término y le envío estas líneas
con suficiente antelación como para decidirlo a abandonar por unas horas su
finca de Lobos donde el rosedal y la biblioteca tienen para usted más atractivos
que todo Buenos Aires. Anímese, y acepte el doble sacrificio de subir al tren y
soportar los ruidos de la capital. Cenaremos en casa, como en años anteriores, y
estaremos los amigos de siempre, con excepción de... Pero antes prefiero dejar
bien establecida la fecha para que usted se vaya haciendo a la idea; ya ve que
lo conozco y que preparo estratégicamente el terreno. Digamos, entonces, el...
Carta del doctor Alberto Rojas.
Lobos, 14 de julio de 1958.
Señor Federico Moraes.
Buenos Aires.
Querido amigo:
Quizá le sorprenda recibir estas líneas tan pocas horas después de nuestra grata
reunión en su casa, pero un incidente ocurrido durante la velada me ha afectado
de tal manera que me veo precisado a confiarle mi preocupación. Ya sabe que
detesto el teléfono y que tampoco me apasiona escribir, pero tan pronto pude
pensar a solas en lo sucedido me pareció que lo más lógico y hasta elemental era
enviarle esta carta. Para serle franco, si Lobos no estuviera tan alejado de la
capital (un hombre viejo y enfermo mide de otra manera los kilómetros) creo que
hubiera vuelto hoy mismo a Buenos Aires para conversar con usted de este asunto.
En fin, basta de exordios y vamos a los hechos. Pero antes, querido Federico,
gracias otra vez por la magnifica cena que nos ofreció como solamente usted sabe
hacerlo. Tanto Luis Funes como Barrios y Robirosa coincidieron conmigo en que es
usted una de las delicias del género humano (Barrios dixit) y un anfitrión
insuperable. No le extrañará, pues, que a pesar de lo acontecido guarde todavía
la satisfacción un poco nostálgica de esa velada que me permitió alternar una
vez más con los viejos amigos y pasar revista a tantos recuerdos que la soledad
va limando inapelablemente.
Lo que voy a decirle, ¿es realmente una novedad para usted? Mientras le escribo
no puedo dejar de pensar que quizá su condición de dueño de casa lo movió anoche
a disimular la incomodidad que debía haberle producido el desagradable incidente
entre Robirosa y Luis Funes. Por lo que toca a Barrios, distraído como siempre,
no se dio cuenta de nada; saboreaba con harta fruición su café, atento a las
anécdotas y a las bromas, y siempre pronto a aportar esa gracia criolla que
todos le festejamos tanto. En resumen, Federico, siesta carta no le dice nada de
nuevo, mil perdones; de cualquier manera creo que hago bien en escribírsela.
Ya al llegar a su casa me di cuenta de que Robirosa, siempre tan cordial con
todo el mundo, se mostraba evasivo cada vez que Funes le dirigía la palabra. Al
mismo tiempo noté que Funes era sensible a esa frialdad y que en varias
ocasiones insistía en hablar con Robirosa como sí quisiera asegurarse de que su
actitud no era el mero producto de una distracción momentánea. Cuando se cuenta
con comensales tan brillantes como Barrios, Funes y usted, el relativo silencio
de los demás pasa inadvertido y no creo que fuese fácil reparar en que Robirosa
sólo aceptaba el diálogo con usted, con Barrios y conmigo, en las raras
ocasiones en que preferí hablar a escuchar.
Ya en la biblioteca, nos disponíamos a sentarnos junto al fuego (mientras usted
daba algunas instrucciones a su fiel Ordóñez) cuando Robirosa se apartó del
grupo, fue hacia una de las ventanas y se puso a tamborilear en los cristales.
Yo había cambiado unas frases con Barrios —que se empeña en defender las
abominables experiencias nucleares— y me disponía a ubicarme confortablemente
cerca de la chimenea; en ese momento giré la cabeza sin ninguna razón especial,
y vi que Funes se apartaba a su vez e iba hacia la ventana donde aún permanecía
Robirosa. Ya Barrios había agotado sus argumentos y miraba distraídamente un
número de Esquire, ajeno a lo que sucedía más allá. Una rareza acústica de su
biblioteca me permitid percibir con una sorprendente claridad las palabras que
se decían en voz baja junto a la ventana. Como me parece seguir oyéndolas, las
repetiré textualmente. Hubo una pregunta de Funes: “¿Se puede saber qué te pasa,
che?”, y la respuesta inmediata de Robirosa: “Andá a saber qué nombre caritativo
te dan en esa embajada. Para mí no hay más que una manera de llamarte, y no lo
quiero hacer en casa ajena.”
Lo insólito del diálogo, y sobre todo su tono, me confundieron al punto de que
me pareció estar cometiendo una indiscreción y desvié la mirada. En ese mismo
momento usted terminaba de hablar con Ordóñez y lo despedía; Barrios se
refocilaba con un dibujo de Varga. Sin volver a mirar hacia la ventana, oí la
voz de Funes: “Por lo que más quieras te pido que...”, y la de Robirosa,
cortándola como un látigo: “Esto ya no se arregla con palabras, che.” Usted
golpeó amablemente las manos, invitándonos a sentarnos cerca del fuego, y le
quitó la revista a Barrios que se empeñaba en admirar una página particularmente
atractiva. Entre las bromas y las risas, alcancé todavía a oír que Funes decía:
“Por favor, que Matilde no se entere.” Vi vagamente que Robirosa se encogía de
hombros y le daba la espalda. Usted se había acercado a ellos, y no me
sorprendería que hubiese escuchado el final del diálogo. Entonces Ordóñez
apareció con los cigarros y el coñac, Funes vino a sentarse a mi lado, y la
conversación nos envolvió una vez más y hasta muy tarde.
Mentiría, querido Federico, si no agregara que el incidente bastó para
malograrme el fin de una velada tan grata. En estos tiempos de amenazas bélicas,
fronteras cerradas y codiciables pozos de petróleo, una acusación semejante
adquiere un peso que no hubiera tenido en épocas más felices; el hecho de que
naciera de un hombre tan estratégicamente situado en las altas esferas como
Robirosa, le da un peso que sería pueril negar, aparte del matiz de admisión
que, lo reconocerá usted, se desprende del silencio y la súplica del acusado.
En rigor, lo que pueda haber ocurrido entre nuestros amigos sólo nos concierne
indirectamente. En ese sentido estas líneas suplantan un comentario verbal que
las circunstancias no me permitieron en el momento. Estimo demasiado a Luis
Funes como para no desear haberme equivocado, y pienso que mi aislamiento y la
misantropía que todos ustedes me reprochan cariñosamente pueden haber
contribuido a la fabricación de un fantasma, de una mala interpretación que dos
líneas suyas disiparán tal vez. Ojala sea así, ojala se eche usted a reír y me
demuestre, en una carta que desde ya espero, que los años me dan en canas lo que
me quitan en inteligencia.
Un gran abrazo de su amigo
Alberto Rojas.
Buenos Aires, miércoles 16 de julio de 1958.
Señor Alberto Rojas.
Querido Rojas:
Si se propuso asombrarme, alégrese: triunfo completo. Aunque me resisto a
creerlo, por viejo y por escéptico, tengo que admitir sus poderes telepáticos a
menos de atribuir su éxito a una casualidad aun más asombrosa. En fin, soy buen
jugador y me parece justo recompensarlo con la plena admisión de mi sorpresa y
mi desconcierto. Pues sí, amigo mío; su carta me llegó en el momento exacto en
que yo le garabateaba unas líneas, como hago todos los años, para invitarlo a
cenar en casa dentro de un par de semanas. Empezaba un párrafo cuando se
presentó Ordóñez con' un sobre en la mano; reconocí de inmediato el papel gris
que usa usted desde que nos conocemos, y la coincidencia me hizo soltar la
estilográfica como si fuera un ciempiés. ¡Compañero, a eso le llamo yo hacer
blanco a ojos cerrados!
Pero coincidencia aparte le confieso que su broma me ha dejado perplejo. Por lo
pronto me maravilla que haya acertado con todos los detalles. Primero, sospechó
que no tardaría en enviarle una invitación para cenar en casa; segundo (y esto
ya me deja estupefacto) dio por sentado que este año no invitaría a Carlos Frers.
¿Cómo se las arregló para adivinar mis intenciones? Se me ocurre pensar que
alguien del club pudo haberle dicho que Frers y yo andábamos distanciados
después de la cuestión del Pacto Agrícola, pero por otra parte, usted vive
aislado y sin alternar con nadie... En fin, me inclino ante su genio analítico,
si de análisis se trata. Yo tengo más bien una impresión de brujería,
admirablemente ilustrada por el recibo de su carta en el preciso momento en que
me disponía a escribirle.
De todas maneras, querido Alberto, su habilísima invención tiene un reverso que
me preocupa. ¿Qué objeto persigue con esa acusación indirecta contra Luis Funes?
Que yo sepa, ustedes han sido siempre muy buenos amigos, aunque la vida nos vaya
llevando a todos por caminos diferentes. Si realmente tiene algo que reprocharle
a Funes, ¿por qué me escribe a mí y no a él? En último término, ¿por qué no
hacer partícipe de su acusación a Robirosa, dadas las funciones especiales que
sus amigos más íntimos sabemos que desempeña en la Cancillería? En vez de eso
ensaya usted una complicada carambola a tres bandas, cuyo sentido prefiero no
indagar por el momento. Con toda sinceridad le confieso mi desazón frente a una
maniobra que me resisto a creer una mera broma puesto que toca al honor de uno
de nuestros' amigos más queridos. A usted lo he tenido siempre por hombre
íntegro y leal, a quien sus mismas cualidades lo han llevado en tiempos de
corrupción y venalidad a refugiarse en una finca solitaria, entre libros y
flores más puros que nosotros. Y así, aunque me admire e incluso divierta el
juego de casualidades o de aciertos de su carta, cada vez que la releo me invade
un desasosiego en el que la definición misma de nuestra amistad parece
amenazada. Perdóneme la franqueza o si no me perdona, acláreme el malentendido y
liquidemos la cuestión.
Huelga decir que todo esto no altera en nada mi inatención de que nos reunamos
en mi casa el 30 del corriente, tal como se lo anunciaba en una carta que
interrumpió la llegada de la suya. Ya he escrito a Barrios y a Funes, que andan
por las provincias, y Robirosa me ha telefoneado aceptando la invitación. Como
las obras maestras no deben quedar ignoradas, no le extrañará que le haya
hablado a Robirosa de su extraordinaria broma epistolar. Pocas veces lo he oído
reírse con tantas ganas... A mí su carta me divierte menos que a nuestro amigo,
y hasta creo que unas líneas suyas me quitarían eso que se da en llamar un peso
de encima.
Hasta esas líneas, pues, o hasta que nos veamos en casa.
Muy sinceramente.
Federico Moraes.
Lobos, 18 de julio de 1958.
Señor Federico Moraes.
Usted habla de asombro, de casualidades, de triunfos epistolares. Muchas
gracias, pero los cumplidos que sólo encubren una mixtificación no son los que
prefiero.
Querido amigo:
Si encuentra un tanto fuerte el término, aplíquese en carne propia el sentido
crítico que tanto lo ha ilustrado en el foro y la política, y reconocerá que la
calificación no es exagerada. O bien, cosa que preferiría, dé por terminada la
broma si de broma se trata. Puedo comprender que usted —y quizá el resto de los
que asistieron a la cena en su casa— traten de echar tierra sobre algo que
alcancé a saber por un azar que deploro profundamente. También puedo comprender
que su vieja amistad con Luis Funes lo mueva a fingir que mi carta es una pura
broma, a la espera de que yo pesque el hilo y me llame a silencio. Lo que no
entiendo es la necesidad de tantas complicaciones entre gentes como usted y yo.
Bastaba con pedirme que olvidara lo que escuché en su biblioteca; ya deberían
ustedes saber que mi capacidad de olvido es muy grande apenas adquiero la
certidumbre de que puede serle útil a alguien.
En fin, pongamos que la misantropía agregue su acíbar a estos párrafos; detrás,
querido Federico, está su amigo de siempre. Un tanto desconcertado, eso sí,
porque no alcanzo a entender la razón de que quiera reunirnos nuevamente.
Además, ¿por qué llevar las cosas a un extremo casi ridículo y referirse a una
supuesta invitación, interrumpida al parecer por la llegada de mi carta? Si no
tuviese el hábito de tirar casi todos los papeles que recibo, me complacería en
devolverle adjunta su, esquela del...
Interrumpí esta carta para cenar. Por el boletín de la radio acabo de enterarme
del suicidio de Luis Funes. Ahora comprenderá usted, sin necesidad de más
palabras, por qué quisiera no haber sido testigo involuntario de algo que
explica bien claramente una muerte que asombrará a otras personas. No creo que
entre estas últimas figure nuestro amigo Robirosa, a pesar de la risa que según
usted le produjo el contenido de mi carta. Ya ve que a Robirosa no le faltaban
razones para sentirse satisfecho de su labor, y presumo que hasta debió
complacerle que hubiera un testigo presencial del penúltimo acto de la tragedia.
Todos tenemos nuestra vanidad, y quizá a Robirosa le duele a veces que sus altos
servicios a la nación se cumplan en el más indiferente de los secretos, por lo
demás sabe muy bien que en esta ocasión puede contar con nuestro silencio.
¿Acaso el suicidio de Funes no le da cumplidamente la razón?
Pero ni usted ni yo tenemos motivos para compartir hasta ese punto su alegría.
Ignoro las culpas de Funes; en cambio recuerdo al buen amigo, al camarada de
otros tiempos mejores y más felices. Usted sabrá decirle a la pobre Matilde todo
lo que yo, desde mi encierro, que quizá no hubiera debido violar, siento frente
a su desgracia.
Suyo,
Rojas.
Buenos Aires, lunes 21 de julio de 1988.
Señor Alberto Rojas.
De mi consideración:
Recibí su carta del 18 del corriente. Cumplo en avisarle que, en señal de duelo
por la muerte de mi amigo Luis Funes, he decidido cancelar la reunión que había
proyectado para el 30 del corriente.
Lo saluda atentamente.
Federico Moraes.
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