Capítulo 37
Le daba rabia llamarse Traveler, él que nunca se había movido
de la Argentina como no fuera para cruzar a Montevideo y una vez a Asunción del
Paraguay, metrópolis recordadas con soberana indiferencia. A los cuarenta años
seguía adherido a la calle Cachimayo, y el hecho de trabajar como gestor y un
poco de todo en el circo "Las Estrellas" no le daba la menor esperanza de
recorrer los caminos del mundo more Barnum; la zona de operaciones del circo se
extendía de Santa Fe a Carmen de Patagones, con largas recaladas en la capital
federal, La Plata y Rosario. Cuando Talita, lectora de enciclopedias, se
interesaba por los pueblos nómadas y las culturas trashumantes, Traveler gruñía
y hacía un elogio insincero del patio con geranios, el catre y el no te salgás
del rincón donde empezó tu existencia. Entre mate y mate sacaba a relucir una
sapiencia que impresionaba a su mujer, pero se lo veía demasiado dispuesto a
persuadir. Dormido se le escapaban algunas veces vocablos de destierro, de
desarraigo, de tránsitos ultramarinos, de pasos aduaneros y alidadas imprecisas.
Si Talita se burlaba de él al despertar, empezaba por darle de chirlos en la
cola, y después se reían como locos y hasta parecía como si la autotraición de
Traveler les hiciera bien a los dos. Una cosa había que reconocer y era que, a
diferencia de casi todos sus amigos, Traveler no le echaba la culpa a la vida o
a la suerte por no haber podido viajar a gusto. Simplemente se bebía una ginebra
de un trago, y se trataba a sí mismo de cretinacho.
-Por supuesto, yo soy el mejor de sus viajes -decía Talita cuando se le
presentaba la oportunidad- pero es tan tonto que no se da cuenta. Yo, señora, lo
he llevado en alas de la fantasía hasta el borde mismo del horizonte.
La señora así interpelada creía que Talita hablaba en serio, y contestaba dentro
de la línea siguiente:
-Ah, señora, los hombres son tan incomprensibles (sic por incomprensivos).
O:
-Créame, lo mismo somos yo y mi Juan Antonio. Siempre se lo digo, pero él como
si llovería.
O:
-Cómo la comprendo, señora. La vida es una lucha.
O:
-No se haga mala sangre, doña. Basta la salud y un pasar.
Después Talita se lo contaba a Traveler, y los dos se
retorcían en el piso de la cocina hasta destrozarse la ropa. Para Traveler no
había nada más prodigioso que esconderse en el water y escuchar, con un pañuelo
o una camiseta metidos en la boca, cómo Talita hacía hablar a las señoras de la
pensión "Sobrales" y a algunas otras que vivían en el hotel de enfrente. En los
ratos de optimismo, que no le duraban mucho, planeaba una pieza de radioteatro
para tomarles el pelo a esas gordas sin que se dieran cuenta, forzándolas a
llorar copiosamente y sintonizar todos los días la audición. Pero de todas
maneras no había viajado, y era como una piedra negra en el medio de su alma.
-Un verdadero ladrillo -explicaba Traveler, tocándose el estómago.
-Nunca vi un ladrillo negro -decía el Director del circo, confidente eventual de
tanta nostalgia.
-Se ha puesto así a fuerza de sedentarismo. ¡Y pensar que ha habido poetas que
se quejaban de ser heimatlos, Ferraguto!
-Hábleme en castilla, che -decía el Director a quien el invocativo
dramáticamente personalizado producía un cierto sobresalto.
-No puedo, Dire murmuraba Traveler, disculpándose tácitamente por haberlo
llamado por su nombre-. Las bellas palabras extranjeras son como oasis, como
escalas. ¿Nunca iremos a Costa Rica? ¿A Panamá, donde antaño los galeones
imperiales...? ¡Gardel murió en Colombia, Dire, en Colombia!
-Nos falta el numerario, che -decía el Director, sacando el reloj-. Me voy al
hotel que mi Cuca debe estar que brama.
Traveler se quedaba solo en la oficina y se preguntaba cómo
serían los atardeceres en Connecticut. Para consolarse pasaba revista a las
cosas buenas de su vida. Por ejemplo, una de las buenas cosas de su vida había
sido entrar una mañana de 1940 en el despacho de su jefe, en Impuestos Internos,
con un vaso de agua en la mano. Había salido cesante, mientras el jefe se
absorbía el agua de la cara con un papel secante. Esa había sido una de las
buenas cosas de su vida, porque justamente ese mes iban a ascenderlo, así como
casarse con Talita había sido otra buena cosa (aunque los dos sostuvieran lo
contrario) puesto que Talita estaba condenada por su diploma de farmacéutica a
envejecer sin apelación en el esparadrapo, y Traveler se había apersonado a
comprar unos supositorios contra la bronquitis, y de la explicación que había
solicitado a Talita el amor había soltado sus espumas como el shampoo bajo la
ducha. Incluso Traveler sostenía que se había enamorado de Talita exactamente en
el momento en que ella, bajando los ojos, trataba de explicarle por qué el
supositorio era más activo después y no antes de una buena evacuación del
vientre.
-Desgraciado -decía Talita a la hora de las rememoraciones-. Bien que entendías
las instrucciones, pero te hacías el sonso para que yo te lo tuviera que
explicar.
-Una farmacéutica está al servicio de la verdad, aunque se localice en los
sitios más íntimos. Si supieras con qué emoción me puse el primer supositorio
esa tarde, después de dejarte. Era enorme y verde.
-El eucaliptus -decía Talita-. Alegrate de que no te vendí esos que huelen a ajo
a veinte metros.
Pero de a ratos se quedaban tristes y comprendían vagamente
que una vez más se habían divertido como recurso extremo contra la melancolía
porteña y una vida sin demasiado (¿Qué agregar a "demasiado"? Vago malestar en
la boca del estómago, el ladrillo negro como siempre).
Talita explicándole las melancolías de Traveler a la señora de Gutusso:
-Le agarra a la hora de la siesta, es como algo que le sube de la pleura.
-Debe ser alguna inflamación de adentro -dice la señora de Gutusso-. El
pardejón, que le dicen.
-Es del alma, señora. Mi esposo es poeta, créame.
Encerrado en el water, con una toalla contra la cara, Traveler llora de risa.
-¿No será alguna alergia, que le dicen? Mi nene el Vítor, usted lo ve jugando
ahí entre los malvones y es propiamente una flor, créame, pero cuando le agarra
la alergia al apio se pone que es un cuasimodo. Mire, se le van cerrando esos
ojitos tan negros que tiene, la boca se le hincha que parece un sapo, y al rato
ya no puede ni abrir los dedos de los pies.
-Abrir los dedos de los pies no es tan necesario -dice Talita.
Se oyen los rugidos ahogados de Traveler en el water, y
Talita cambia rápidamente de conversación para despistar a la señora de Gutusso.
Por lo regular Traveler abandona su escondite sintiéndose muy triste, y Talita
lo comprende. Habrá que hablar de la comprensión de Talita. Es una comprensión
irónica, tierna, como lejana. Su amor por Traveler está hecho de cacerolas
sucias, de largas vigilias, de una suave aceptación de sus fantasías nostálgicas
y su gusto por los tangos y el truco. Cuando Traveler está triste y piensa que
nunca ha viajado (y Talita sabe que eso no le importa, que sus preocupaciones
son más profundas) hay que acompañarlo sin hablar mucho, cebarle mate, cuidar de
que no le falte tabaco, cumplir el oficio de mujer cerca del hombre pero sin
taparle la sombra, y eso es difícil. Talita es muy feliz con Traveler, con el
circo, peinando al gato calculista antes de que salga a escena, llevando las
cuentas del Director. A veces piensa modestamente que está mucho más cerca que
Traveler de esas honduras elementales que lo preocupan, pero toda alusión
metafísica la asusta un poco y termina por convencerse de que él es el único
capaz de hacer la perforación y provocar el chorro negro y aceitoso. Todo eso
flota un poco, se viste de palabras o figuras, se llama lo otro, se llama la
risa o el amor, y también es el circo y la vida para darle sus nombres más
exteriores y fatales y no hay tu tía.
A falta de lo otro, Traveler es un hombre de acción. La
califica de acción restringida porque no es cosa de andarse matando. A lo largo
de cuatro décadas ha pasado por etapas fácticas diversas: fútbol (en Colegiales,
centrofoward nada malo), pedestrismo, política (un mes en la cárcel de Devoto en
1934), cunicultura y apicultura (granja en Manzanares, quiebra al tercer mes,
conejos apestados y abejas indómitas), automovilismo (copiloto de Marimón,
vuelco en Resistencia, tres costillas rotas), carpintería fina
(perfeccionamiento de muebles que se remontan al cielo raso una vez usados,
fracaso absoluto), matrimonio y ciclismo en la avenida General Paz los sábados,
en bicicleta alquilada. La urdidumbre de esa acción es una biblioteca mental
surtida, dos idiomas, pluma fácil, interés irónico por la soteriología y las
bolas de cristal, tentativa de creación de una mandrágora plantando una batata
en una palangana con tierra y esperma, la batata criándose al modo estentóreo de
las batatas, invadiendo la pensión, saliéndose por las ventanas, sigilosa
intervención de Talita armada de unas tijeras, Traveler explorando el tallo de
la batata, sospechando algo, renuncia humillada a la mandrágora fruto de horca,
Alraune, rémoras de infancia. A veces Traveler hace alusiones a un doble que
tiene más suerte que él, y a Talita, no sabe por qué, no le gusta eso, lo abraza
y lo besa inquieta, hace todo lo que puede para arrancarlo a esas ideas.
Entonces se lo lleva a ver a Marilyn Monroe, gran favorita de Traveler,
y-tasca-el-freno de unos celos puramente artísticos en la oscuridad del cine
Presidente Roca.
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