Capítulo 18
No ganaba nada con preguntarse qué hacía allí a esa hora y con esa gente, los queridos amigos tan desconocidos ayer y mañana, la gente que no era más que una nimia incidencia en el lugar y en el momento. Babs, Ronald, Ossip, Jelly Roll, Akhenatón: ¿qué diferencia? Las mismas sombras para las mismas velas verdes. La sbornia en su momento más alto. Vodka dudoso, horriblemente fuerte.
Si hubiera sido posible pensar una extrapolación de todo eso, entender el
Club, entender Cold Wagon Blues, entender el amor de la Maga, entender
cada piolincito saliendo de las cosas y llegando hasta sus dedos, cada títere o
cada titiritero, como una epifanía; entenderlos, no como símbolos de otra
realidad quizá inalcanzable, pero sí como potenciadores (qué lenguaje, qué
impudor), como exactamente líneas de fuga para una carrera a la que hubiera
tenido que lanzarse en ese momento mismo, despegándose de la piel esquimal que
era maravillosamente tibia y casi perfumada y tan esquimal que daba miedo, salir
al rellano, bajar, bajar solo, salir a la calle, salir solo, empezar a caminar,
caminar solo, hasta la esquina, la esquina sola, el café de Max, Max solo, el
farol de la rue de Bellechasse donde... donde solo. Y quizá a partir de ese
momento.
Pero todo en un plano me-ta-fí-sico. Porque Horacio, las palabras... Es
decir que las palabras, para Horacio... (Cuestión ya masticada en muchos
momentos de insomnio.) Llevarse de la mano a la Maga, llevársela bajo la lluvia
como si fuera el humo del cigarrillo, algo que es parte de uno, bajo la lluvia.
Volver a hacer el amor con ella pero un poco por ella, no ya para aprender un
desapego demasiado fácil, una renuncia que a lo mejor está encubriendo la
inutilidad del esfuerzo, el fantoche que enseña algoritmos en una vaga
universidad para perros sabios o hijas de coroneles. Si todo eso, la tapioca de
la madrugada empezando a pegarse a la claraboya, la cara tan triste de la Maga
mirando a Gregorovius mirando a la Maga mirando a Gregorovius, Struttin' with
some barbecue, Babs que lloraba de nuevo para ella, escondida de Ronald que
no lloraba pero tenía la cara cubierta de humo pegado, de vodka convertido en
una aureola absolutamente hagiográfica, Perico fantasma hispánico subido a un
taburete de desdén y adocenada estilística, si todo eso fuera extrapolable, si
todo eso no fuera, en el fondo no fuera sino que estuviera ahí para que
alguien (cualquiera pero ahora él, porque era el que estaba pensando, era en
todo caso el que podía saber con certeza que estaba pensando, ¡eh Cartesius
viejo jodido!), para que alguien, de todo eso que estaba ahí, ahincando y
mordiendo y sobre todo arrancando no se sabía qué pero arrancando hasta el
hueso, de todo eso se saltara a una cigarra de paz, a un grillito de
contentamiento, se entrara por una puerta cualquiera a un jardín cualquiera, a
un jardín alegórico para los demás, como los mandalas son alegóricos para los
demás, y en ese jardín se pudiera cortar una flor y que esa flor fuera la Maga,
o Babs, o Wong, pero explicados y explicándolo, restituidos, fuera de sus
figuras del Club, devueltos, salidos, asomados, a lo mejor todo eso no era más
que una nostalgia del paraíso terrenal, un ideal de pureza, solamente que la
pureza venía a ser un producto inevitable de la simplificación, vuela un alfil,
vuelan las torres, salta el caballo, caen los peones, y en medio del tablero,
inmensos como leones de antracita los reyes quedan flanqueados por lo más limpio
y final y puro del ejército, al amanecer se romperán las lanzas fatales, se
sabrá la suerte, habrá paz. Pureza como la del coito entre caimanes, no la
pureza de oh maría madre mía con los pies sucios; pureza de techo de pizarra con
palomas que naturalmente cagan en la cabeza de las señoras frenéticas de cólera
y de manojos de rabanitos, pureza de... Horacio, Horacio, por favor.
Pureza.
(Basta. Andate. Andá al hotel, date un baño, leé Nuestra Señora de París o
Las Lobas de Machecoul, sacate la borrachera. Extrapolación, nada menos.)
Pureza. Horrible palabra. Puré, y después za. Date un poco cuenta. El jugo
que le hubiera sacado Brisset. ¿Por qué estás llorando? ¿Quién llora, che?
Entender el puré como una epifanía. Damn the language. Entender. No
inteligir: entender. Una sospecha de paraíso recobrable: No puede ser que
estemos aquí para no poder ser.
¿Brisset? El
hombre desciende de las ranas... Blind as a bat, drunk as a butterfly, foutu,
royalement foutu devant les portes, que peut'être...
(Un pedazo de hielo en
la nuca, irse a dormir. Problema: ¿Johnny Dodds o Albert Nicholas?. Dodds, casi
seguro. Nota: preguntarle a Ronald.) Un mal verso, aleteando desde la claraboya:
"Antes de caer en la nada con el último diástole..."
Qué mamúa
padre. The doors of perception, by Aldley Huxdous. Get yourself a tiny bit of
mescalina, brother, the rest is bliss and diarrhoea.
Pero seamos serios (sí,
era Johnny Dodds, uno llega a la comprobación por vía indirecta. El baterista no
puede ser sino Zutty Singleton, ergo el clarinete es Johnny Dodds, jazzología,
ciencia deductiva, facilísima después de las cuatro de la mañana. Desaconsejable
para señores y clérigos). Seamos serios, Horacio, antes de enderezarnos muy de a
poco y apuntar hacia la calle, preguntémonos con el alma en la punta de la mano
(¿la punta de la mano?) En la palma de la lengua, che, o algo así. Toponomía,
anatología descriptológica, dos tomos i-lus-tra-dos), preguntémonos si la
empresa hay que acometerla desde arriba o desde abajo (pero qué bien, estoy
pensando clarito, el vodka las clava como mariposas en el cartón, A es A, a rose
is a rose is a rose, April is the cruellest month, cada cosa en su lugar y un
lugar para cada rosa es una rosa es una rosa...).
Uf. Beware of the Jabberwocky my son.
Horacio resbaló un poco más y vio muy claramente todo lo que quería ver. No
sabía si la empresa había que acometerla desde arriba o desde abajo, con la
concentración de todas sus fuerzas o más bien como ahora, desparramado y
líquido, abierto a la claraboya, a las velas verdes, a la cara de corderito
triste de la Maga, a Ma Rainey que cantaba Jelly Beans Blues. Más bien
así, más bien desparramado y receptivo, esponjoso como todo era esponjoso apenas
se lo miraba mucho y con los verdaderos ójos. No estaba tan borracho como para
no sentir que había hecho pedazos su casa, que dentro de él nada estaba en su
sitio pero que al mismo tiempo -era cierto, era maravillosamente cierto-, en el
suelo o el techo, debajo de la cama o flotando en una palangana había estrellas
y pedazos de eternidad, poemas como soles y enormes caras de mujeres y de gatos
donde ardía la furia de sus especies, en la mezcla de basura y placas de jade de
su lengua donde las palabras se trenzaban noche y día en furiosas batallas de
hormigas contra escolopendras, la blasfemia coexistía con la pura mención de las
esencias, la clara imagen con el peor lunfardo. El desorden triunfaba y corría
por los cuartos con el pelo colgando en mechones astrosos, los ojos de vidrio,
las manos llenas de barajas que no casaban, mensajes donde faltaban las firmas y
los encabezamientos, y sobre las mesas se enfriaban platos de sopa, el suelo
estaba lleno de pantalones tirados, de manzanas podridas, de vendas manchadas. Y
todo eso de golpe crecía y era una música atroz, era más que el silencio
afelpado de las casas en orden de sus parientes intachables, en mitad de la
confusión donde el pasado era incapaz de encontrar un botón de camisa y el
presente se afeitaba con pedazos de vidrio a falta de una navaja enterrada en
alguna maceta, en mitad de un tiempo que se abría como una veleta a cualquier
viento, un hombre respiraba hasta no poder más, se sentía vivir hasta el delirio
en el acto mismo de contemplar la confusión que lo rodeaba y preguntarse si algo
de eso tenía sentido. Todo desorden se justificaba si tendía a salir de sí
mismo, por la locura se podía acaso llegar a una razón que no fuera esa razón
cuya falencia es la locura. "Ir del desorden al orden", pensó Oliveira. "Sí,
¿pero qué orden puede ser ése que no parezca el más nefando, el más terrible, el
más insanable de los desórdenes? El orden de los dioses se llama ciclón o
leucemia, el orden del poeta se llama antimateria, espacio duro, flores de
labios temblorosos, realmente qué sbornia tengo, madre mía, hay que irse a la
cama en seguida." Y la Maga estaba llorando, Guy había desaparecido, Etienne se
iba detrás de Perico, y Gregorovius, Wong y Ronald miraban un disco que giraba
lentamente, treinta y tres revoluciones y media por minuto, ni una más ni una
menos, y en esas revoluciones Oscar's Blues, claro que por el mismo Oscar
al piano, un tal Oscar Peterson, un tal pianista con algo de tigre y felpa, un
tal pianista triste y gordo, un tipo al piano y la lluvia sobre la claraboya, en
fin, literatura.
Copyrigth 2002© Todos los derechos reservados