Capítulo 48
Al lado del Cerro —aunque ese Cerro no tenía lado, se llegaba de golpe y nunca
se sabía bien si ya se estaba o no, entonces más bien cerca del Cerro—, en un
barrio de casas bajas y chicos discutidores, las preguntas no habían servido de
nada, todo se iba estrellando en sonrisas amables, en mujeres que hubieran
querido ayudar pero no estaban al tanto, la gente se muda, señor, aquí todo ha
cambiando mucho, a lo mejor si va a la policía quién le dice. Y no podía
quedarse demasiado porque el barco salía al rato nomás, y aunque no hubiera
salido en el fondo todo estaba perdido de antemano, las averiguaciones las hacía
por las dudas, como una jugada de quiniela o una obediencia astrológica. Otro
bondi de vuelta al puerto, y a tirarse en la cucheta hasta la hora de comer.
Esa misma noche, a eso de las dos de la mañana, volvió a verla por primera vez.
Hacía calor y en el «camerone» donde ciento y pico de inmigrantes roncaban y
sudaban, se estaba peor que entre los rollos de soga bajo el cielo aplastado del
río, con toda la humedad de la rada pegándose a la piel. Oliveira se puso a
fumar sentado contra un mamparo, estudiando las pocas estrellas rasposas que se
colaban entre las nubes. La Maga salió de detrás de un ventilador, llevando en
una mano algo que arrastraba por el suelo, y casi en seguida le dio la espalda y
caminó hacia una de las escotillas. Oliveira no hizo nada por seguirla, sabía de
sobra que estaba viendo algo que no se dejaría seguir. Pensó que sería alguna de
las pitucas de primera clase que bajaban hasta la mugre de la proa, ávidas de
eso que llamaban experiencia o vida, cosas así. Se parecía mucho a la Maga, era
evidente, pero lo más del parecido lo había puesto él, de modo que una vez que
el corazón dejó de latirle como un perro rabioso encendió otro cigarrillo y se
trató a sí mismo de cretino incurable.
Haber creído ver a la Maga era menos amargo que la certidumbre de que un deseo
incontrolable la había arrancado del fondo de eso que definían como
subconciencia y proyectado contra la silueta de cualquiera de las mujeres de a
bordo. Hasta ese momento había creído que podía permitirse el lujo de recordar
melancólicamente ciertas cosas, evocar a su hora y en la atmósfera adecuada
determinadas historias, poniéndoles fin con la misma tranquilidad con que
aplastaba el pucho en el cenicero. Cuando Traveler le presentó a Talita en el
puerto, tan ridícula con ese gato en la canasta y un aire entre amable y Alida
Valli, volvió a sentir que ciertas remotas semejanzas condensaban bruscamente un
falso parecido total, como si de su memoria aparentemente tan bien
compartimentada se arrancara de golpe un ectoplasma capaz de habitar y completar
otro cuerpo y otra cara, de mirarlo desde fuera con una mirada que él había
creído reservada para siempre a los recuerdos.
En las semanas que siguieron, arrasadas por la abnegación irresistible de
Gekrepten y el aprendizaje del difícil arte de vender cortes de casimir de
puerta en puerta, le sobraron vasos de cerveza y etapas en los bancos de las
plazas para disecar episodios. Las indagaciones en el Cerro habían tenido el
aire exterior de un descargo de conciencia: encontrar, tratar de explicarse,
decir adiós para siempre. Esa tendencia del hombre a terminar limpiamente lo que
hace, sin dejar hilachas colgando. Ahora se daba cuenta (una sombra saliendo
detrás de un ventilador, una mujer con un gato) que no había ido por eso al
Cerro. La psicología analítica lo irritaba, pero era cierto: no había ido por
eso al Cerro. De golpe era un pozo cayendo infinitamente en sí mismo.
Irónicamente se apostrofaba en plena plaza del Congreso: «¿Y a esto le llamabas
búsqueda? ¿Te creías libre? ¿Cómo era aquello de Heráclito? A ver, repetí los
grados de la liberación, para que me ría un poco. Pero si estás en el fondo del
embudo, hermano.» Le hubiera gustado saberse irreparablemente envilecido por su
descubrimiento, pero lo inquietaba una vaga satisfacción a la altura del
estómago, esa respuesta felina de contentamiento que da el cuerpo cuando se ríe
de las hinquietudes del hespíritu Y se acurruca cómodamente entre sus costillas,
su barriga y la planta de sus pies. Lo malo era que en el fondo él estaba
bastante contento de sentirse así, de no haber vuelto, de estar siempre de ida
aunque no supiera adónde. Por encima de ese contento lo quemaba como una
desesperación del entendimiento a secas, un reclamo de algo que hubiera querido
encarnarse y que ese contento vegetativo rechazaba pachorriento, mantenía a
distancia. Por momentos Oliveira asistía como espectador a esa discordia, sin
querer tomar partido, socarronamente imparcial. Así vinieron el circo, las
mateadas en el patio de don Crespo, los tangos de Traveler, en todos esos
espejos Oliveira se miraba de reojo. Hasta escribió notas sueltas en un cuaderno
que Gekrepten guardaba amorosamente en el cajón de la cómoda sin atreverse a
leer. Despacio se fue dando cuenta de que la visita al Cerro había estado bien,
precisamente porque se había fundado en otras razones que las supuestas. Saberse
enamorado de la Maga no era un fracaso ni una fijación en un orden caduco; un
amor que podía prescindir de su objeto, que en la nada encontraba su alimento,
se sumaba quizá a otras fuerzas, las articulaba y las fundía en un impulso que
destruiría alguna vez ese contento visceral del cuerpo hinchado de cerveza y
papas fritas. Todas esas palabras que usaba para llenar el cuaderno entre
grandes manotazos al aire y silbidos chirriantes, lo hacían reír una barbaridad.
Traveler acababa asomándose a la ventana para pedirle que se callara un poco.
Pero otras veces Oliveira encontraba cierta paz en las ocupaciones manuales,
como enderezar clavos o deshacer un hilo sisal para construir con sus fibras un
delicado laberinto que pegaba contra la pantalla de la lámpara y que Gekrepten
calificaba de elegante. Tal vez el amor fuera el enriquecimiento más alto, un
dador de ser; pero sólo malográndolo se podía evitar su efecto bumerang, dejarlo
correr al olvido y sostenerse, otra vez solo, en ese nuevo peldaño de realidad
abierta y porosa. Matar el objeto amado, esa vieja sospecha del hombre, era el
precio de no detenerse en la escala, así como la súplica de Fausto al instante
que pasaba no podía tener sentido si a la vez no se lo abandonaba como se posa
en la mesa la copa vacía. Y cosas por el estilo, y mate amargo.
Hubiera sido tan fácil organizar un esquema coherente, un orden de pensamiento y
de vida, una armonía. Bastaba la hipocresía de siempre, elevar el pasado a valor
de experiencia, sacar partido de las arrugas de la cara, del aire vivido que hay
en las sonrisas o los silencios de más de cuarenta años. Después uno se ponía un
traje azul, se peinaba las sienes plateadas y entraba en las exposiciones de
pintura, en la Sade y en el Richmond, reconciliado con el mundo. Un escepticismo
discreto, un aire de estar de vuelta, un ingreso cadencioso en la madurez, en el
matrimonio, en el sermón paterno a la hora del asado o de la libreta de
clasificaciones insatisfactoria. Te lo digo porque yo he vivido mucho. Yo que he
viajado. Cuando yo era muchacho. Son todas iguales, te lo digo yo. Te hablo por
experiencia, m’hijo. Vos todavía no conocés la vida.
Y todo eso tan ridículo y gregario podía ser peor todavía en otros planos, en la
meditación siempre amenazada por los idola fori, las palabras que falsean las
intuiciones, las petrificaciones simplificantes, los cansancios en que
lentamente se va sacando del bolsillo del chaleco la bandera de la rendición.
Podía ocurrir que la traición se consumara en una perfecta soledad, sin testigos
ni cómplices: mano a mano, creyéndose más allá de los compromisos personales y
los dramas de los sentidos, más allá de la tortura ética de saberse ligado a una
raza o por lo menos a un pueblo y una lengua. En la más completa libertad
aparente, sin tener que rendir cuentas a nadie, abandonar la partida, salir de
la encrucijada y meterse por cualquiera de los caminos de la circunstancia,
proclamándolo el necesario o el único. La Maga era uno de esos caminos, la
literatura era otro (quemar inmediatamente el cuaderno aunque Gekrepten se re-tor-cie-ra
las manos), la fiaca era otro, y la meditación al soberano cuete era otro.
Parado delante de una pizzería de Corrientes al mil trescientos, Oliveira se
hacía las grandes preguntas: «Entonces, ¿hay que quedarse como el cubo de la
rueda en mitad de la encrucijada? ¿De que sirve saber o creer saber que cada
camino es falso si no lo caminamos con un propósito que ya no sea el camino
mismo? No somos Buda, che, aquí no hay árboles donde sentarse en la postura del
loto. Viene un cana y te hace la boleta.»
Caminar con un propósito que ya no fuera el camino mismo. De tanta cháchara (qué
letra, la ch, madre de la chancha, el chamamé y el chijete) no le quedaba más
resto que esa entrevisión. Sí, era una fórmula meditable. Así la visita al
Cerro, después de todo, habría tenido un sentido, así la Maga dejaría de ser un
objeto perdido para volverse la imagen de una posible reunión —pero no ya con
ella sino más acá o más allá de ella; por ella, pero no ella—. Y Manú, y el
circo, y esa increíble idea del loquero de la que hablaban tanto en estos días,
todo podía ser significativo siempre que se lo extrapolara, hinevitable
hextrapolación a la hora metafísica, siempre fiel a la cita ese vocablo
cadensioso. Oliveira empezó a morder la pizza, quemándose las encías como le
pasaba siempre por glotón, y se sintió mejor. Pero cuantas veces había cumplido
el mismo ciclo en montones de esquinas y cafés de tantas ciudades, cuantas veces
había llegado a conclusiones parecidas, se había sentido mejor, había creído
poder empezar a vivir de otra manera, por ejemplo una tarde en que se había
metido a escuchar un concierto insensato, y después... Después había llovido
tanto, para qué darle vueltas al asunto. Era como con Talita, más vueltas le
daba, peor. Esa mujer estaba empezando a sufrir por culpa de él, no por nada
grave, solamente que él estaba ahí y todo parecía cambiar entre Talita y
Traveler, montones de esas pequeñas cosas que se daban por supuestas y
descontadas, de golpe se llenaban de filos y lo que empezaba siendo un puchero a
la española acababa en un arenque a la Kierkegaard, por no decir más. La tarde
del tablón había sido una vuelta al orden, pero Traveler había dejado pasar la
ocasión de decir lo que había que decir para que ese mismo día Oliveira se
mandara mudar del barrio y de sus vidas, no solamente no había dicho nada sino
que le había conseguido el empleo en el circo, prueba de que. En ese caso
apiadarse hubiera sido tan idiota como la otra vez: lluvia, lluvia. ¿Seguiría
tocando el piano Berthe Trépat?
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