Capítulo 35
Sí Babs, sí. Sí
Babs, sí. Sí Babs, apaguemos la luz, darling, hasta mañana, sleep well,
corderito atrás de otro, ya pasó, nena, ya pasó. Todos tan malos con la pobre
Babs, nos vamos a borrar del Club para castigarlos. Todos tan malos con la
pobrecita Babs, Etienne malo, Perico malo, Oliveira malo, Oliveira el peor de
todos, ese inquisidor como le había dicho tan bien la preciosa, preciosa Babs.
Sí Babs sí. Rock-a-bye baby. Tura-lura-lura. Sí Babs sí. De todas maneras algo
tenía que pasar, no se puede vivir con esa gente y que no pase nada. Sh, baby,
sh. Así, bien dormida. Se acabó el Club, Babs, es seguro. No veremos más a
Horacio, al perverso Horacio. El Club ha saltado esta noche como un panqueque
que llega al techo y se queda pegado. Podés guardar la sartén, Babs, no va a
bajar más, no te matés esperando. Sh, darling, no llores más, qué borrachera
tiene esta mujer, hasta el alma le huele a coñac.
Ronald resbaló un poco, se acomodó contra Babs, se fue
quedando dormido. Club, Ossip, Perico, recapacitemos: todo había empezado porque
todo tenía que acabar, los dioses celosos, el huevo frito combinado con
Oliveira, la culpa concreta la tenía el jodido huevo frito, según Etienne no
había ninguna necesidad de tirar el huevo a la basura, una preciosidad con esos
verdes metálicos, y Babs se había encrespado a lo Housaki: el huevo daba un olor
a tumba que mataba, cómo pretender que el Club sesionara con ese huevo a dos
pasos, y de golpe Babs se puso a llorar, el coñac se le salía hasta por las
orejas, y Ronald comprendió que mientras se discutían cosas inmortales Babs se
había tomado ella sola más de media botella de coñac, lo del huevo era una
manera de exudarlo, y a nadie le extrañó y a Oliveira menos que a nadie que del
huevo Babs pasara poco a poco a rumiar lo del entierro, a prepararse entre hipos
y una especie de aleteo a soltar lo de la criatura, el entripado completo.
Inútil que Wong desplegara un biombo de sonrisas, interposiciones entre Babs y
Oliveira distraído, y referencias laudatorias a la edición de La rencontre de la
langue d`oïl, de la langue d`oc et du franco-provençal entre Loire et Allier-limites
phonetiques et morphologiques, subrayaba Wong, por S. Escoffier, libro del más
alto interés, decía Wong empujando enmantecadamente a Babs para proyectarla
hacia el pasillo, nada podía impedir que Oliveira escuchara lo del inquisidor y
que alzara las cejas con un aire entre admirado y perplejo, relojeando de paso a
Gregorovius como si éste pudiera aclararle el epíteto. El Club sabía que Babs
lanzada era Babs catapultada, otras veces ya había ocurrido: única solución la
rueda en torno a la redactora de actas y encargada del buffet, a la espera de
que el tiempo cumpliera su obra, ningún llanto es eterno, las viudas se casan de
nuevo. Nada que hacer, Babs borracha ondulaba entre los abrigos y las bufandas
del Club, retrocedía desde el pasillo, quería arreglar las cuentas con Oliveira,
era el momento justo de decirle a Oliveira lo de inquisidor, de afirmar
lacrimosamente que en su perra vida había conocido a alguien más infame,
desalmado, hijo de puta, sádico, maligno, verdugo, racista, incapaz de la menor
decencia, basura, podrido, montón de mierda, asqueroso y sifilítico. Noticias
acogidas con delicia infinita por Perico y Etienne, y expresiones
contradictorias por los demás, entre ellos el recipientario.
Era el ciclón Babs, el tornado del sexto distrito: puré de
casas. El Club agachaba la cabeza, se enfundaba en las gabardinas agarrándose
con todas su fuerzas de los cigarrillos. Cuando Oliveira pudo decir algo se hizo
un gran silencio teatral. Oliveira dijo que el pequeño cuadro de Nicolas de
Stäel le parecía muy hermoso y que Wong, ya que tanto jodía con la obra de
Escoffier, debería leerla y resumirla en alguna otra sesión del Club. Babs lo
trató otra vez de inquisidor, y Oliveira debió pensar algo divertido porque
sonrió. La mano de Babs le cruzó la cara. El Club tomó rápidas medidas y Babs se
largó a llorar a gritos, delicadamente sujeta por Wong que se interponía entre
ella y Ronald enfurecido. El Club se fue cerrando en torno a Oliveira de manera
de dejar fuera a Babs, que había aceptado a) sentarse en un sillón y b) el
pañuelo de Perico. Las precisiones sobre la rue Monge debieron empezar a esa
altura, y también la historia de la Maga samaritana, a Ronald le parecía -estaba
viendo grandes fosfenos verdes, entresueño recapitulador de la velada- que
Oliveira le había preguntado a Wong si era cierto que la Maga estaba viviendo en
un mueble de la rue Monge, y tal vez entonces Wong dijo que no sabía, o dijo que
era cierto, y alguien, probablemente Babs desde el sillón y grandes sollozos
volvió a insultar a Oliveira restregándole por la cara la abnegación de la Maga
samaritana junto a la cabecera de Pola enferma, y probablemente a esa altura
Oliveira se puso a reír mirando especialmente a Gregorovius, y pidió más
detalles sobre la abnegación de la Maga enfermera y si era cierto que vivía en
la rue Monge, qué número, esos detalles catastrales inevitables. Ahora Ronald
tendía a estirar la mano y meterla entre las piernas de Babs que rezongaba como
desde lejos, a Ronald le gustaba dormirse con los dedos perdidos en ese vago
territorio tibio, Babs agente provocadora precipitando la disolución del Club,
habría que reprenderla a la mañana siguiente: cosas-que-no-se-hacen. Pero todo
el Club había estado rodeando de alguna manera a Oliveira, como en un juicio
vergonzante, y Oliveira se había dado cuenta de eso antes que el mismo Club, en
el centro de la rueda se había echado a reír con el cigarrillo en la boca y las
manos en el fondo de la canadiense, y después había preguntado (a nadie en
particular, mirando un poco por encima del círculo de cabezas) si el Club
esperaba una amende honorable o algo por el estilo, y el Club no había entendido
en el primer momento o había preferido no entender, salvo Babs que desde el
sillón donde Ronald la sujetaba había vuelto a gritar lo de inquisidor, que
sonaba casi sepulcralmente a-esa-hora-avanzada-de-la-noche. Entonces Oliveira
había dejado de reírse, y como si bruscamente aceptara el juicio (aunque nadie
lo estaba juzgando, porque el Club no estaba para eso) había tirado el
cigarrillo al suelo, aplastándolo con el zapato, y después de un momento,
apartando apenas un hombro para evitar la mano de Etienne que se adelantaba
indecisa, había hablado en voz muy baja, anunciando irrevocablemente que se
borraba del Club y que el Club, empezando por él y siguiendo con todos los
demás, podía irse a la puta que lo parió.
Dont acte
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