Capítulo 12
A Gregorovius siempre le habían gustado las reuniones del Club, porque en
realidad eso no era en absoluto un club y respondía así a su más alto concepto
del género. Le gustaba Ronald por su anarquía, por Babs, por la forma en que se
estaban matando minuciosamente sin importárseles nada, entregados a la lectura
de Carson Mc Cullers, de Miller, de Raymond Queneau, al jazz como un modesto
ejercicio de liberación, al reconocimiento sin ambages de que los dos habían
fracasado en las artes. Le gustaba, por así decirlo, Horacio Oliveira, con el
que tenía una especie de relación persecutoria, es decir que a Gregorovius lo
exasperaba la presencia de Oliveira en el mismo momento en el que se lo
encontraba, después de haberlo estado buscando sin confesárselo, y a Horacio le
hacían gracia los misterios baratos con que Gregorovius envolvía sus orígenes y
sus modos de vida, lo divertía que Gregorovius estuviera enamorado de la Maga y
creyera que él no lo sabía, y los dos se admitían y se rechazaban en el mismo
momento, con una especie de torear ceñido que era al fin y al cabo uno de los
tantos ejercicios que justificaban las reuniones del club. Jugaban mucho a
hacerse los inteligentes, a organizar series de alusiones que desesperaban a la
Maga y ponían furiosa a Babs, les bastaba mencionar de paso cualquier cosa, como
ahora que Gregorovius pensaba que verdaderamente entre él y Horacio había una
especie de persecución desilusionada, y de inmediato uno de ellos citaba al
mastín del cielo, I fled Him , etc., y mientras la Maga los miraba con una
especie de humilde desesperación, ya el otro estaba en el volé tan alto, tan
alto que a la caza le di alcance, y acababan riéndose de ellos mismos pero ya
era tarde, porque a Horacio le daba asco ese exhibicionismo de la memoria
asociativa, y Gregorovius se sentía aludido por ese asco que ayudaba a suscitar,
y entre los dos se instalaba como un resentimiento de cómplices, y dos minutos
después reincidían, y eso, entre otras cosas, eran las sesiones del Club.
- Pocas veces se ha tomado aquí un vodka tan malo -dijo Gregorovius llenando el
vaso-. Lucía, usted me estaba por contar de su niñez. No es que me cueste
imaginármela a orillas del río, con trenzas y un color rosado en las mejillas,
como mis compatriotas de Transilvania, antes de que se les fueran poniendo
pálidas con este maldito clima luteciano.
-¿Luteciano? - preguntó la Maga.
Gregorovius suspiró. Se puso a explicarle y la Maga lo escuchaba humildemente y
aprendiendo, cosa que siempre hacía con gran intensidad hasta que la distracción
venía a salvarla. Ahora Ronald había puesto un viejo disco de Hawkins, y la Maga
parecía resentida con esas explicaciones que le estropeaban la música y no eran
lo que ella esperaba siempre de una explicación, una cosquilla en la piel, una
necesidad de respirar hondo como debía respirar Hawkins antes de atacar otra vez
la melodía y como a veces respiraba ella cuando Horacio se dignaba explicarle de
veras un verso oscuro, agregándole esa otra oscuridad fabulosa donde ahora, si
él hubiese estado explicando lo de los lutecianos en vez de Gregorovius, todo se
hubiera fundido en una misma felicidad, la música de Hawkins, los lutecianos, la
luz de las velas verdes, la cosquilla, la profunda respiración que era su única
certidumbre irrefutable, algo sólo comparable a Rocamadour o a la boca de
Horacio o a veces a un adagio de Mozart que ya casi no se podía escuchar de puro
arruinado que estaba el disco.
-No sea así- dijo humildemente Gregorovius-. Lo que yo quería era entender un
poco mejor su vida, eso que es usted y que tiene tantas facetas.
-Mi vida -dijo la Maga-. Ni borracha la contaría. Y no me va a entender mejor
porque le cuente mi infancia, por ejemplo. No tuve infancia, además.
-Yo tampoco. En Herzegovina.
-Yo en Montevideo. Le voy a decir una cosa, a veces sueño con la escuela
primaria, es tan horrible que me despierto gritando. Y los quince años, yo no sé
si usted ha tenido alguna vez quince años.
-Creo que sí -dijo Gregorovius inseguro.
-Yo sí, en una casa con patio y macetas donde mi papá tomaba mate y leía
revistas asquerosas. ¿A usted le vuelve su papá? Quiero decir el fantasma.
-No, en realidad más bien mi madre -dijo Gregorovius-. La de Glasgow, sobre
todo. Mi madre en Glasgow a veces vuelve, pero no es un fantasma; un recuerdo
demasiado mojado, eso es todo. Se va con alka seltzer, es fácil. ¿Entonces a
usted...?
-Qué se yo -dijo la Maga, impaciente-. Es esa música, esas velas verdes, Horacio
ahí en ese rincón, como un indio. ¿Por qué le tengo que contar cómo vuelve? Pero
hace unos días me había quedado en casa esperando a Horacio, ya había caído la
noche, yo estaba sentada cerca de la cama y afuera llovía, un poco como en ese
disco.
Sí, era un poco así, yo miraba la cama esperando a Horacio, no sé cómo la colcha
de la cama estaba puesta de una manera, de golpe vi a papá de espaldas y con la
cara tapada como siempre que se emborrachaba y se iba a dormir. Se veían las
piernas, la forma de una mano sobre el pecho. Sentí que se me paraba el pelo,
quería gritar, en fin, eso que una siente, a lo mejor usted ha tenido miedo
alguna vez... Quería salir corriendo, la puerta estaba tan lejos, en el fondo de
pasillos y más pasillos, la puerta cada vez más lejos y se veía subir y bajar la
colcha rosa, se oía el ronquido de mi papá, de un momento a otro iba a asomar
una mano, los ojos, y después la nariz como un gancho, no, no vale la pena que
le cuente todo eso, al final grité tanto que vino la vecina de abajo y me dio
té, y después Horacio me trató de histérica.
Gregorovius le acarició el pelo, y la Maga agachó la cabeza. "Ya está", pensó
Oliveira, renunciando a seguir los juegos de Dizzy Gillespie sin red en el
trapecio más alto, "ya está, tenía que ser. Anda loco por esa mujer, y se lo
dice así, con los diez dedos. Cómo se repiten los juegos. Calzamos en moldes más
que usados, aprendemos como idiotas cada papel más que sabido. Pero si soy yo
mismo acariciándole el pelo, y ella me está contando sagas rioplatenses, y le
tenemos lástima, entonces hay que llevarla a casa, un poco bebidos todos,
acostarla despacio acariciándola, soltándole la ropa, despacito, despacito cada
botón, cada cierre relámpago, y ella no quiere, quiere, no quiere, se endereza,
se tapa la cara, llora, nos abraza como para proponernos algo sublime, ayuda a
bajarse el slip, suelta un zapato con un puntapié que nos parece una protesta y
nos excita a los últimos arrebatos, ah, es innoble, innoble. Te voy a tener que
romper la cara, Ossip Gregorovius , pobre amigo mío. Sin ganas, sin lástima,
como eso que está soplando Dizzy, sin lástima, sin ganas, tan absolutamente sin
ganas como eso que está soplando Dizzy".
-Un perfecto asco -dijo Oliveira-. Sacame esa porquería del plato. Yo no vengo
más al club si aquí hay que escuchar a ese mono sabio.
-Al señor no le gusta el bop - dijo Ronald, sarcástico-. Esperá un momento , en
seguida te pondremos algo de Paul Whiteman.
-Solución de compromiso -dijo Etienne-. Coincidencia de todos los sufragios:
oigamos a Bessie Smith, Ronald de mi alma, la paloma en la jaula de bronce.
Ronald y Babs se largaron a reír, no se veía bien por qué, y Ronald buscó en la
pila de viejos discos. La púa crepitaba horriblemente, algo empezó a moverse en
lo hondo como capas y capas de algodones entre la voz y los oídos, Bessie
cantando con la cara vendada, metida en un canasto de ropa sucia, y la voz salía
cada vez más ahogada, pegándose a los trapos salía y clamaba sin cólera ni
limosna, I wanna be somebody´s baby doll , se replegaba a la espera, una voz de
esquina y de casa atestada de abuelas, to be somebody´s baby doll , más caliente
y anhelante, jadeando ya I wanna be somebody´s baby doll .
Quemándose la boca con un largo trago de vodka, Oliveira pasó el brazo por los
hombros de Babs y se apoyó en su cuerpo confortable. "Los intercesores", pensó,
hundiéndose blandamente en el humo del tabaco. La voz de Bessie, se adelgazaba
hacia el fin del disco, ahora Ronald daría vuelta a la placa de bakelita (si era
bakelita) y de ese pedazo de materia gastada renacería una vez más Empty Bed
Blues, una noche de los años veinte en algún rincón de los Estados Unidos.
Ronald había cerrado los ojos, las manos apoyadas en las rodillas marcaban
apenas el ritmo. También Wong y Etienne habían cerrado los ojos, la pieza estaba
casi a oscuras y se oía chirriar la púa en el viejo disco, a Oliveira le costaba
creer que todo eso estuviera sucediendo. ¿Por qué allí, por qué el Club, esas
ceremonias estúpidas, por qué era así ese blues cuando lo cantaba Bessie? "Los
intercesores", pensó otra vez, hamacándose con Babs que estaba completamente
borracha y lloraba en silencio escuchando a Bessie, estremeciéndose a compás o
contratiempo, sollozando para adentro para no alejarse por nada de los blues de
la cama vacía, la mañana siguiente, los zapatos en los charcos, el alquiler sin
pagar, el miedo a la vejez, imagen cenicienta del amanecer en el espejo a los
pies de la cama, los blues, el cafard infinito de la vida. "Los intercesores,
una irrealidad mostrándonos otra, como los santos pintados que muestran el cielo
con el dedo. No puede ser que esto exista, que realmente estemos aquí, que yo
sea alguien que se llame Horacio. Ese fantasma ahí, esa voz de una negra muerta
hace veinte años en un accidente de auto: eslabones de una cadena inexistente,
cómo nos sostenemos aquí, cómo podemos estar reunidos esta noche si no es por un
mero juego de ilusiones, de reglas aceptadas y consentidas, de pura baraja en
las manos de un tallador inconcebible..."
-No llorés- le dijo Oliveira a Babs, hablándole al oído-. No llorés, Babs, todo
esto no es verdad.
-Oh, sí, oh, sí que es verdad-dijo Babs, sonándose-.Oh, sí que es verdad.
-Será- dijo Oliveira, besándola en la mejilla
-pero no es la verdad.
-Como esas sombras- dijo Babs, tragándose los mocos y moviendo la mano de un
lado a otro -y uno está tan triste, Horacio, porque todo es hermoso.
Pero todo eso, el canto de Bessie, el arrullo de Coleman Hawkins, ¿no eran
ilusiones, y no eran algo todavía peor, la ilusión de otras ilusiones, una
cadena vertiginosa hacia atrás, hacia un mono mirándose en el agua el primer día
del mundo? Pero Babs lloraba, Babs había dicho:
" Oh, sí, oh, sí que es verdad", y Oliveira, un poco borracho él también, sentía
ahora que la verdad estaba en eso, en que Babs y Hawkins fueran ilusiones,
porque solamente las ilusiones eran capaces de mover a sus fieles, las ilusiones
y no las verdades. Y había más que eso, había la intercesión, el acceso por las
ilusiones a un plano, a una zona inimaginable que hubiera sido inútil pensar
porque todo pensamiento lo destruía apenas procuraba cercarlo.
Una mano de humo lo llevaba de la mano, lo iniciaba en un descenso, si era un
descenso, le mostraba un centro, si era un centro, le ponía en el estómago,
donde el vodka hervía dulcemente cristales y burbujas, algo que otra ilusión
infinitamente hermosa y desesperada había llamado en algún momento inmortalidad.
Cerrando los ojos alcanzó a decirse que si un pobre ritual era capaz de
excentrarlo así para mostrarle mejor un centro sin embargo inconcebible, tal vez
no todo estaba perdido y alguna vez, en otras circunstancias, después de otras
pruebas, el acceso sería posible. ¿Pero acceso a qué, para qué? Estaba demasiado
borracho para sentar por lo menos una hipótesis de trabajo, hacerse una idea de
la posible ruta. No estaba lo bastante borracho para dejar de pensar
consecutivamente, y le bastaba ese pobre pensamiento para sentir que lo alejaba
cada vez más de algo demasiado lejano, demasiado precioso para mostrarse a
través de esas nieblas torpemente propicias, la niebla vodka, la niebla Maga, la
niebla Bessie Smith. Empezó a ver anillos verdes que giraban vertiginosamente,
abrió los ojos. Por lo común después de los discos le venían ganas de vomitar.
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