Capítulo 42
Il mio supplizio
è quando
non mi credo
in armonia.
UNGARETTI., I Fiumi.
El trabajo consiste en impedir que los chicos se cuelen por
debajo de la carpa, dar una mano si pasa algo con los animales, ayudar al
proyeccionista, redactar avisos y carteles llamativos, ocuparse de la condigna
impresión, entenderse con la policía, señalar al Director toda anomalía digna de
mención, ayudar al señor Manuel Traveler en la parte administrativa, ayudar a la
señora Atalía Donosi de Traveler en la taquilla (llegado el caso), etc.
¡Oh corazón mío, no te levantes para testimoniar en contra de mí!
(Libro de los Muertos, o inscripción en un escarabajo.)
Entre tanto había muerto en Europa, a los treinta y tres años
de edad, Dinu Lipatti. Del trabajo y de Dinu Lipatti fueron hablando hasta la
esquina, porque a Talita le parecía que también era bueno acumular pruebas
tangibles de la inexistencia de Dios o por lo menos de su incurable frivolidad.
Les había propuesto comprar inmediatamente un disco de Lipatti y entrar en lo de
don Crespo para escucharlo, pero Traveler y Oliveira querían tomarse una cerveza
en el café de la esquina y hablar del circo, ahora que eran colegas y estaban
satisfechísimos. A Oliveira no-se-le-escapaba que Traveler había tenido que
hacer un-esfuerzo-heroico para convencer al Dire, y que lo había convencido más
por casualidad que por otra cosa. Ya habían decidido que Oliveira le regalaría a
Gekrepten, dos de los tres cortes de casimir que le quedaban por vender, y que
con el tercero Talita se haría un traje sastre. Cuestión de festejar el
nombramiento. Traveler pidió en consecuencia las cervezas mientras Talita se iba
a preparar el almuerzo. Era lunes, día de descanso. El martes habría función a
las siete y a las nueve, con presentación de cuatro osos cuatro, del malabarista
recién desembarcado de Colombo, y por supuesto del gato calculista. Para empezar
el trabajo de Oliveira sería más bien de puro sebo, hasta hacerse la mano. De
paso se veía la función que no era peor que otras. Todo iba muy bien.
Todo iba tan bien que Traveler bajó los ojos y se puso a
tamborilear en la mesa. El mozo, que los conocía mucho, se acercó para discutir
sobre Ferrocarril Oeste, y Oliveira apostó diez pesos a la mano de Chacarita
Juniors. Marcando un compás de baguala con los dedos. Traveler se decía que todo
estaba perfectamente bien así, y que no había otra salida, mientras Oliveira
acababa con los parlamentos ratificatorios de la apuesta y se bebía su cerveza.
Le había dado esa mañana por pensar en frases egipcias, en Toth,
significativamente dios de la magia e inventor del lenguaje. Discutieron un rato
si no sería una falacia estar discutiendo un rato, dado que el lenguaje, por más
lunfardo que lo hablaran, participaba quizá de una estructura mántica nada
tranquilizadora. Concluyeron que el doble ministerio de Toth era al fin y al
cabo una manifiesta garantía de coherencia en la realidad o la irrealidad; los
alegró dejar bastante resuelto el siempre desagradable problema del correlato
objetivo. Magia o mundo tangible, había un dios egipcio que armonizaba
verbalmente los sujetos y los objetos. Todo iba realmente muy bien.
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