Capítulo 16
Cuando se fue
de la pieza era casi de madrugada, y yo ya ni sabía llorar.
-El asqueroso -dijo Babs.
-Oh, la Maga merecía ampliamente ese homenaje -dijo Etienne-. Lo único
curioso, como siempre, es el divorcio diabólico de las formas y los contenidos.
En todo lo que contaste el mecanismo es casi exactamente el mismo que entre dos
enamorados, aparte de la menor resistencia y probablemente la menor agresividad.
-Capítulo ocho, sección cuatro, párrafo A -dijo Oliveira-. Presses
Universitaires Françaises.
-Ta gueule -dijo Etienne.
-En resumen -opinó Ronald- ya sería tiempo de escuchar algo así como Hot
and Bothered.
-Título apropiado a las circunstancias rememoradas -dijo Oliveira llenando su
vaso-. El negro fue un valiente, che.
-No se presta a bromas -dijo Gregorovius.
-Usted se lo buscó, amigazo.
-Y usted está borracho, Horacio.
-Por supuesto. Es el gran momento, la hora lúcida. Vos, nena, deberías
emplearte en alguna clínica gerontológica. Miralo a Ossip, tus amenos recuerdos
le han sacado por lo menos veinte años de encima.
-Él se lo buscó -dijo resentida la Maga-. Ahora que no salga diciendo que no
le gusta. Dame vodka, Horacio.
Pero Oliveira no parecía dispuesto a inmiscuirse más entre la Maga y
Gregorovius, que murmuraba explicaciones poco escuchadas. Mucho más se oyó la
voz de Wong ofreciéndose a hacer el café. Muy fuerte y caliente, un secreto
aprendido en el casino de Mentón. El Club aprobó por unanimidad, aplausos.
Ronald besó cariñosamente la etiqueta de un disco, lo hizo girar, le acercó la
púa ceremoniosamente. Por un instante la máquina Ellington los arrasó con la
fabulosa payada de la trompeta y Baby Cox, la entrada sutil y como si nada de
Johnny Hodges, el crescendo (pero ya el ritmo empezaba a endurecerse después de
treinta años, un tigre viejo aunque todavía elástico) entre riffs tensos y
libres a la vez, pequeño difícil milagro: Swing, ergo soy. Apoyándose en
la manta esquimal, mirando las velas verdes a través de la copa de vodka (íbamos
a ver los peces al Quai de la Mégisserie) era casi sencillo pensar que quizá eso
que llamaban la realidad merecía la frase despectiva del Duke, It don't mean
a thing if it ain't that swing, pero por qué la mano de Gregorovius había
dejado de acariciar el pelo de la Maga, ahí estaba el pobre Ossip más lamido que
una foca, tristísimo con el desfloramiento archipretérito, daba lástima sentirlo
rígido en esa atmósfera donde la música aflojaba las resistencias y rejía como
una respiración común, la paz de un solo enorme corazón latiendo para todos,
asumiéndolos a todos. Y ahora una voz rota, abriéndose paso desde un disco
gastado, vieja tristeza anacreóntica, un carpe diem Chicago 1929.
You so
beautiful but you gotta die some day,
You so beautiful but you gotta die some day,
All I want's a little lovin' before you pass away.
De cuando en
cuando ocurría que las palabras de los muertos coincidían con lo que estaban
pensando los vivos (sí unos estaban vivos y los otros muertos).
You so
beautiful. Je ne veux pas mourir sans avoir compris pourquoi j'avais vécu.
Un blues, René
Daumal, Horacio Oliveira, but you gotta die some day, you so beautiful but - Y
por eso Gregorovius insistía en conocer el pasado de la Maga, para que se
muriera un poco menos de esa muerte hacia atrás que es toda ignorancia de las
cosas arrastradas por el tiempo, para fijarla en su propio tiempo, you so
beautiful but you gotta, para no amar a un fantasma que se deja acariciar el
pelo bajo la luz verde, pobre Ossip, y qué mal estaba acabando la noche, todo
tan increíblemente tan, los zapatos de Guy Monod, but you gotta die some day, el
negro Ireneo (después, cuando agarra confianza, la Maga le contaría lo de
Ledesma, lo de los tipos la noche de carnaval, la saga montevideana completa). Y
de golpe, con una desapasionada perfección, Earl Hines proponía la primera
variación de I ain't got nobody, y hasta Perico, perdido en una lectura
remota, alzaba la cabeza y se quedaba escuchando, la Maga había aquietado la
cabeza contra el muslo de Gregorovius y miraba el parquet, el pedazo de alfombra
Turca, una hebra roja que se perdía en el zócalo, un vaso vacío al lado de la
pata de una mesa. Quería fumar pero no iba a pedirle un cigarrillo a Gregorovius,
sin saber por qué no se lo iba a pedir y tampoco a Horacio, pero sabía por qué
no iba a pedírselo a Horacio, no quería mirarlo en los ojos y que él se riera
otra vez vengándose de que ella estuviera pegada a Gregorovius y en toda la
noche no se le hubiera acercado. Desvalida, se le ocurrían pensamientos
sublimes, citas de poemas que se apropiaba para sentirse en el corazón mismo de
la alcachofa, por un lado I ain't got nobody, and nobody cares for me,
que no era cierto ya que por lo menos dos de los presentes estaban malhumorados
por causa de ella, y al mismo tiempo un verso de Perse, algo así como Tu est
là, mon amour, et je n'ai lieu qu'en toi, donde la Maga se refugiaba
apretándose contra el sonido de lieu, de Tu est là, mon amour, la
blanda aceptación de la fatalidad que exigía cerrar los ojos y sentir el cuerpo
como una ofrenda, algo que cualquiera podía tomar y manchar y exaltar como
Ireneo, y que la música de Hines coincidiera con manchas rojas y azules que
bailaban por dentro de sus párpados y se llamaban, no se sabía por qué, Volaná y
Valené, a la izquierda Volaná (and nobody cares for me) girando
enloquecidamente, arriba Valené, suspendida como una estrella de un azul
pierodellafrancesca, et je n'ai lieu qu'en toi, Volaná y Valené, Ronald
no podría tocar jamás el piano como Earl Hines, en realidad Horacio y ella
deberían tener ese disco y escucharlo de noche en la oscuridad, aprender a
amarse con esas frases, esas largas caricias nerviosas, I ain't got nobody
en la espalda, en los hombros, los dedos detrás del cuello, entrando las uñas en
el pelo y retirándolas poco a poco, un torbellino final y Valené se fundía con
Volaná, tu est là, mon amour and nobody cares for me, Horacio estaba ahí
pero nadie se ocupaba de ella, nadie le acariciaba la cabeza, Valené y Volaná
habían desaparecido y los párpados le dolían a fuerza de apretarlos, se oía
hablar a Ronald y entonces olor a café, ah, olor maravilloso del café, Wong
querido, Wong Wong Wong.
Se enderezó, parpadeando, miró a Gregorovius que parecía como menoscabado y
sucio. Alguien le alcanzó una taza.
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