Capítulo 52
Porque en realidad él no le podía contar nada a Traveler. Si empezaba a tirar
del ovillo iba a salir una hebra de lana, metros de lana, lanada, lanagnórisis,
lanatúrner, lannapurna, lanatomía, lanata, lanatalidad, lanacionalidad, la
lanaturalidad, la lana hasta la náusea pero nunca el ovillo. Hubiera tenido que
hacerle sospechar a Traveler que lo que le contara no tenía sentido directo
(¿pero qué sentido tenía?) y tampoco era una especie de alegoría. La diferencia
insalvable, un problema de niveles que nada tenían que ver con la inteligencia o
la información, una cosa era jugar al truco o discutir a John Donne con Traveler,
todo transcurría en un territorio de apariencia común; pero lo otro, ser una
especie de mono entre los hombres, querer ser mono por razones que ni siquiera
el mono era capaz de explicarse empezando porque de razones no tenían nada y su
fuerza estaba precisamente en eso, y así sucesivamente.
Las primeras noches en la clínica fueron tranquilas; el personal saliente
desempeñaba todavía sus funciones, y los nuevos se limitaban a mirar, recoger
experiencia y reunirse en la farmacia donde Talita, de blanco vestida,
redescubría emocionada las emulsiones y los barbitúricos. El problema era
sacarse de encima a la Cuca Ferraguto, instalada como fierro en el departamento
del administrador, porque la Cuca parecía decidida a imponer su férula a la
clínica, y el mismo Dire escuchaba respetuoso el new deal resumido en terminos
tales como higiene, disciplina, diospatriayhogar, piyamas grises y té de tilo.
Asomándose a cada rato a la farmacia, la Cuca prestaba-un-oído-atento a los
supuestos diálogos profesionales del nuevo equipo. Talita le merecía cierta
confianza porque la chica tenía su diploma ahí colgado, pero el marido y el
compinche eran sospechosos. El problema de la Cuca era que a pesar de todo
siempre le habían caído horriblemente simpáticos, lo que la obligaba a debatir
cornelianamente el deber y los metejones platónicos, mientras Ferraguto
organizaba la adminsitración y se iba acostumbrando de a poco a sustituir
tragasables por esquizofrénicos y fardos de pasto por ampollas de insulina. Los
médicos, en número de tres, acudían por la mañana y no molestaban gran cosa. El
interno, tipo dado al póker, ya había intimado con Oliveira y Traveler; en su
consultorio del tercer piso se armaban potentes escaleras reales, y Pozos de
entre diez y cien mangos pasaban de mano en mano que te la voglio dire.
Los enfermos mejor, gracias.
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