Capítulo 11
Gregorovius se dejó llenar el vaso de vodka y empezó a beber a sorbos delicados.
Dos velas ardían en la repisa de la chimenea donde Babs guardaba las medias
sucias y las botellas de cerveza. A través del vaso hialino Gregorovius admiró
el desapegado arder de las dos velas, tan ajenas a ellos y anacrónicas como la
corneta de Bix entrando y saliendo desde un tiempo diferente. Le molestaban un
poco los zapatos de Guy Monod que dormía en el diván o escuchaba con los ojos
cerrados. La Maga vino a sentarse en el suelo con un cigarillo en la boca. En
los ojos le brillaban las llamas de las velas verdes. Gregorovius la contempló
extasiado, acordándose de una calle de Morlaix al anochecer, un viaducto
altísimo, nubes.
- Esa luz es tan usted, algo que viene y va, que se mueve todo el tiempo.
- Como la sombra de Horacio - dijo la Maga -. Le crece y le descrece la nariz,
es extraordinario.
- Babs es la pastora de las sombras - dijo Gregorovius -. A fuerza de trabajar
la arcilla, esas sombras concretas... Aquí todo respira, un contacto perdido se
restablece; la música ayuda, el vodka, la amistad... Esas sombras en la cornisa;
la habitación tiene pulmones, algo que late. Sí, la electricidad es eleática,
nos ha petrificado las sombras. Ahora forman parte de los muebles y las caras.
Pero aquí, en cambio... Mire esta moldura, la respiración de su sombra, la
voluta que sube y baja. El hombre vivía entonces en una noche blanda, permeable,
en un diálogo continuo. Los terrores, qué lujo para la imaginación..
Juntó las manos, separando apenas los pulgares: un perro empezó a abrir la boca
en la pared y a mover las orejas. La Maga se reía. Entonces Gregorovius le
preguntó cómo era Montevideo, el perro se disolvió de golpe, porque él no estaba
bien seguro de que ella fuese uruguaya; Lester Young y los Kansas City Six. Sh...
(Ronald dedo en la boca).
- A mí me suena raro el Uruguay. Montevideo debe estar lleno de torres, de
campanas fundidas después de las batallas. No me diga que en Montevideo no hay
grandísimos lagartos a la orilla del río.
- Por supuesto - dijo la Maga -. Son cosas que se visitan tomando el ómnibus que
va a Pocitos.
- ¿Y la gente conoce bien a Lautréamont, en Montevideo?
- ¿Lautréamont? - preguntó la Maga.
Gregorovius suspiró y bebió más vodka. Lester Young, saxo tenor, Dickie Wells,
trombón, Joe Bushkin, piano, Bill Coleman, trompeta, John Simmons, contrabajo,
Jo Jones, batería. Four O'clock Drag. Sí, grandísimos lagartos, trombones a la
orilla del río, blues arrastrándose, probablemente drag quería decir lagarto de
tiempo, arrastre interminable de las cuatro de la mañana. O completamente otra
cosa. " Ah, Lautréamont ", decía la Maga recordando de golpe. " Sí, yo creo que
lo conocen muchísimo."
- Era uruguayo, aunque no lo parezca.
- No parece - dijo la Maga, rehabilitándose.
- En realidad, Lautréamont... Pero Ronald se está enojando, ha puesto a uno de
sus ídolos. Habría que callarse, una lástima. Hablemos muy bajo y usted me
cuenta Montevideo.
- Ah, merde alors - dijo Etienne, mirándolos furioso. El vibráfono tanteaba el
aire, iniciando escaleras equívocas, dejando un peldaño en blanco saltaba cinco
de una vez y reaparecía en lo más alto, Lionel Hampton balanceaba Save it pretty
mamma, se soltaba y caía rodando entre vidrios, giraba en la punta de un pie,
constelaciones instantáneas, cinco estrellas, tres estrellas, diez estrellas,
las iba apagando con la punta del escarpín, se hamacaba con una sombrilla
japonesa girando vertiginosamente en la mano, y toda la orquestra entró en la
caída final, una trompeta bronca, la tierra, vuelta abajo, volatinero al suelo,
finibus, se acabó. Gregorovius oía en un susurro Montevideo vía la Maga, y quizá
iba a saber por fin algo más de ella, de su infancia, si verdaderamente se
llamaba Lucía como Mimí, estaba a esa altura del vodka en que la noche empieza a
ponerse magnánima, todo le juraba fidelidad y esperanza, Guy Monod había
replegado las piernas y los duros zapatos ya no se clavaban en la rabadilla de
Gregorovius, la Maga se apoyaba un poco en él, livianamente sentía la tibieza de
su cuerpo, cada movimiento que hacía para hablar o seguir la música.
Entrecerradamente Gregorovius alcanzaba a distinguir el rincón donde Ronald y
Wong elegían y pasaban los discos. Oliveira y Babs en el suelo, apoyados en una
manta esquimal clavada en la pared, Horacio oscilando cadencioso en el tabaco,
Babs perdida de vodka y alquiler vencido y unas tinturas que fallaban a los
trescientos grados, un azul que se resolvía en rombos anaranjados, algo
insoportable. Entre el humo los labios de Oliveira se movían en silencio,
hablaba para adentro, hacia atrás, a otra cosa que retorcía imperceptiblemente
las tripas de Gregorovius, no sabía por qué, a lo mejor porque esa como ausencia
de Horacio era una farsa, le dejaba a la Maga para que jugara un rato pero él
seguía ahí, moviendo los labios en silencio, hablándose con la Maga entre el
humo y el jazz, riéndose para adentro de tanto Lautréamont y tanto Montevideo.
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