Capítulo 53
Y un jueves, zás, todos instalados a eso de las nueve de la noche. Por la tarde
se había ido el personal golpeando puertas (risas irónicas de Ferraguto y la
Cuca, firmes en no redondear las indemnizaciones) y una delegación de enfermos
había despedido a los salientes con gritos de: “¡Se murió el perro, se murió el
perro!”, lo que no les había impedido presentar una carta con cinco firmas a
Ferraguto, reclamando chocolate, el diario de la tarde y la muerte del perro.
Quedaron los nuevos, un poco despistados todavía, y Remorino que se hacía el
canchero y decía que todo iba a andar fenómeno. Por la Radio El Mundo se
alimentaba el espíritu deportivo de los porteños con boletines sobre la ola de
calor. Batidos todos los récords, se podía sudar patrióticamente a gusto, y
Remorino ya había recogido cuatro o cinco pijamas tirados en los rincones. Entre
él y Oliveira convencían a los propietarios de que se los pusieran de nuevo, por
lo menos el pantalón. Antes de trenzarse en un póker con Ferraguto y Traveler,
el doctor Ovejero había autorizado a Talita para que distribuyera limonada sin
miedo, con excepción del 6, el 8 y la 31. A la 31 este le había provocado un
ataque de llanto, y Talita le había dado doble ración de limonada. Ya era tiempo
de proceder motu proprio, muera el perro.
¿Cómo se podía empezar a vivir esa vida, así apaciblemente, sin demasiado
extrañamiento? Casi sin preparación previa, porque el manual de psiquiatría
adquirido en lo de Tomás Pardo no era precisamente propedeútico para Talita y
Traveler. Sin experiencia, sin verdaderas ganas, sin nada: el hombre era
verdaderamente el animal que se acostumbra hasta a no estar acostumbrado. Por
ejemplo la morgue: Traveler y Oliveira la ignoraban, y heteakí que le martes por
la noche Remorino subió a buscarlos por orden de Ovejero. El 56 acababa de morir
esperadamente en el segundo piso, había que darle una mano al camillero y
distraer a la 31 que tenía unos telepálpitos de abrigos. Remorino no les explicó
que le personal saliente era muy reivindicativo y que estaba trabajando a
reglamento desde que se había enterado del asunto de las indemnizaciones, así
que no quedaba otro remedio que empezar a pegarle fuerte al trabajo, de paso les
venía bien como práctica.
Qué cosa tan rara que en el inventario leído del día de la gran tratativa no se
hubiera mencionado una morgue. Pero che, en alguna parte hay que guardar a los
fiambres hasta que venga la familia o la municipalidad mande el furgón. A lo
mejor en el inventario se hablaba de una cámara de deposito, o una sala de
tránsito, o un ambiente frigorífico, esos eufemismos, o simplemente se
mencionaban las ocho heladeras. Morgue, al fin y al cabo no era bonito de
escribir en un documento, creía Remorino. ¿Y para qué ocho heladeras? Ah, eso...
Alguna exigencia del departamento nacional de higiene o un acomodo del ex
administrador cuando las licitaciones, pero tan mal no estaba porque a veces
había rachas, como el año que había ganado San Lorenzo (¿qué año era? Remorino
no se acordaba, pero era el año que San Lorenzo había hecho capote), de golpe
cuatro enfermos al tacho, un saque de guadaña de esas que te la debo. Eso sí,
poco frecuente, el 56 era fatal, qué le va a hacer. Por aquí, hablen bajo para
no despertar a la mersa. Y vos qué me representás a esta hora, rajá a la cama,
rajá. Es un buen pibe, mírenlo cómo se las pica. De noche le da por salir al
pasillo pero no se crean que es por las mujeres, ese asunto lo tenemos bien
arreglado. Sale porque es loco, nomás, como cualquiera de nosotros si vamos al
caso.
Oliveira y Traveler pensaron que Remorino era macanudo. Un tipo evolucionado, se
veía en seguida. Ayudaron al camillero, que cuando no hacía de camillero era el
7 a secas, un caso curable de manera que podía colaborar en los trabajos
livianos. Bajaron la camilla en el montacargas, un poco amontonados y sintiendo
muy cerca el bulto del 56 debajo de la sábana. La familia iba a venir a buscarlo
el lunes, eran de Trelew, pobre gente. Al 22 no lo habían venido a buscar
todavía, era el colmo. Gente de plata, creía Remorino: los peores, buitres
puros, sin sentimiento. ¿Y la municipalidad permitía que el 22... ? El
expediente andaría por ahí, esas cosas. Total que los días iban pasando, dos
semanas, así que ya veían la ventaja de tener muchas heladeras. Con una cosa y
otra ya eran tres, porque también estaba la 2, una de las fundadoras. Eso era
grande, la 2 no tenía familia pero en cambio la dirección de sepelios había
avisado que el furgón pasaría a las cuarenta y ocho horas. Remorino había sacado
la cuenta para reírse, y ya hacían trescientas seis horas, casi trescientas
siete. Lo de fundadora lo decía porque era una viejita de los primeros tiempos,
antes del doctor que le había vendido a don Ferraguto. Qué buen tipo parecía don
Ferraguto, ¿no? Pensar que había tenido un circo, qué cosa grande.
-Sacá una cerveza –mandó Remorino-. Ustedes no saben nada, eh. A veces aquí el
reglamento es demasiado... Mejor no le digan a Don Ferraguto, total solamente
tomamos una cervecita de cuando en cuando.
El 7 se fue a una de las puertas del refrigerador y sacó una botella. Mientras
Remorino la abría con un dispositivo de que estaba provisto su cortaplumas,
Traveler miró a Oliveira pero el 7 habló primero.
-Mejor lo guardamos antes, no le parece.
-Vos... –empezó Remorino, pero se quedó con el cortaplumas abierto en la mano-.
Tenés razón, pibe. Dale. Esa de ahí está libre.
-No –dijo el 7.
-¿Me vas a decir a mí?
-Usted perdone y disculpe –dijo el 7-. La que está libre es ésa.
Remorino se quedó mirándolo, y el 7 le sonrió y con una especie de saludo se
acercó a la puerta en un litigio y la abrió. Salió una luz brillante, como de
aurora boreal u otro meteoro hiperbóreo, en medio de la cual se recortaban
claramente unos pies bastante grandes.
-El 22 –dijo el 7-. ¿No le decía? Yo los conozco a todos por los pies. Ahí está
la 2. ¿Qué me quiere jugar? Mire, si no me cree. ¿Se convenció? Bueno, entonces
lo ponemos en esta que está libre. Ustedes me ayudan, ojo que tiene que entrar
de cabeza.
-Es un campeón –le dijo Remorino en voz baja a Traveler-. Yo realmente no sé por
qué Ovejero lo tiene aquí adentro. No hay vasos, che, de manera que nos
prendemos a la que te criaste.
Traveler tragó humo hasta las rodillas antes de aceptar la botella. Se la fueron
pasando de mano en mano, y el primer cuento verde lo contó Remorino.
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