Melancolía de viernes...

(En la semana amarga en la que recordamos tu adiós)
 


    Pasaron 20 años. Barba rabiosa, típica de marinero harto de las mareas y los viajes de muelles solitarios. Ojos amenazantes, de juez y testigo. Mirada que desnuda y penetra; tesoro sincero de un profeta occidental que parece haberlo visto todo. O nada.


    Veinte años, y no estás aquí para acomodarte los anteojos sobre esa nariz de boxeador retirado que, sin piedad, a través de los días, se ocupó de enmudecer tus facciones. Igualmente, siento temor ante esta fotografía en la que ahora veo tu rostro: altivo, insolente y a punto de contar de manera detallada mi poco extensa historia personal. Pero no hablás, y eso me tranquiliza. De pronto, nos observamos de soslayo, al mismo tiempo, pero los dos somos conscientes de aquello que no puede decirse, y callamos. No es el momento, y hasta tengo la sospecha de que ambos nos vemos beneficiados por este plácido silencio.

    Enciendo un cigarrillo, y cuando regreso la mirada en busca de tus cejas, noto que te has adelantado: estás fumando desde hace largos minutos. Es verdad. Se nos fueron 20 años, pero todavía estás a tiempo de escucharme. Seré breve con vos: no me importa que hayas nacido en Bruselas, mucho menos que tu vida se apagara en París. No viene al caso. Tampoco que fuiste maestro y padeciste leucemia. No me parece oportuno.

    Voy a ser sincero contigo: te he leído pocas veces. Puedo ser más crudo aún: nunca me agradaste. Poco me importan el boom latino, una casa usurpada por presencias invisibles, un pulóver asesino o una historia relatada como si de un juego de niños se tratase. No me agradas. Tengo en claro esos míticos diálogos con Borges, y hasta tu ideología desprovista de toda sonrisa peronista. Tanto me parece nada. Porque rara vez te leí, y nunca me agradaste.

    El filoso estilete de tu pluma causó una revolución en la literatura, dictaste clases en escuelas perdidas de la llanura pampeana, y hasta trabajaste para la UNESCO. Caminaste como ninguno el áspero sendero que sólo se exhibe ante aquellos que han sido condenados a la vigencia eterna, saciaste el hambre de innovación que enceguece a todo hombre provisto de sueños; huiste y, sin saberlo, te comprometiste con tu tiempo. Y eso ahora, hoy, es muy poco.



    Ya pasaron 20 años, y no te fuiste. Hoy te multiplicás a mi alrededor bajo la forma de retratos congelados, reediciones fantásticas y especiales de televisión banales y atentos a los mandatos del mercado. Y ahora los dos volvemos a mirarnos mientras compartimos, apostados junto a una mesa de café, un amargo manjar de tristeza servido en blancos pocillos de incomprensión.

    Miles que hablan de vos y no te conocen. Miles que ahogan sus gargantas pronunciando párrafos que jamás escribiste. Legiones de enanos que te glorifican pese a que jamás se detuvieron a contemplar una página tuya. “Modas” me dijiste una vez, mientras encendías otro brote de espeso tabaco. Tantos que te leyeron y nunca lo hicieron. Hoy te presentan como el mejor, pero eso ya no importa.

    Miráme otra vez. Sabemos demasiado ¿No te parece? Nos conocemos hasta el hartazgo, pero nunca se nos ocurrió ser amantes. Ahora sólo quiero pedirte perdón por todo lo que ha sucedido en estos 20 años. Quiero pedirle disculpas a tu talento.

    Necesito decirte que el temple que siempre gobernó tu estampa, hoy me recuerda a grandes soberanos del pasado; me sitúa entre faraones y césares. Tu magia se asemeja a un envidiable y dorado paisaje medieval. Pero eso nunca evitará que sea sincero contigo: te leí pocas veces, Julio Cortázar, y nunca me agradaste...

 

Patricio Eleisegui
 


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