Capítulo 56
De dónde le vendría la costumbre de andar siempre con piolines en los bolsillos,
de juntar hilos de colores y meterlos entre las páginas de los libros, de
fabricar toda clase de figuras con esas cosas y goma tragacantos. Mientras
arrollaba un piolín negro al picaporte, Oliveira se preguntó si la fragilidad de
los hilos no le daba algo así como una perversa satisfacción, y convino en que
maybe peut-être y quién te dice. Lo único seguro era que los piolines y los
hilos lo alegraban, que nada le parecía más aleccionante que armar por ejemplo
un gigantesco dodecaedro transparente, tarea de muchas horas y mucha
complicación, para después acercarle un fósforo y ver cómo una llamita de nada
iba y venía mientras Gekrepten se-re-tor-cía-las-manos y decía que era una
vergüenza quemar algo tan bonito. Difícil explicarle que cuanto más frágil y
perecedero el armazón, más libertad para hacerlo y deshacerlo. Los hilos le
parecían a Oliveira el único material justificable para sus inventos, y sólo de
cuando en cuando, si lo encontraba en la calle, se animaba a usar un pedazo de
alambre o algún fleje. Le gustaba que todo lo que hacía estuviera lo más lleno
posible de espacio libre, y que el aire entrara y saliera, y sobre todo que
saliera; cosas parecidas le ocurrían con los libros, las mujeres y las
obligaciones, y no pretendía que Gekrepten o el cardenal primado entendieran
esas fiestas.
Lo de arrollar un piolín negro al picaporte empezó casi un par de horas después,
porque entre tanto Oliveira hizo diversas cosas en su pieza y fuera de ella. La
idea de las palanganas era clásica y no se sintió en absoluto orgulloso de
acatarla, pero en la oscuridad una palangana de agua en el suelo configura una
serie de valores defensivos bastante sutiles: sorpresa, tal vez terror, en todo
caso la cólera ciega que sigue a la noción de haber metido un zapato de Fanacal
o de Tonsa en el agua, y la media por si fuera poco, y que todo eso chorree agua
mientras el pie completamente perturbado se agita en la media, y la media en el
zapato, como una rata ahogándose o uno de esos pobres tipos que los sultanes
celosos tiraban al Bósforo dentro de una bolsa cosida (con piolín, naturalmente:
todo acababa por encontrarse, era bastante divertido que la palangana con agua y
los piolines se encontraran al final del razonamiento y no al principio, pero
aquí Horacio se permitía conjeturar que el orden de los razonamientos no tenía
a) que seguir el tiempo físico, el antes y el después, y b) que a lo mejor el
razonamiento se había cumplido inconscientemente para llevarlo de la noción de
piolín a la de la palangana acuosa). En definitiva, apenas lo analizaba un poco
caía en graves sospechas de determinismo; lo mejor era continuar parapetándose
sin hacer demasiado caso a las razones o a las preferencias. De todas maneras,
¿qué venía primero, el piolín o la palangana? Como ejecución, la palangana, pero
el piolín había sido decidido antes. No valía la pena seguir preocupándose
cuando estaba en juego la vida; la obtención de las palanganas era mucho más
importante, y la primera media hora consistió en una cautelosa exploración que
volvió con cinco palanganas de tamaño mediano, tres escupideras y una lata vacía
de dulce de batata, todo ello agrupado bajo el rubro general de palangana. El
18, que estaba despierto, se empeñó en hacerle compañía y Oliveira acabó por
aceptar, decidido a echarlo apenas las operaciones defensivas alcanzaran cierta
envergadura. Para la parte de los hilos el 18 resultó muy útil, porque apenas lo
informó sucintamente de las necesidades estratégicas, entornó sus ojos verdes de
una hermosura maligna y dijo que la 6 tenía cajones llenos de hilos de colores.
El único problema era que la 6 estaba en la planta baja, en el ala de Remorino,
y si Remorino se despertaba se iba a armar una de la gran flauta. El 18 sostenía
además que la 6 estaba loca, lo que complicaba la incursión en su aposento.
Entornando sus ojos verdes de una hermosura maligna, le propuso a Oliveira que
montara guardia en el pasillo mientras él se descalzaba y procedía a incautarse
de los hilos, pero a Oliveira le pareció que era ir demasiado lejos y optó por
asumir personalmente la responsabilidad de meterse en la pieza de la 6 a esa
hora de la noche. Era bastante divertido pensar en responsabilidad mientras se
invadía el dormitorio de una muchacha que roncaba boca arriba, expuesta a los
peores contratiempos; con los bolsillos y las manos llenos de ovillos de piolín
y de hilos de colores, Oliveira se quedó mirándola un momento, pero después se
encogió de hombros como para que el mono de la responsabilidad le pesara menos.
Al 18, que lo esperaba en su pieza contemplando las palanganas amontonadas sobre
la cama, le pareció que Oliveira no había juntado piolines en cantidad
suficiente. Entornando sus ojos verdes de una hermosura maligna, sostuvo que
para completar eficazmente los preparativos de defensa se necesitaba una buena
cantidad de rulemanes y una Heftpistole. La idea de los rulemanes le pareció
buena a Oliveira, aunque no tenía una noción precisa de lo que pudieran ser,
pero desechó de plano la Heftpistole. El 18 abrió sus ojos verdes de una
hermosura maligna y dijo que la Heftpistole no era lo que el doctor se imaginaba
(decía "doctor" con el tono necesario para que cualquiera se diese cuenta de que
lo hacia por jorobar) pero que en vista de su negativa iba a tratar de conseguir
solamente los rulemanes. Oliveira lo dejó irse, esperanzado en que no volviera
porque tenía ganas de estar solo. A las dos se iba a levantar Remorino para
relevarlo y había que pensar alguna cosa. Si Remorino no lo encontraba en el
pasillo iba a venir a buscarlo a su pieza y eso no convenía, a menos de hacer la
primera prueba de las defensas a su costa. Rechazó la idea porque las defensas
estaban concebidas en previsión de un determinado ataque, y Remorino iba a
entrar desde un punto de vista por completo diferente. Ahora sentía cada vez más
miedo (y cuando sentía el miedo miraba su reloj pulsera, y el miedo subía con la
hora); se puso a fumar, estudiando las posibilidades defensivas de la pieza, y a
las dos menos diez fue en persona a despertar a Remorino. Le transmitió un parte
que era una joya, con sutiles alteraciones de las hojas de temperatura, la hora
de los calmantes y las manifestaciones sindromáticas y eupépticas de los
pensionistas del primer piso, de tal manera que Remorino tendría que pasarse
casi todo el tiempo ocupado con ellos, mientras los del segundo piso, según el
mismo parte, dormían plácidamente y lo único que necesitaban era que nadie los
fuese a escorchar en el curso de la noche. Remorino se interesó por saber (sin
muchas ganas) si esos cuidados y esos descuidos procedían de la alta autoridad
del doctor Ovejero, a lo que Oliveira respondió hipócritamente con el adverbio
monosilábico de afirmación adecuado a la circunstancia. Tras de lo cual se
separaron amistosamente y Remorino subió bostezando un piso mientras Oliveira
subía temblando dos. Pero de ninguna manera iba a aceptar la ayuda de una
Heftpistole, y gracias a que consentía en los rulemanes.
Tuvo todavía un rato de paz, porque el 18 no llegaba y había que ir llenando las
palanganas y las escupideras, disponiéndolas en una primera línea de defensa
algo más atrás de la primera barrera de hilos (todavía teórica pero ya
perfectamente planeada) y ensayando las posibilidades de avance, la eventual
caída de la primera línea y la eficacia de la segunda. Entre dos palanganas,
Oliveira llenó el lavatorio de agua fría y metió la cara y las manos, se empapó
el cuello y el pelo. Fumaba todo el tiempo pero no llegaba ni a la mitad del
cigarrillo y ya se iba a la ventana a tirar el pucho y encender otro. Los puchos
caían sobre la rayuela y Oliveira calculaba para que cada ojo brillante ardiera
un momento sobre diferentes casillas; era divertido. A esa hora le ocurría
llenarse de pensamientos ajenos, dona nobis pacem, que el bacán que te acamala
tenga pesos duraderos, cosas así, y también de golpe le caían jirones de una
materia mental, algo entre noción y sentimiento, por ejemplo que parapetarse era
la última de las torpezas, que la sola cosa insensata y por lo tanto
experimentable y quizá eficaz hubiera sido atacar en vez de defenderse, asediar
en vez de estar ahí temblando y fumando y esperando que el 18 volviera con los
rulemanes; pero duraba poco, casi como los cigarrillos, y las manos le temblaban
y él sabía que no le quedaba más que eso, y de golpe otro recuerdo que era como
una esperanza, una frase donde alguien decía que las horas del sueño y la
vigilia no se habían fundido todavía en la unidad, y a eso seguía una risa que
él escuchaba como si no fuera suya, y una mueca que en la que se demostraba
cumplidamente que esa unidad estaba demasiado lejos y que nada del sueño le
valdría en la vigilia o viceversa. Atacar a Traveler como la mejor defensa era
una posibilidad, pero significaba invadir lo que él sentía cada vez más como una
masa negra, un territorio donde la gente estaba durmiendo y nadie esperaba en
absoluto ser atacado a esa hora de la noche y por causas inexistentes en
términos de masa negra. Pero mientras lo sentía así, a Oliveira le desagradaba
haberlo formulado en términos de masa negra, el sentimiento era como una masa
negra pero por culpa de él y no del territorio donde dormía Traveler; por eso
era mejor no usar palabras tan negativas como masa negra, y llamarlo territorio
a secas , ya que uno acababa siempre llamando de alguna manera a sus
sentimientos. Vale decir que frente a su pieza empezaba el territorio, y atacar
el territorio era desaconsejable puesto que los motivos del ataque dejaban de
tener inteligibilidad o posibilidad de ser intuidos por parte del territorio. En
cambio si él se parapetaba en su pieza y Traveler acudía a atacarlo, nadie
podría sostener que Traveler ignoraba lo que estaba haciendo, y el atacado por
su parte estaba perfectamente al tanto y tomaba sus medidas, precauciones y
rulemanes, sea lo q ue fueran estos últimos.
Entre tanto se podía estar en la ventana fumando, estudiando la disposición de
las palanganas acuosas y los hilos, y pensando en la unidad tan puesta a prueba
por el conflicto del territorio versus la pieza. A Oliveira le iba a doler
siempre no poder hacerse ni siquiera una noción de esa unidad que otras veces
llamaban centro, y que a falta de contorno más preciso se reducía a imágenes
como la de un grito negro, un kibbutz del deseo (tan lejano ya, ese kibbutz de
madrugada y vino tinto) y hasta una vida digna de ese nombre porque (lo sintió
mientras tiraba el cigarrillo sobre la casilla cinco) había sido lo bastante
infeliz como para poder imaginar la posibilidad de una vida digna al término de
diversas indignidades minuciosamente llevadas a cabo. Nada de todo eso podía
pensarse, pero en cambio se dejaba sentir en términos de contracción de
estómago, territorio, respiración profunda o espasmódica, sudor en la palma de
las manos, encendimiento de un cigarrillo, tirón de las tripas, sed, gritos
silenciosos que reventaban como masas negras en la garganta (siempre había
alguna masa negra en ese juego), ganas de dormir, miedo de dormir, ansiedad, la
imagen de una paloma que había sido blanca, trapos de colores en el fondo de lo
que podía haber sido un pasaje, Sirio en lo alto de una carpa, y basta, che,
basta por favor; pero era bueno haberse sentido profundamente ahí durante un
tiempo inconmensurable, sin pensar nada, solamente siendo eso que estaba ahí con
una tenaza prendida en el estómago. Eso contra el territorio, la vigilia contra
el sueño. Pero decir: la vigilia contra el sueño era ya reingresar en la
dialéctica, era corroborar una vez más que no había la más remota esperanza de
unidad. Por eso la llegada del 18 con los rulemanes valía como un pretexto
excelente para reanudar los preparativos de defensa, a las tres y veinte en
punto más o menos.
El 18 entornó sus ojos verdes de una hermosura maligna y desató una toalla donde
traía los rulemanes. Dijo que había espiado a Remorino, y que Remorino tenía
tanto trabajo con la 31, el 7 y la 45, que ni pensaría en subir al segundo piso.
Lo más probable era que los enfermos se hubieran resistido indignados a las
novedades terapéuticas que pretendía aplicarles Remorino, y el reparto de
pastillas o inyecciones llevaría su buen rato. De todas maneras a Oliveira le
pareció bien no perder más tiempo, y después de indicarle al 18 que dispusiera
los rulemanes de la manera más conveniente, se pudo a ensayar la eficacia de las
palanganas acuosas, para lo cual fue hasta el pasillo venciendo el miedo que le
daba salir de la pieza y meterse en la luz violeta del pasillo, y volvió a
entrar con los ojos cerrados, imaginándose Traveler y caminando con los pies un
poco hacia afuera como Traveler. Al segundo paso (aunque lo sabía) metió el
zapato izquierdo en una escupidera acuosa y al sacarlo de golpe mandó por el
aire la escupidera que por suerte cayó sobre la cama y no hizo el menor ruido.
El 18, que andaba debajo del escritorio sembrando los rulemanes, se levantó de
un salto y entornando sus ojos verdes de una hermosura maligna aconsejó un
amontonamiento de rulemanes entre las dos líneas de palanganas, a fin de
completar la sorpresa del agua fría con la posibilidad de un resbalón de la
madona. Oliveira no dijo nada pero lo dejó hacer, y cuando hubo colocado
nuevamente la escupidera acuosa en su sitio, se puso a arrollar un piolín negro
en el picaporte. Este piolín lo estiró hasta el escritorio y lo ató al respaldo
de la silla; colocando la silla sobre dos patas, apoyada de canto en el borde
del escritorio, bastaba querer abrir la puerta para que cayera al suelo. El 18
salió al pasillo para ensayar, y Oliveira sostuvo la silla para evitar el ruido.
Empezaba a molestarle la presencia amistosa del 18, que de cuando en cuando
entornaba sus ojos verdes de una hermosura maligna y quería contarle la historia
de su ingreso en la clínica. Cierto que bastaba con ponerse un dedo delante de
la boca para que se callara avergonzado y se quedara cinco minutos de espaldas
contra la pared, pero lo mismo Oliveira le regaló un atado nuevo de cigarrillos
y le dijo que se fuera a dormir sin hacerse ver por Remorino.
-Yo me quedo con usted, doctor -dijo el 18.
-No, andate. Yo me voy a defender lo más bien.
-Le hacía falta una Heftpistole, yo se lo dije. Pone ganchitos por todos lados,
y es mejor para sujetar los piolines.
- Yo me voy a arreglar, viejo -dijo Oliveira-. Andate a dormir, lo mismo te
agradezco.
-Bueno, doctor, entonces que le vaya bonito.
-Chau, dormí bien.
-Atenti a los rulemanes, mire que no fallan. Usted los deja como están y ya va a
ver.
-De acuerdo
- Si a la final quiere la Heftpistole me avisa, el 16 tiene una.
-Gracias. Chau.
A las tres y media Oliveira terminó de colocar los hilos. El 18 se había llevado
las palabras, o por lo menos eso de mirarse uno a otro de cuando en cuando o
alcanzarse un cigarrillo. Casi en la oscuridad, porque había envuelto la lámpara
del escritorio con un pulóver verde que se iba chamuscando poco a poco, era raro
hacerse la araña yendo de un lado al otro con los hilos, de la cama a la puerta,
del lavatorio al ropero, tendiendo cada vez cinco o seis hilos y retrocediendo
con mucho cuidado para no pisar los rulemanes. Al final iba a quedar acorralado
entre la ventana, un lado del escritorio (colocado en la ochava de la pared, a
la derecha) y la cama (pegada a la pared de la izquierda). Entre la puerta y la
última línea se tendían sucesivamente los hilos anunciadores (del picaporte a la
silla inclinada, del picaporte al cenicero del vermut Martini puesto en el borde
del lavatorio, y del picaporte a un cajón del ropero, lleno de libros y papeles,
sostenido apenas por el borde), las palanganas acuosas en forma de dos líneas
defensivas irregulares, pero orientadas en general de la pared a la izquierda a
la de la derecha, o sea desde el lavatorio al ropero la primera línea, y de los
pies de la cama a las patas del escritorio la segunda línea. Quedaba apenas un
metro libre entre la última serie de palanganas acuosas, sobre la cual se
tendían múltiples hilos, y la pared donde se abría la ventana sobre el patio
(dos pisos más abajo). Sentándose en el borde del escritorio, Oliveira encendió
otro cigarrillo y se puso a mirar por la ventana; en un momento dado se sacó la
camisa y la metió debajo del escritorio. Ahora ya no podía beber aunque sintiera
sed. Se quedó así, en camiseta, fumando y mirando el patio, pero con la atención
fija en la puerta aunque de cuando en cuando se distraía en el momento de tirar
el pucho sobre la rayuela. Tan mal no se estaba aunque el borde del escritorio
era duro y el olor a quemado del pulóver le daba asco. Terminó por apagar la
lámpara y poco a poco vio dibujarse una raya violeta al pie de la puerta, es
decir que al llegar Traveler sus zapatillas de goma cortarían en dos sitios la
raya violeta, señal involuntaria de que iba a iniciarse el ataque. Cuando
Traveler abriera la puerta pasarían varias cosas y podrían pasar muchas otras.
Las primeras eran mecánicas y fatales, dentro de la estúpida obediencia del
efecto a la causa, de la silla al piolín, del picaporte a la mano, de la mano a
la voluntad, de la voluntad a... Y por ahí se pasaba a las otras cosas que
podrían ocurrir o no, según que el golpe de la silla en el suelo, la rotura en
cinco o seis pedazos del cenicero Martini, y la caída del cajón del ropero,
repercutieran de una manera o de otra en Traveler y hasta en el mismo Oliveira
porque ahora, mientras encendía otro cigarrillo con el pucho del anterior y
tiraba el pucho de manera que cayese en la novena casilla, y lo veía caer en la
octava y saltar a la séptima, pucho de mierda, ahora era tal vez el momento de
preguntarse qué iba a hacer cuando se abriera la puerta y medio dormitorio se
fuera al quinto carajo y se oyera la sorda exclamación de Traveler, si era una
exclamación y si era sorda. En el fondo había sido un estúpido al rechazar la
Heftpistole, porque aparte de la lámpara que no pesaba nada, y de la silla, en
el rincón de la ventana no había absolutamente el menor arsenal defensivo, y con
la lámpara y la silla no iría demasiado lejos si Traveler conseguía quebrar las
dos líneas de palanganas acuosas y se salvaba de patinar en los rulemanes. Pero
no lo conseguiría, toda la estrategia estaba en eso; las armas de la defensa no
podían ser de la misma naturaleza que las armas de la ofensiva. Los hilos, por
ejemplo, a Traveler le iban a producir una impresión terrible cuando avanzara en
la oscuridad y sintiera crecer como una sutil resistencia contra su cara, en los
brazos y en las piernas, y le naciera ese asco insuperable del hombre que se
enreda en una tela de araña. Suponiendo que en dos saltos arrancara todos los
hilos, suponiendo que no metiera un zapato en una palangana acuosa y que no
patinara en un rulemán, llegaría finalmente al sector de la ventana y a pesar de
la oscuridad reconocería la silueta inmóvil en el borde del escritorio. Era
remotamente probable que llegara hasta ahí, pero si llegaba, no cabía duda de
que a Oliveira le iba a ser por completo inútil una Heftpistole, no tanto por el
hecho de que el 18 había hablado de unos ganchitos, sino porque no iba a haber
un encuentro como quizá se lo imaginara Traveler sino una cosa totalmente
distinta, algo que él era incapaz de imaginarse pero que sabía con tanta certeza
como si lo estuviera viendo o viviendo, un resbalar de la masa negra que venía
de fuera contra eso que él sabía sin saber, un desencuentro incalculable entre
la masa negra Traveler y eso ahí en el escritorio fumando. Algo como la vigilia
contra el sueño (las horas del sueño y la vigilia, había dicho alguien un día,
no se habían fundido todavía en la unidad), pero decir vigilia contra sueño era
admitir hasta el final que no existía esperanza alguna de unidad. En cambio
podía suceder que la llegada de Traveler fuera como un punto extremo desde el
cual intentar una vez más el salto de lo uno en lo otro y a la vez de lo otro en
lo uno, pero precisamente ese salto sería lo contrario de un choque, Oliveira
estaba seguro de que el territorio Traveler no podía llegar hasta él aunque le
cayera encima, lo golpeara, le arrancase la camisa a tirones, le escupiera en
los ojos y en la boca, le retorciera los brazos y lo tirara por la ventana. Si
una Heftpistole era por completo ineficaz contra el territorio, puesto que según
el 18 venía a ser una abrochadora o algo por el estilo, ¿qué valor podía tener
un cuchillo Traveler o un puñetazo Traveler, pobres Heftpistole inadecuadas para
salvar la insalvable distancia de un cuerpo a cuerpo en el que un cuerpo
empezaría por negar al otro, o el otro al uno? Si de hecho Traveler podía
matarlo (y por algo tenía él la boca seca y las palmas de las manos le sudaban
abominablemente), todo lo movía a negar esa posibilidad en un plano en que su
ocurrencia de hecho no tuviera confirmación más que para el asesino. Pero mejor
todavía era sentir que el asesino no era un asesino, que el territorio ni
siquiera era un territorio, adelgazar y minimizar y subestimar el territorio
para que de tanta zarzuela y tanto cenicero rompiéndose en el piso no quedara
más que ruido y consecuencias despreciables. Si se afirmaba (luchando contra el
miedo) en ese total extrañamiento con relación al territorio, la defensa era
entonces el mejor de los ataques, la peor puñalada nacería del cabo y no de la
hoja. Pero qué se ganaba con metáforas a esa hora de la noche cuando lo único
sensatamente insensato era dejar que los ojos vigilaran la línea violácea a los
pies de la puerta, esa raya termométrica del territorio.
A las cuatro menos diez Oliveira se enderezó, moviendo los hombros para
desentumecerse, y fue a sentarse en el antepecho de la ventana. Le hacía gracia
pensar que si hubiera tenido la suerte de volverse loco esa noche, la
liquidación del territorio Traveler hubiera sido absoluta. Solución en nada de
acuerdo con su soberbia y su intención de resistir a cualquier forma de entrega.
De todas maneras, imaginarse a Ferraguto inscribiéndolo en el registro de
pacientes, poniéndole un número en la puerta y un ojo mágico para espiarlo de
noche... Y Talita preparándole sellos en la farmacia, pasando por el patio con
mucho cuidado para no pisar la rayuela. Sin hablar de Manú, el pobre,
terriblemente desconsolado de su torpeza y su absurda tentativa. Dando la
espalda al patio, hamacándose peligrosamente en el antepecho de la ventana,
Oliveira sintió que el miedo empezaba a irse, y que eso era malo. No sacaba los
ojos de la raya de luz, pero a cada respiración le entraba un contento por fin
sin palabras, sin nada que ver con el territorio, y la alegría era precisamente
eso, sentir cómo iba cediendo el territorio. No importaba hasta cuándo, con cada
inspiración el aire caliente del mundo se reconciliaba con él como ya había
ocurrido una que otra vez en su vida. Ni siquiera le hacía falta fumar, por unos
minutos había hecho la paz consigo mismo y eso equivalía a abolir el territorio,
a vencer sin batalla y a querer dormirse por fin en el despertar, en ese filo
donde la vigilia y el sueño mezclaban las primeras aguas y descubrían que no
había aguas diferentes; pero eso era malo, naturalmente, naturalmente todo eso
tenía que verse interrumpido por la brusca interposición de dos sectores negros
a media distancia de la raya de luz violácea, y un arañar prolijito en la
puerta. "Vos te la buscaste", pensó Oliveira resbalando hasta pegarse al
escritorio. "La verdad es que si hubiera seguido un momento más así me caigo de
cabeza en la rayuela. Entrá de una vez, Manú, total no existís o no existo yo, o
somos tan imbéciles que creemos en esto y nos vamos a matar, hermano, esta vez
es la vencida, no hay tu tía."
-Entrá nomás- repitió en voz alta, pero la puerta no se abrió. Seguían arañando
suave, a lo mejor era pura coincidencia que abajo hubiera alguien al lado de la
fuente, una mujer de espaldas, con el pelo largo y los brazos caídos, absorta en
la contemplación del chorrito de agua. A esa hora y con esa oscuridad lo mismo
hubiera podido ser la Maga que Talita o cualquiera de las locas, hasta Pola si
uno se ponía a pensarlo. Nada le impedía mirar a la mujer de espaldas puesto que
si Traveler se decidía a entrar las defensas funcionarían automáticamente y
habría tiempo de sobra para dejar de mirar el patio y hacerle frente. De todas
maneras era bastante raro que Traveler siguiera arañando la puerta como para
cerciorarse de si él estaba durmiendo (no podía ser Pola, porque Pola tenía el
cuello más corto y las caderas más definidas), a menos que también por su parte
hubiera puesto en pie un sistema especial de ataque (podían ser la Maga o
Talita, se parecían tanto y mucho más de noche y desde un segundo piso)
destinado a-sacarlo-de-sus-casillas (por lo menos de la una hasta la ocho, no
llegaría jamás al Cielo, no entraría jamás en su kibbutz) "Qué esperás, Manú",
pensó Oliveira. "De qué nos sirve todo esto." Era Talita, por supuesto, que
ahora miraba hacia arriba y se quedaba de nuevo inmóvil cuando él sacó el brazo
desnudo por la ventana y lo movió cansadamente de un lado a otro.
-Acercate, Maga -dijo Oliveira-. Desde aquí sos tan parecida que se te puede
cambiar el nombre.
-Cerrá esa ventana, Horacio -pidió Talita.
-Imposible, hace un calor tremendo y tu marido está ahí arañando la puerta que
da miedo. Es lo que llaman un conjunto de circunstancias enojosas. Pero no te
preocupés, agarrá una piedrita y ensayá de nuevo, quién te dice que es una...
El cajón, el cenicero y la silla se estrellaron al mismo tiempo en el suelo.
Agachándose un poco, Oliveira miró enceguecido el rectángulo violeta que
reemplazaba la puerta, la mancha negra moviéndose, oyó la maldición de Traveler.
El ruido debía haber despertado a medio mundo.
-Mirá que sos infeliz -dijo Traveler, inmóvil en la puerta-, ¿Pero vos querés
que el Dire nos raje a todos?
-Me está sermoneando -le informó Oliveira a Talita-. Siempre fue como un padre
para mí.
-Cerrá la ventana, por favor -dijo Talita.
-No hay nada más necesario que una ventana abierta -dijo Oliveira-. Oílo a tu
maridoo, se nota que metió un pie en el agua. Seguro que tiene la cara llena de
piolines, no sabe qué hacer.
-La puta que te parió -decía Traveler manoteando en la oscuridad y sacándose
piolines por todas partes-. Encendé la luz, carajo.
-Todavía no se fue al suelo -informó Oliveira-. Me esttán fallando los
rulemanes.
-¡No te asomés así! -gritó Talita, levantando los brazos. De espaldas a la
ventana, con la cabeza ladeada para verla y hablarle, Oliveira se inclinaba cada
vez más hacia atrás. La Cuca Ferraguto salía corriendo al patio, y sólo en ese
momento Oliveira se dio cuenta de que ya no era de noche, la bata de la Cuca
tenía el mismo color de las piedras del patio, de las paredes de la farmacia.
Consintiéndose un reconocimiento del frente de guerra, miró hacia la oscuridad y
se percató de que a pesar de sus dificultades ofensivas, Traveler había optado
por cerrar la puerta. Oyó, entre maldiciones, el ruido de la falleba.
-Así me gusta, che -dijo Oliveira-. Solitos en el ring como dos hombres.
-Me cago en tu alma -dijo Traveler enfurecido-. Tengo una zapatilla hecha sopa,
y es lo que más asco me da en el mundo. Por lo menos encendé la luz, no se ve
nada.
-La sorpresa de Cancha Rayada fue algo por el estilo -dijo Oliveira-.
Comprenderás quue no voy a sacrificar las ventajas de mi posición. Gracias que
te contesto, porque ni eso debería. Yo también he ido al Tiro Federal, hermano.
Oyó respirar pesadamente a Traveler. Afuera se golpeaban puertas, la voz de
Ferraguto se mezclaba con otras preguntas y respuestas. La silueta de Traveler
se volvía cada vez más visible; todo sacaba número y se ponía en su lugar, cinco
palanganas, tres escupideras, decenas de rulemanes. Ya casi podían mirarse en
esa luz que era como la paloma entre las manos de loco.
-En fin -dijo Traveler levantando la silla caída y sentándose sin ganas-. Si me
pudieras explicar un poco este quilombo.
-Va a ser más bien difícil, che. Hablar, vos sabés...
-Vos para hablar te buscás unos momentos que son para no creerlo -dijo Traveler
rabioso-. Cuando no estamos a caballo en dos tablones con cuarenta y cinco a la
sombra, me agarrás con un pie en el agua y esos piolines asquerosos.
-Pero siempre en posiciones simétricas -dijo Oliveira-. Como dos mellizos que
juegan en un sube y baja, o simplemente como cualquiera delante del espejo. ¿No
te llama la atención, doppelgänger?
Sin contestar Traveler sacó un cigarrillo del bolsillo del piyama y lo encendió,
mientras Oliveira sacaba otro y lo encendía casi al mismo tiempo. Se miraron y
se pusieron a reír.
-Estás completamente chiflado -dijo Traveler-. Esta vez no hay vuelta que darle.
Mirá que imaginarte que yo...
-Dejá la palabra imaginación en paz -dijo Oliveira-. Limitate a observar que
tomé mis precauciones, pero que vos viniste. No otro. Vos. A las cuatro de la
mañana.
-Talita me dijo, y me pareció... ¿Pero vos realmente creés...?
-A lo mejor en el fondo es necesario, Manú. Vos pensás que te levantaste para
venir a calmarme, a darme seguridades. Si yo hubiese estado durmiendo habrías
entrado sin inconveniente, como cualquiera que se acerca al espejo sin
dificultades, claro, se acerca tranquilamente al espejo con la brocha en la
mano, y ponele que en vez de la brocha fuera eso que tenés ahí en el piyama...
-Lo llevo siempre, che -dijo Traveler indignado-. ¿O te creés que estamos en un
jardín de infantes, aquí? Si vos andás desarmado es porque sos un inconsciente.
-En fin -dijo Oliveira, sentándose otra vez en el borde de la ventana y
saludando con la mano a Talita y a la Cuca-, lo que yo creo de todo esto importa
muy poco al lado de lo que tiene que ser, nos guste o no nos guste. Hace tanto
que somos el mismo perro dando vueltas y vueltas para morderse la cola. No es
que nos odiemos, al contrario. Hay otras cosas que nos usan para jugar, el peón
blanco y el peón morocho, algo por el estilo. Digamos dos maneras, necesitadas
de que la una quede abolida en la otra y viceversa.
-Yo no te odio -dijo Traveler-. Solamente que me has acorralado a un punto en
que ya no sé que hacer.
-Mutatis mutandis , vos me esperaste en el puerto con algo que se parecía a un
armisticio, una bandera blanca, una triste incitación al olvido. Yo tampoco te
odio, hermano, pero te denuncio, y eso es lo que vos llamás acorralar.
-Yo estoy vivo -dijo Traveler mirándolo en los ojos-. Estar vivo parece siempre
el precio de algo. Y vos no querés pagar nada. Nunca lo quisiste. Una especie de
cátaro existencial, un puro. O César o nada, esa clase de tajos radicales. ¿Te
creés que no te admiro a mi manera? ¿Te creés que no admiro que no te hayas
suicidado? El verdadero doppelgänger sos vos, porque estás como descarnado, sos
una voluntad en forma de veleta, ahí arriba. Quiero esto, quiero aquello, quiero
el norte y el sur y todo al mismo tiempo, quiero a la Maga, quiero a Talita, y
entonces el señor se va a visitar la morgue y le planta un beso a la mujer de su
mejor amigo. Todo porque se le mezclan las realidades y los recuerdos de una
manera sumamente no-euclidiana.
Oliveira se encogió de hombros pero miró a Traveler para hacerle sentir que no
era un gesto de desprecio. Cómo transmitirle algo de eso que en el territorio de
enfrente llamaban un beso, un beso a Talita, un beso de él a la Maga o a Pola,
ese otro juego de espejos como el juego de volver la cabeza hacia la ventana y
mirar a la Maga parada ahí al borde de la rayuela mientras la Cuca y Remorino y
Ferraguto, amontonados cerca de la puerta estaban como esperando que Traveler
saliera a la ventana y les anunciara que todo iba bien, y que un sello de
embutal o a lo mejor un chalequito de fuerza por unas horas, hasta que el
muchacho reaccionara de su viaraza. Los golpes en la puerta tampoco contribuían
a facilitar la comprensión. Si por lo menos Manú fuera capaz de sentir que nada
de lo que estaba pensando tenía sentido del lado de la ventana, que sólo valía
del lado de las palanganas y los rulemanes, y si el que golpeaba la puerta con
los dos puños se quedara quieto un solo minuto, tal vez entonces... Pero no se
podía hacer otra cosa que mirar a la Maga tan hermosa al borde de la rayuela, y
desear que impulsara el tejo de una casilla a otra, de la tierra al Cielo.
-...sumamente no-euclidiana.
- Te esperé todo este tiempo -dijo Oliveira cansado-. Comprenderás que no me iba
a dejar achurar así nomás. Cada uno sabe lo que tiene que hacer, Manú. Si querés
una explicación de lo que pasó allá abajo... solamente que no tendrá nada que
ver, y eso vos lo sabés. Lo sabés, doppelgänger, lo sabés. Qué te importa a vos
lo del beso, y a ella tampoco le importa nada. La cosa es entre ustedes al fin y
al cabo.
-¡Abran! ¡Abran en seguida!
-Se la toman en serio -dijo Traveler, levantándose-. ¿Les abrimos? Debe ser
Ovejero.
-Por mí...
-Te va a querer dar una inyección, seguro que Talita alborotó el loquero.
-Las mujeres son la muerte -dijo Oliveira-. Ahí donde la ves, lo más modosita al
lado de la rayuela... Mejor no les abrás, Manú, estamos tan bien así.
Traveler fue hasta la puerta y acercó la boca a la cerradura. Manga de cretinos,
por qué no se dejaban de joder con esos gritos de película de miedo. Tanto él
como Oliveira estaban perfectamente y ya abrirían cuando fuera el momento.
Harían mejor en preparar café para todo el mundo, en esa clínica no se podía
vivir.
Era bastante audible que Ferraguto no estaba nada convencido, pero la voz de
Ovejero se le superpuso como un sabio ronroneo persistente, y al final dejaron
la puerta en paz. Por el momento la única señal de inquietud era la gente en el
patio y las luces del tercer piso que se encendían y apagaban continuamente,
alegre costumbre del 43. Al rato no más Ovejero y Ferraguto reaparecieron en el
patio, y desde ahí miraron a Oliveira sentado en la ventana, que los saludó
excusándose por estar en camiseta. El 18 se había acercado a Ovejero y le estaba
explicando algo de la Heftpistole, y Ovejero parecía muy interesado y miraba a
Oliveira con atención profesional, como si ya no fuera su mejor contrincante de
póker, cosa que a Oliveira le hizo bastante gracia. Se habían abierto casi todas
las ventanas del primer piso, y varios enfermos participaban con suma vivacidad
en todo lo que estaba sucediendo, que no era gran cosa. La Maga había levantado
su brazo derecho para atraer la atención de Oliveira, como si eso fuera
necesario, y le estaba pidiendo que llamara a Traveler a la ventana. Oliveira le
explicó de la manera más clara que eso era imposible porque la zona de la
ventana correspondía exclusivamente a su defensa, pero que tal vez se pudiera
pactar una tregua. Agregó que el gesto de llamarlo levantando el brazo lo hacía
pensar en actrices del pasado y sobre todo en cantantes de ópera como Emmy
Destynn, Melba, Marjorie Lawrence, Muzio, Bori, y por qué no Theda Bara y Nita
Naldi, le iba soltando nombres con enorme gusto y Talita bajaba el brazo y
después lo volvía a subir suplicando, Eleonora Duse, naturalmente, Vilma Banky,
exactamente Garbo, pero claro, y una foto de Sarah Bernhardt que de chico tenía
pegada en un cuaderno, y la Karsavina, la Boronova, las mujeres, esos gestos
eternos, esa perpetuación del destino aunque en ese caso no fuera posible
acceder al amable pedido.
Ferraguto y la Cuca vociferaban manifestaciones más bien contradictorias cuando
Ovejero, que con su cara de dormido lo escuchaba todo, les hizo seña de que se
callaran para que Talita pudiera entenderse con Oliveira. Operación que no
sirvió de nada porque Oliveira, después de escuchar por séptima vez el pedido de
la Maga, les dio la espalda y lo vieron (aunque no podían oírlo) dialogar con el
invisible Traveler.
-Fijate que pretenden que vos te asomes.
-Mirá, en todo caso dejame nada más que un segundo. Puedo pasar por debajo de
los piolines.
-Macana, che -dijo Oliveira-. Es la última línea de defensa, si la quebrás
quedamos en resuelto infighting.
-Está bien -dijo Traveler sentándose en la silla-. Seguí amontonando palabras
inútiles.
-No son inútiles -dijo Oliveira-. Si querés venir aquí no tenés necesidad de
pedirme permiso. Creo que está claro.
-¿Me jurás que no te vas a tirar?
Oliveira se quedó mirándolo como si Traveler fuera un panda gigante.
-Por fin -dijo-. Se destapó la olla. Ahí abajo la Maga está pensando lo mismo. Y
yo que creía que a pesar de todo me conocían un poco.
-No es la Maga -dijo Traveler-. Sabés perfectamente que no es la Maga.
-No es la Maga -dijo Oliveira-. Sé perfectamente que no es la Maga. Y vos sos el
abanderado, el heraldo de la rendición, de la vuelta a casa y al orden. Me
empezás a dar pena viejo.
-Olvidate de mí -dijo Traveler, amargo-. Lo que quiero es que me des tu palabra
de que no vas a hacer esa idiotez.
-Fijate que si me tiro -dijo Oliveira-, voy a caer justo en el Cielo.
-Pasate de este lado, Horacio, y dejame hablar con Ovejero. Yo puedo arreglar
las cosas, mañana nadie se va a acordar de esto.
-Lo aprendió en el manual de psiquiatría -dijo Oliveira, casi admirado-. Es un
allumno de gran retentiva.
-Escuchá -dijo Traveler-. Si no me dejás asomarme a la ventana voy a tener que
abrirles la puerta y va a ser peor.
-Me da igual, una cosa es que entren y otra es que lleguen hasta aquí.
-Querés decir que si tratan de agarrarte vos te vas a tirar.
-Puede ser que de tu lado signifique eso.
-Por favor -dijo Traveler, dando un paso adelante-. ¿No te das cuenta de que es
una pesadilla? Van a creer que estás loco de veras, van a creer que realmente yo
quería matarte.
Oliveira se echó un poco más hacia fuera, y Traveler se detuvo a la altura de la
segunda línea de palanganas acuosas. Aunque había hecho volar dos rulemanes de
una patada, no siguió avanzando. Entre los alaridos de la Cuca y Talita,
Oliveira se enderezó lentamente y les hizo una seña tranquilizadora. Como
vencido, Traveler arrimó un poco la silla y se sentó. Volvían a golpear la
puerta, menos fuerte que antes.
-No te rompás más la cabeza -dijo Oliveira-. ¿Por qué le buscás explicaciones,
viejo? La única diferencia real entre vos y yo en este momento es que yo estoy
solo. Por eso lo mejor es que bajes a reunirte con los tuyos, y seguimos
hablando por la ventana como bueno amigos. A eso de las ocho me pienso mandar
mudar, Gekrepten quedó en esperarme con tortas fritas y mate.
-No estás solo, Horacio. Quisieras estar solo por pura vanidad, por hacerte el
Maldoror porteño. ¿Hablabas de un doppelgänger, no? Ya ves que alguien te sigue,
que alguien es como vos aunque esté del otro lado de tus condenados piolines.
-Es una lástima -dijo Oliveira- que te hagas una idea tan pacata de la vanidad.
Ahí está el asunto, hacerte una idea de cualquier cosa, cueste lo que cueste.
¿No sos capaz de intuir un solo segundo que esto puede no ser así?
-Ponele que lo piense. Lo mismo estás hamacándote al lado de la ventana abierta.
-Si realmente sospecharas que esto puede no ser así, si realmente llegaras al
corazón del alcaucil... Nadie te pide que niegues lo que estás viendo, pero si
solamente fueras capaz de empujar un poquito, comprendés, con la punta del
dedo...
-Si fuera tan fácil -dijo Traveler-, si no hubiera más que colgar piolines
idiotas... No digo que no hayas dado tu empujón, pero mirá los resultados.
-¿Qué tienen de malo, che? Por lo menos estamos con la ventana abierta y
respiramos este amanecer fabuloso, sentí el fresco que sube a esta hora. Y abajo
todo el mundo se pasea por el patio, es extraordinario, están haciendo ejercicio
sin saberlo. La Cuca, fijate un poco, y el Dire, esa especie de marmota
pegajosa. Y tu mujer que es la haraganería misma. Por tu parte no me vas a negar
que nunca estuviste tan despierto como ahora. Y cuando digo despierto me
entendés, ¿verdad?
-Me pregunto si no será al revés, viejo.
-Oh, esas son las soluciones fáciles, cuentos fantásticos para antologías. Si
fueras capaz de ver la cosa por el otro lado a lo mejor ya no te querrías mover
de ahí. Si te salieras del territorio, digamos de la casilla una a la dos, o de
la dos a la tres... Es tan difícil, doppelgänger, yo me he pasado toda la noche
tirando puchos y sin embocar más que la casilla ocho. Todos quisiéramos el reino
milenario, una especie de Arcadia donde a lo mejor se sería mucho más desdichado
que aquí, porque no se trata de felicidad, doppelgänger, pero donde no habría
más ese inmundo juego de sustituciones que nos ocupa cincuenta o sesenta años, y
donde nos daríamos de verdad la mano en vez de repetir el gesto del miedo y
querer saber si el otro lleva un cuchillo escondido entre los dedos. Hablando de
sustituciones, nada me extrañaría que vos y yo fuéramos el mismo, uno de cada
lado. Como decís que soy un vanidoso, parece que me he elegido el lado más
favorable, pero quién sabe, Manú. Una sola cosa sé y es que de tu lado ya no
puedo estar, todo se me rompe entre las manos, hago cada barbaridad que es para
volverse loco suponiendo que fuera tan fácil. Pero vos que estás en armonía con
el territorio no querés entender este ir y venir, doy un empujón y me pasa algo,
entonces cinco mil años de genes echados a peder me tiran para atrás y recaigo
en el territorio, chapaleo dos semanas, dos años, quince años... Un día meto un
dedo en la costumbre y es increíble cómo el dedo se hunde en la costumbre y
asoma por el otro lado, parece que voy a llegar por fin a la última casilla y de
golpe una mujer se ahoga, ponele, o me da un ataque, un ataque de piedad al
divino botón, porque eso de la piedad... ¿Te hablé de las sustituciones, no? Qué
inmundicia, Manú. Consulta a Dostoievski para eso de las sustituciones. En fin,
cinco mil años me tiran otra vez para atrás y hay que volver a empezar. Por eso
siento que sos mi doppelgänger, porque todo el tiempo estoy yendo y viniendo de
tu territorio al mío, si es que llego al mío, y en esos pasajes lastimosos me
parece que vos sos mi forma que se queda ahí mirándome con lástima, sos los
cinco mil años de hombre amontonados en un metro setenta, mirando a ese payaso
que quiere salirse de su casilla. He dicho.
-Déjense de joder -les gritó Traveler a los que golpeaban otra vez la puerta-.
Che, en este loquero no se puede hablar tranquilo.
-Sos grande, hermano -dijo Oliveira conmovido.
-De todas maneras -dijo Traveler acercando un poco la silla- no me vas a negar
que esta vez se te está yendo la mano. Las transustanciaciones y otras yerbas
están muy bien pero tu chiste nos va a costar el empleo a todos, y yo lo siento
sobre todo por Talita. Vos podrás hablar todo lo que quieras de la Maga, pero a
mi mujer le doy de comer yo.
-Tenés mucha razón -dijo Oliveira-. Uno se olvida de que está empleado y esas
cosas. ¿Querés que le hable a Ferraguto? Ahí está al lado de la fuente.
Disculpame, Manú, yo no quisiera que la Maga y vos...
-¿Ahora es a propósito que le llamás la Maga? No mientas, Horacio.
-Yo sé que es Talita, pero hace un rato era la Maga. Es las dos, como nosotros.
-Eso se llama locura -dijo Traveler.
-Todo se llama de alguna manera, vos elegís y dale que va. Si me permitís voy a
atender un poco a los de afuera, porque están que no dan más.
-Me voy -dijo Traveler, levantándose.
-Es mejor -dijo Oliveira-. Es mucho mejor que te vayas y desde aquí yo hablo con
vos y con los otros. Es mucho mejor que te vayas y que no dobles las rodillas
como lo estás haciendo, porque yo te voy a explicar exactamente lo que va a
suceder, vos que adorás las explicaciones como todo hijo de los cinco mil años.
Apenas me saltés encima llevado por tu amistad y tu diagnóstico, yo me voy a
hacer a un lado, porque no sé si te acordás de cuando practicaba judo con los
muchachos de la calle Anchorena, y el resultado es que vas a seguir viaje por
esta ventana y te vas a hacer moco en la casilla cuatro, y eso si tenés suerte
porque lo más probable es que no pases de la dos.
Traveler lo miraba, y Oliveira vio que se le llenaban los ojos de lágrimas. Le
hizo un gesto como si le acariciara el pelo desde lejos.
Traveler esperó todavía un segundo, y después fue a la puerta y la abrió. Apenas
quiso entrar Remorino (detrás se veía a otros dos enfermeros) lo agarró por los
hombros y lo echó atrás.
-Déjenlo tranquilo -mandó-. Va a estar bien dentro de un rato. Hay que dejarlo
solo, qué tanto joder.
Prescindiendo del diálogo rápidamente ascendido a tetrálogo, exálogo y
dodecálogo, Oliveira cerró los ojos y pensó que todo estaba tan bien así, que
realmente Traveler era su hermano.Oyó el golpe de la puerta al cerrarse, las
voces que se alejaban. La puerta se volvió a abrir coincidiendo con sus párpados
que trabajosamente se levantaban.
-Metele la falleba -dijo Traveler-. No les tengo mucha confianza.
-Gracias -dijo Oliveira-. Bajá al patio, Talita está muy afligida.
Pasó por debajo de los pocos piolines sobrevivientes y corrió la falleba. Antes
de volverse a la ventana metió la cara en el agua del lavatorio y bebió como un
animal, tragando y lamiendo y resoplando. Abajo se oían las órdenes de Remorino
que mandaba a los enfermos a sus cuartos. Cuando volvió a asomarse, fresco y
tranquilo, vio que Traveler estaba al lado de Talita y que le había pasado el
brazo por la cintura. Después de lo que acababa de hacer Traveler, todo era como
un maravilloso sentimiento de conciliación y no se podía violar esa armonía
insensata pero vívida y presente, ya no se la podía falsear, en el fondo
Traveler era lo que él hubiera debido ser con un poco menos de maldita
imaginación, era el hombre del territorio, el incurable error de la especie
descaminada, pero cuánta hermosura en el error y en los cinco mil años de
territorio falso y precario, cuánta hermosura en esos ojos que se habían llenado
de lágrimas y en esa voz que le había aconsejado: "Metele la falleba, no les
tengo mucha confianza", cuánto amor en ese brazo que apretaba la cintura de una
mujer. "A lo mejor", pensó Oliveira mientras respondía a los gestos amistosos
del doctor Ovejero y de Ferraguto (un poco menos amistoso), "la única manera
posible de escapar del territorio era metiéndose en él hasta las cachas". Sabía
que apenas insinuara eso (una vez más, eso) iba a entrever la imagen de un
hombre llevando del brazo a una vieja por unas calles lluviosas y heladas. "Andá
a saber", se dijo. "Andá a saber si no me habré quedado al borde, y a lo mejor
había un pasaje. Manú lo hubiera encontrado, seguro, pero lo idiota es que Manú
no lo buscará nunca y yo, en cambio..."
-Che Oliveira, ¿por qué no baja a tomar café? -proponía Ferraguto con visible
desagrado de Ovejero-. Ya ganó la apuesta, ¿no le parece? Mírela a la Cuca, está
más inquieta...
-No se aflija, señora -dijo Oliveira-. Usted, con su experiencia del circo, no
se me va a achicar por pavadas.
-Ay, Oliveira, usted y Traveler son terribles -dijo la Cuca-. ¿Por qué no hace
como dice mi esposo? Justamente yo pensaba que tomáramos café todos juntos.
-Si, che, vaya bajando -dijo Ovejero como casualmente-. Me gustaría consultarle
un par de cosas sobre unos libros en francés.
-De aquí se oye muy bien -dijo Oliveira-.
-Está bien, viejo -dijo Ovejero-. Usted baje cuando quiera, nosotros nos vamos a
desayunar.
-Con medialunas fresquitas -dijo la Cuca-. ¿Vamos a preparar café, Talita?
-No sea idiota -dijo Talita, y en el silencio extraordinario que siguió a su
admonición, el encuentro de las miradas de Traveler y Oliveira fue como si dos
pájaros chocaran en pleno vuelo y cayeran enredados en la casilla nueve, o por
lo menos así lo disfrutaron los interesados. A todo esto la Cuca y Ferraguto
respiraban agitadamente, y al final la Cuca abrió la boca para chillar: "¿Pero
qué significa esa insolencia?", mientras Ferraguto sacaba pecho y miraba de
arriba abajo a Traveler que a su vez miraba a su mujer con una mezcla de
admiración y censura, hasta que Ovejero encontró la salida científica apropiada
y dijo secamente: "Histeria matinensis yugolata, entremos que le voy a dar unos
comprimidos", a tiempo que el 18, violando las órdenes de Remorino, salía al
patio para anunciar que la 31 estaba descompuesta y que llamaban por teléfono de
Mar del Plata. Su expulsión violenta a cargo de Remorino ayudó a que los
administradores y Ovejero evacuaran el patio sin excesiva pérdida de prestigio.
-Ay, ay, ay -dijo Oliveira, balanceándose en la ventana-, y yo que creía que las
farmacéuticas eran tan educadas.
-¿Vos te das cuenta? -dijo Traveler-. Estuvo gloriosa.
-Se sacrificó por mí -dijo Oliveira-. La otra no se lo va a perdonar ni en el
lecho de muerte.
-Para lo que me importa -dijo Talita-. "Con medialunas fresquitas", date cuenta
un poco.
-¿Y Ovejero, entonces? -dijo Traveler-. ¡Libros en francés! Che, pero lo único
que faltaba era que te quisieran tentar con una banana. Me asombra que no los
hayas mandado al cuerno.
Era así, la armonía duraba increíblemente, no había palabras para contestar a la
bondad de esos dos ahí abajo, mirándolo y hablándole desde la rayuela, porque
Talita estaba parada sin darse cuenta en la casilla tres, y Traveler tenía un
pie metido en la seis, de manera que lo único que él podía hacer era mover un
poco la mano derecha en un saludo tímido y quedarse mirando a la Maga, a Manú,
diciéndose que al fin y al cabo algún encuentro había, aunque no pudiera durar
más que ese instante terriblemente dulce en el que lo mejor sin lugar a dudas
hubiera sido inclinarse apenas hacia fuera y dejarse ir, paf se acabó.
Copyrigth 2002© Todos los derechos reservados