Capítulo 49
Talita y Taveler hablaban enormemente de locos célebres o de otros más secretos,
ahora que Ferraguto se había decidio a comprar la clínica y cederle el circo con
el gato y todo a un tal Suárez Melián. Les parecía, sobre todo a Talita, que el
cambio del circo a la clínica era una especie de paso adelante, pero Traveler no
veía muy clara la razón de ese optimismo. A la espera de un mejor entendimiento
andaban muy excitados y continuamente salían a su ventanas o a la puerta de la
calle para cambiar impresiones con la señora Gutusso, don Bunche, don Crespo y
hasta con Gekrepten si andaba a tiro. Lo malo era que en esos días se hablaba
mucho de revolución, de que Campo de Mayo se iba a levantar, y a la gente eso le
parecía mucho más importante que la adquisición de la clínica de la calle
Trelles. Al final Talita y Traveler se ponían a buscar un poco de normalidad en
un manual de psiquiatría. Como de costumbre cualquier cosa los excitaba, y el
día del pato, no se sabía por qué, las discusiones llegaban a un grado de
violencia tal que Cien Pesos se enloquecía en su jaula y don Crespo esperaba el
paso de cualquier conocido para iniciar un movimiento de rotación con el índice
de la mano izquierda apoyado en la sien del mismo lado. En esas ocasiones
espesas nubes de plumas de pato empezaban salir por la puerta de la cocina, y
había un golpear de puertas y una dialéctica cerrada y sin cuartel que apenas
cedía con el almuerzo, oportunidad en la cual el pato desaparecía hasta el
último tegumento.
A la hora del café con caña Mariposa una tacita reconciliación les acercaba a
textos venerados, a números agotadísimos de unas revistas esotéricas, tesoros
cosmológicos que se sentían necesitados de asimilar como una especie de preludio
a la nueva vida. De piantados hablaban mucho, porque tanto Traveler como
Oliveira habían condescendido a sacar papeles viejos y exhibir parte de su
colección de fenómenos, iniciada en común cuando incurrían en una bien olvidada
Facultad y proseguida luego por separado. El estudio de esos documentos les
llevaba sus buenas sobremesas, y Talita se había ganado el derecho de
participación gracias a sus números de Renovigo (Periódiko Rebolusionario
Bilingüe), publicación mexicana en lengua ispamerikana de la Editorial Lumen, y
en la que un montón de locos trabajaban con resultados exaltantes. De Ferraguto
sólo se tenían noticias cada tanto, poque el circo ya estaba prácticamente en
manos de Suárez Melián, pero parecía seguro que les entregaría la clínica hacia
mediados de marzo. Una o dos veces Ferraguto se había aparecido por el circo
para ver al gato calculista, del que evidentemente le iba a costar separarse, y
en cada caso se había referido a la inminencia de la gran tratativa y a las
pesadas-responsabilidades que caerían sobre todos ellos (suspiro). Parecía casi
seguro que a Talita le iban a confiar la farmacia, y la pobre estaba
nerviosísima repasando unos apuntes del tiempo del unto. Oliveira y Traveler se
divertían enormemente a costa de ella, pero cuando volvían al circo los dos
andaban tristes y miraban a la gente y al gato como si un circo fuera algo
inapreciablemente raro.
- Aquí todos están mucho más locos - decía Traveler -. No se va a poder
comparar, che.
Oliveira se-encogía-de-hombros, incapaz de decir que en el fondo le daba lo
mismo, y miraba a lo alto de la carpa, se perdía bobamente en unas rumias
inciertas.
- Vos, claro, has cambiado de un sitio a otro - refunfuñaba Traveler -. Yo
también, pero siempre aquí, siempre en este meridiano...
Estiraba el brazo, mostrando vagamente una geografía bonaerense.
- Los cambios, vos sabés...- decía Oliveira.
Al rato de hablar así se ahogaban de risa, y el público los miraba de reojo
porque distraían la atención.
En momentos de confidencia, los tres admitían que estaban admirablemente
preparados para sus nuevas funciones. Por ejemplo, cosas como la llegada de La
Nación de los domingos les provocaban una tristeza sólo comparable a la que les
producían las colas de la gente en los cines y la tirada del Reader´s Digest.
- Los contactos están cada vez más cortados - decía sibilinamente Traveler -.
Hay que pegar un grito terrible.
- Ya lo pegó anoche el coronel Flappa - contestaba Talita -. Consecuencia,
estado de sitio.
Eso no es un grito, hija, apenas un estertor. Yo te hablo de las cosas que
soñaba Yrigoyen, las cuspideaciones históricas, las prometizaciones augurales,
esas esperanzas de la raza humana tan venida a menos por estos lados.
- Vos hablás como el otro - decía Talita, mirándolo preocupada pero disimulando
la ojeada caracterológica.
El otro seguía en el circo, dándole la última mano a Suárez Melián y
asombrándose de a ratos de que todo le estuviera resultando tan indiferente.
Tenía la impresión de haberle pasado su resto de mana a Talita y a Traveler, que
cada vez se excitaban más pensando en la clínica; a él lo único que realmente le
gustaba en esos días era jugar con el gato calculista, que le había tomado un
cariño enorme y le hacía cuentas exclusivamente para su placer.
Como Ferraguto había dado instrucciones de que al gato no se le sacara a la
calle más que en una canasta y con un collar de identificación idéntico a los de
la batalla de Okinawa, Oliveira comprendía los sentimientos del gato y apenas
estaban a dos cuadras del circo metía la canasta en una fiambrera de confianza,
le sacaba el collar al pobre animal, y los dos se iban por ahí a mirar latas
vacías en los baldíos o a mordisquear pastitos, ocupación delectable. Después de
esos paseos higiénicos, a Oliveira le resultaba casi tolerable ingresar en las
tertulias del patio de don Crespo, en la ternura de Gekrepten emperrada en
tejerle cosas para el invierno. La noche en que Ferraguto telefoneó a la pensión
para avisarle a Traveler la fecha inminente de la gran tratativa, estaban los
tres perfeccionando sus nociones de lengua ispamerikana, extraídas con infinito
regocijo de un número de Renovigo. Se quedaron casi tristes, pensando que en la
clínica los esperaba la seriedad, la ciencia, la abnegación y todas esas cosas.
- ¿Ké bida no es trajedia? - leyó Talita en excelente ispamerikano.
Así siguieron hasta que llegó la señora de Gutusso con las últimas noticias
radiales sobre el coronel Flappa y sus tanques, por fin algo real y concreto que
los dispersó en seguida para sorpresa de la informante, ebria de sentimiento
patrio.
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