Capítulo 25
Hubiera sido preferible que Gregorovius se callara o que
solamente hablara de Adgalle, dejándola fumar tranquila en la oscuridad, lejos
de las formas del cuarto, de los discos y de los libros que había que empaquetar
para que Horacio se los llevara cuando consiguiera una pieza. Pero era inútil,
se callaría un momento esperando que ella dijese algo, y acabaría por preguntar,
todos tenían siempre algo que preguntarle, era como si les molestara que ella
prefiriese cantar Mon p’tit voyou o hacer dibujitos con fósforos usados o
acariciar los gatos más roñosos de la rue du Sommerard, o darle la mamadera a
Rocamadour.
-Alors, mon p’tit voyou –canturreó la Maga -, la vie, qu’est-ce qu’on s’en fout...
-Yo también adoraba las peceras –dijo rememorativamente Gregorovius -. Les perdí
todo afecto cuando me inicié en las labores propias de mi sexo. En Dubrovnik, un
prostíbulo al que me llevó un marino danés que en ese entonces era el amante de
mi madre la de Odessa. A los pies de la cama había un acuario maravilloso , y la
cama también tenía algo de acuario con su colcha celeste un poco irisada, que la
gorda pelirroja apartó cuidadosamente antes de atraparme como a un conejo por
las orejas. No se puede el miedo, Lucía, el terror de todo aquello. Estábamos
tendidos de espaldas, uno al lado del otro, y ella me acariciaba maquinalmente,
yo tenía frío y ella me hablaba de cualquier cosa, de la pelea que acababa de
ocurrir en el bar , de las tormentas de marzo...Los peces pasaban y pasaban,
había uno, negro, un pez enorme, mucho más grande que los otros. Pasaba y pasaba
como su mano por mis piernas, subiendo, bajando...Entonces hacer el amor era
eso, un pez negro pasando y pasando obstinadamente. Una imagen como cualquier
otra, bastante cierta por lo demás. La repetición al infinito de un ansia de
fuga, de atravesar el cristal y entrar en otra cosa.
-Quién sabe –dijo la Maga-.A mí me parece que los peces ya no quieren salir de
la pecera, casi nunca tocan el vidrio con la nariz.
Gregorovius pensó que en alguna parte Chestov había hablado
de peceras con un tabique móvil que en un momento dado podía sacarse sin que el
pez habituado al compartimiento se decidiera jamás a pasar al otro lado. Llegar
hasta un punto del agua, girar, volverse, sin saber que ya no hay obstáculo, que
bastaría seguir avanzando...
-Pero el amor también podría ser eso –dijo Gregorovius -.Qué maravilla estar
admirando a los peces en su pecera y de golpe verlos pasar al aire libre, irse
como palomas. Una esperanza idiota, claro. Todos retrocedemos por miedo de
frotarnos la nariz con algo desagradable. De la nariz como límite del mundo,
tema de disertación. ¿Usted sabe cómo se le enseña a un gato a no ensuciar en
las habitaciones? Técnica del frotado oportuno. ¿Usted sabe cómo se le enseña a
un cerdo a que no se coma la trufa? Un palo en la nariz, es horrible. Yo creo
que Pascal era más experto en narices de lo que hace suponer su famosa reflexión
egipcia.
-¿Pascal? –dijo la Maga -.¿Qué reflexión egipcia?
Gregorovius suspiró. Todos suspiraban cuando ella hacía
alguna pregunta. Horacio y sobretodo Etienne, porque Etienne no solamente
suspiraba sino que resoplaba, bufaba y la trataba de estúpida. “Es tan violeta
ser ignorante”, pensó la Maga, resentida. Cada vez que alguien se escandalizaba
de sus preguntas, una sensación violeta, una masa violeta envolviéndola por un
momento. Había que respirar profundamente y el violeta se deshacía, se iba por
ahí como los peces, se dividía en multitud de rombos violetas, los barriletes en
los baldíos de Pocitos, el verano en las playas, manchas violeta contra el sol y
el sol se llamaba Ra y también era egipcio como Pascal. Ya casi no le importaba
el suspiro de Gregorovius, después de Horacio poco podían importarle los
suspiros de nadie cuando hacía una pregunta, pero de todos modos siempre quedaba
la mancha violeta por un momento, ganas de llorar, algo que duraba el tiempo de
sacudir el cigarrillo con ese gesto que estropea irresistiblemente las
alfombras, suponiendo que las haya.
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