Capítulo 22
Las opiniones eran que el viejo se había resbalado, que el
auto había “quemado” la luz roja, que el viejo había querido suicidarse, que
todo estaba cada vez peor en París, que el tráfico era monstruoso, que el viejo
no tenía la culpa, que el viejo tenía la culpa, que los frenos del auto no
andaban bien, que el viejo era de una imprudencia temeraria, que la vida estaba
cada vez más cara, que en París había demasiados extranjeros que no entendían
las leyes del tráfico y les quitaban el trabajo a los franceses.
El viejo no parecía demasiado contuso. Sonreía vagamente,
pasándose la mano por el bigote. Llegó una ambulancia, lo izaron a la camilla,
el conductor del auto siguió agitando las manos y explicando el accidente al
policía y a los curiosos.
-Vive en el treinta y dos de la rue Madame –dijo un muchacho rubio que había
cambiado algunas frases con Oliveira y los demás curiosos-. Es un escritor, lo
conozco. Escribe libros.
-El paragolpes le dio en las piernas, pero el auto ya estaba muy frenado.
-Le dio en el pecho –dijo el muchacho-. El viejo se resbaló en un montón de
mierda.
-Le dio en las piernas - dijo Oliveira
-Depende del punto de vista –dijo un señor enormemente bajo.
-Le dio en el pecho – dijo el muchacho-. Lo vi con estos ojos.
-En ese caso... ¿No sería bueno avisar a la familia?
-No tiene familia, es un escritor.
-Ah – dijo Oliveira.
-Tiene un gato y muchísimos libros. Una vez subí a llevarle un paquete de parte
de la portera, y me hizo entrar. Había libros por todas partes. Esto le tenía
que pasar, los escritores son distraídos. A mi, para que me agarre un auto...
Caían unas pocas gotas que disolvieron en un instante el coro
de testigos. Subiéndose el cuello de la canadiense, Oliveira metió la nariz en
el viento frío y se puso a caminar sin rumbo. Estaba seguro de que el viejo no
había sufrido mayores daños, pero seguía viendo su cara casi plácida, más bien
perpleja, mientras lo tendían en la camilla entre frases de aliento y cordiales
“Allez, pépère, c´est rien, ca!” del camillero, un pelirrojo que debía decirle
lo mismo a todo el mundo. “La incomunicación total”, pensó Oliveira. “No tanto
que estemos solos, ya es sabido y no hay tu tía. Estar solo es en definitiva
estar solo dentro de cierto plano en el que otras soledades podrían comunicarse
con nosotros si la cosa fuese posible. Pero cualquier conflicto, un accidente
callejero o una declaración de guerra, provocan la brutal intersección de planos
diferentes, y un hombre que quizá es una eminencia del sánscrito o de la física
de los quanta, se convierte en un pépère para el camillero que lo asiste en un
accidente. Edgar Poe metido en una carretilla, Verlaine en manos de medicuchos,
Nerval y Artaud frente a los psiquiatras. ¿Qué podía saber de Keats el galeno
italiano que lo sangraba y lo mataba de hambre? Si hombres como ellos guardan
silencio como es lo más probable, los otros triunfan ciegamente, sin mala
intención por supuesto, sin saber que ese operado, que ese tuberculoso, que ese
herido desnudo en una cama está doblemente solo rodeado de seres que se mueven
como detrás de un vidrio, desde otro tiempo...”
Metiéndose en un zaguán encendió un cigarrillo. Caía la
tarde, grupos de muchachas salían de los comercio, necesitadas de reír, de
hablar a gritos, de empujarse, de esponjarse en una porosidad de un cuarto de
hora antes de recaer en el bistec y la revista semanal. Oliveira siguió andando.
Sin necesidad de dramatizar, la más modesta objetividad era una apertura en
absurdo de París, de la vida gregaria. Puesto que había pensado en los poetas
era fácil acordarse de todos los que habían denunciado la soledad del hombre
junto al hombre, la irrisoria comedia de los saludos, el “perdón” al cruzarse en
la escalera, el asiento que se cede a las señoras en el metro, la confraternidad
en la política y los deportes. Sólo un optimismo biológico y sexual podían
disimularse a algunos su insularidad, mal que le pesara a John Donne. Los
contactos en la acción y la raza y el oficio y la cama y la cancha, eran
contactos de ramas y hojas que se entrecruzan y acarician de árbol a árbol,
mientras los troncos alzan desdeñosos sus paralelas inconciliables. “En el fondo
podríamos ser como en la superficie” pensó Oliveira, “pero habría que vivir de
otra manera. ¿Y qué quiere decir vivir de otra manera? Quizá vivir absurdamente
para acabar con el absurdo, tirarse en sí mismo con una tal violencia que el
salto acabara en los brazos de otro. Sí, quizá el amor, pero la otherness no
dura lo que dura una mujer, y además solamente en lo que toca a esa mujer. En el
fondo no hay otherness, apenas la agradable togetherness. Cierto que ya es
algo”... Amor, ceremonia ontologizante, dadora de ser. Y por eso se le ocurría
ahora lo que a lo mejor debería habérsele ocurrido al principio: sin poseerse no
había posesión de la otredad, ¿y quién se poseía de veras? ¿Quién estaba de
vuelta en sí mismo, de la soledad absoluta que representa no contar siquiera con
la compañía propia, tener que meterse en el cine o en el prostíbulo o en la casa
de los amigos o en una profesión absorbente o en el matrimonio para estar por lo
menos solo-entre-los-demás? Así, paradójicamente, el colmo de soledad conducía
al colmo de gregarismo, a la gran ilusión de la compañía ajena, al hombre solo
en la sala de los espejos y los ecos. Pero gentes como él y tantos otros, que se
aceptaban a sí mismos (o que se rechazaban pero conociéndose de cerca) entraban
en la peor paradoja, la de estar quizá al borde de la otredad y no poder
franquearlo. La verdadera otredad hecha de delicados contactos, de maravillosos
ajustes con el mundo, no podía cumplirse desde un solo término, a la mano
tendida debía responder otra mano desde el afuera, desde lo otro.
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