Capítulo 14
Salió del rincón
donde estaba metido, puso el pie en una porción del piso después de examinarlo
como si fuera necesario escoger exactamente el lugar para poner el pie, después
adelantó el otro con la misma cautela, y a dos metros de Ronald y Babs empezó a
encogerse hasta quedar impecablemente instalado en el suelo.
- Llueve – dijo Wong, mostrando con el dedo el trasluz de la bohardilla.
Disolviendo la nube de humo con una lenta mano, Oliveira contempló a Wong desde
un amistoso contento.
- Menos mal que alguien se decide a situarse al nivel del mar, no se ven más que
zapatos y rodillas por todos lados.
¿Dónde está su vaso, che?
- Por ahí - dijo Wong.
A la larga resultó que el vaso estaba lleno y a tiro. Se pusieron a beber,
apreciativos, y Ronald les soltó un John Coltrane que hizo bufar a Perico. Y
después un Sidney Bechet época París merengue, un poco como tomada de pelo a las
fijaciones hispánicas.
- ¿Es cierto que usted prepara un libro sobre la tortura?
- Oh, no es exactamente eso – dijo Wong.
- ¿Qué es, entonces?
- En China se tenía un concepto distinto del arte.
- Ya lo sé, todos hemos leído al chino Mirbeau. ¿Es cierto que usted tiene fotos
de tortura, tomadas en Pekín en mil novecientos veinte o algo así?
- Oh, no –dijo Wong, sonriendo -. Están muy borrosas, no vale la pena
mostrarlas.
- ¿Es cierto que siempre lleva la peor en la cartera?
- Oh, no – dijo Wong.
- ¿Y que la ha mostrado a unas mujeres en un café?
- Insistían tanto – dijo Wong -. Lo peor es que no comprendieron nada.
- A ver – dijo Oliveira, estirando la mano.
Wong se puso a mirarle la mano, sonriendo. Oliveira estaba demasiado borracho
para insistir. Bebió más vodka y cambió la postura. Le pusieron una hoja de
papel doblada en cuatro en la mano. En lugar de Wong había una sonrisa de gato
de Cheshire y una especie de reverencia entre el humo. El poste debía medir unos
dos metros, pero había ocho postes, solamente que era el mismo poste repetido
ocho veces en cuatro series de dos fotos cada una, que se miraban de izquierda a
derecha y de arriba abajo, el poste era exactamente el mismo a pesar de ligeras
diferencias de enfoque, lo único que iba cambiando era el condenado sujeto al
poste, las caras de los asistentes (había una mujer a la izquierda) y la
posición del verdugo, siempre un poco a la izquierda por gentileza hacia el
fotógrafo, algún etnólogo norteamericano o danés con buen pulso pero una Kodak
del año veinte, instantáneas bastante malas, de manera que aparte de la segunda
foto, cuando la suerte de los cuchillos había decidido oreja derecha y el resto
del cuerpo desnudo se veía perfectamente nítido, las otras fotos, entre la
sangre que iba cubriendo el cuerpo y la mala calidad de la película o del
revelado, eran bastante decepcionantes sobre todo a partir de la cuarta, en que
el condenado no era más que una masa negruzca de la que sobresalía la boca
abierta y un brazo muy blanco, las tres últimas fotos eran prácticamente
idénticas salvo la actitud del verdugo, en la sexta foto agachado junto a la
bolsa de los cuchillos, sacando la suerte (pero debía trampear, porque si
empezaba por los cortes más profundos...), y mirando mejor se alcanzaba a ver
que el torturado estaba vivo porque un pie se desviaba hacia fuera a pesar de la
presión de las sogas, y la cabeza estaba echada hacia atrás, la boca siempre
abierta, en el suelo la gentileza china debía haber amontonado abundante aserrín
porque el charco no aumentaba, hacía un óvalo casi perfecto en torno al poste.
"La séptima es la crítica", la voz de Wong venía desde muy atrás del vodka y el
humo, había que mirar con atención porque la sangre chorreaba desde los dos
medallones de las tetillas profundamente cercenadas (entre la segunda y tercera
foto), pero se veía que en la séptima había salido un cuchillo decisivo porque
la forma de los muslos abiertos hacia afuera parecía cambiar, y acercándose
bastante la foto a la cara se veía que el cambio no era en los muslos sino entre
las ingles, en lugar de la mancha borrosa de la primera foto había como un
agujero chorreado, una especie de sexo de niña violada de donde saltaba la
sangre en hilos que resbalaban por los muslos. Y si Wong desdeñaba la octava
foto debía tener razón porque el condenado ya no podía estar vivo, nadie deja
caer en esa forma la cabeza de costado. "Según mis informes la operación total
duraba una hora y media", observó ceremoniosamente Wong. La hoja de papel se
plegó en cuatro, una billetera de cuero negro se abrió como un caimancito para
comérsela entre el humo. "Por supuesto, Pekín ya no es el de antes. Lamento
haberle mostrado algo bastante primitivo, pero otros documentos no se pueden
llevar en el bolsillo, hacen falta explicaciones, una iniciación..."
La voz llegaba de tan lejos que parecía una prolongación de las imágenes, una
glosa de letrado ceremonioso. Por encima o por debajo Big Bill Broonzy empezó a
salmodiar See, see, rider, como siempre todo convergía desde dimensiones
inconciliables, un grotesco collage que había que ajustar con vodka y categorías
kantianas, esos tranquilizantes contra cualquier coagulación demasiado brusca de
la realidad. O, como casi siempre, cerrar los ojos y volverse atrás, al mundo
algodonoso de cualquier otra noche escogida atentamente de entre la baraja
abierta. See, see, rider, cantaba Big Bill, otro muerto, see what you have done.
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