Capítulo 13
Envuelto en humo
Ronald largaba disco tras disco casi sin molestarse en averiguar las
preferencias ajenas, y de cuando en cuando Babs se levantaba del suelo y se
ponía también a hurgar en las pilas de viejos discos de 78, elegía cinco o seis
y los dejaba sobre la mesa al alcance de Ronald que se echaba hacia adelante y
acariciaba a Babs que se retorcía riendo y se sentaba en sus rodillas, apenas un
momento porque Ronald quería estar tranquilo para escuchar Don`t play me cheap.
Satchmo cantaba
Don`t you play me cheap
Because I look so meek.
y Babs se retorcía en las rodillas de Ronald, excitada por la manera de cantar
de Satchmo, el tema era lo bastante vulgar para permitirse libertades que Ronald
no le hubiera consentido cuando Satchmo cantaba Yellow Dog Blues, y porque en el
aliento que Ronald le estaba echando en la nuca había una mezcla de vodka y
sauerkraut que titilaba espantosamente a Babs. Desde su altísimo punto de mira,
en una especie de admirable pirámide de humo y música y vodka y sauerkraut y
manos de Ronald permitiéndose excursiones y contramarchas, Babs condescendía a
mirar hacia abajo por entre los párpados entornados y veía a Oliveira en el
suelo, la espalda apoyada en la pared contra la piel esquimal, fumando y ya
perdidamente borracho, con una cara sudamericana resentida y amarga donde la
boca sonreía a veces entre pitada y pitada, los labios de Oliveira que Babs
había deseado alguna vez (no ahora) se curvaban apenas mientras el resto de la
cara estaba como lavado y ausente. Por más que le gustara el jazz Oliveira nunca
entraría en el juego como Ronald, para él sería bueno o malo, hot o cool, blanco
o negro, antiguo o moderno, Chicago o New Orleans, nunca el jazz, nunca eso que
ahora eran Satchmo, Ronald y Babs, Baby don`t you play me cheap because I look
so meek, y después la llamarada de la trompeta, el falo amarillo rompiendo el
aire y gozando con avances y retrocesos y hacia el final tres notas ascendentes,
hipnóticamente de oro puro, una perfecta pausa donde todo el swing del mundo
palpitaba en un instante intolerable, y entonces la eyaculación de un sobreagudo
resbalando y cayendo como un cohete en la noche sexual, la mano de Ronald
acariciando el cuello de Babs y la crepitación de la púa mientras el disco
seguía girando y el silencio que había en toda música verdadera se desarrimaba
lentamente de las paredes, salía de debajo del diván, se despegaba como labios o
capullos.
-Ça alors –dijo Etienne.
-Sí, la gran época de Armstrong –dijo Ronald, examinando la pila de discos que
había elegido Babs-. Como el período del gigantismo en Picasso, si quieres.
Ahora están los dos hechos unos cerdos. Pensar que los médicos inventan curas de
rejuvenecimiento... Nos van a seguir jodiendo otros veinte años, verás.
-A nosotros no –dijo Etienne-. Nosotros ya les hemos pegado un tiro en el
momento justo, y ojalá me lo peguen a mí cuando sea la hora.
-La hora justa, casi nada pedís, pibe –dijo Oliveira, bostezando-. Pero es
cierto que ya les pegamos el tiro de gracia. Con una rosa en vez de una bala,
por decirlo así. Lo que sigue es costumbre y papel carbónico, pensar que
Armstrong ha ido ahora por primera vez a Buenos Aires, no te podés imaginar los
miles de cretinos convencidos de que estaban escuchando algo del otro mundo, y
Satchmo con más trucos que un boxeador viejo, esquivando el bulto, cansado y
monetizado y sin importarle un pito lo que hace, pura rutina, mientras algunos
amigos que estimo y que hace veinte años se tapaban las orejas si les ponías
Mabogancy Hall Stomp, ahora pagan qué sé yo cuántos mangos la platea para oír
esos refritos. Claro que mi país es puro refrito, hay que decirlo con todo
cariño.
-Empezando por ti –dijo Perico detrás de un diccionario-. Aquí has venido
siguiendo el molde de tus connacionales que se largaban a París para hacer su
educación sentimental. Por lo menos en España eso se aprende en el burdel y en
los toros, coño.
-Y en la condesa de Pardo Bazán –dijo Oliveira, bostezando de nuevo-. Por lo
demás tenés bastante razón, pibe. Yo en realidad donde debería estar es jugando
al truco con Traveler. Verdad que no lo conocés. No conocés nada de todo eso.
¿Para qué hablar?
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