Fantomas
Contra los Vampiros Multinacionales
De cómo el narrador de nuestra fascinante historia salió de
su hotel en Bruselas, de las cosas que vio por la calle y de lo que le pasó en
la estación de ferrocarril.
La reunión de Bruselas del Tribunal Russell II había
terminado a mediodía, y el narrador de nuestra fascinante historia tenía que
regresar a su casa de París, donde lo esperaba un trabajo bárbaro, razón por la
cual no tenía demasiadas ganas de volver; esto explicaba su tendencia a
demorarse en los cafés, mirar a las chicas que paseaban por las plazas y
revolotear por todas partes como una mosca en vez de encaminarse a la estación.
Ya tendría tiempo en el tren para reflexionar sobre lo
sucedido en esa dura semana de trabajo; por el momento sólo le había interesado
cerrar los ojos del pensamiento y dedicarse a no hacer nada, cosa que según él
merecía de sobra. Le encantaba la vagancia por una gran ciudad, deteniéndose en
las vitrinas, tomándose un café o una cerveza cada tanto en lugares donde la
gente hablaba de otras cosas y vivía de otra manera, y sobre todo mirando a las
chicas belgas, que como todas las demás chicas de este mundo eran esencialmente
mirables y admirables. Fue así como nuestro narrador pasó largas horas
derivando, caboteando, orzando y anclando en diferentes lugares de Brucelas,
hasta que bruscamente entre dos tragos de una ginebra y la pitada al cigarrillo
que se situaba exactamente entre los susodichos tragos, se dio cuenta de algo
curioso: la presencia inconfundible de una multitud de latinoamericanos en los
lugares más diversos de la ciudad.
Recapitulando (se le iba a ir el tren, pero por otra parte
estaba ya a una cuadra de la estación y con un buen sprint llegaría a tiempo) se
acordó de los dos dominicanos hablando animadamente en la plaza mayor, del
boliviano que le explicaba a otro cómo comprarse una camisa en un supermercado
del centro, de los argentinos que dudaban de la calidad del café antes de
animarse con gran palmada en los hombros y entrar en un local de donde acaso
saldrían agonizando. Pensó en las chicas (¿colombianas, venezolanas?), cuyo
acento lo había decidido a arrimarse lo más posible, sin hablar de las
minifaldas que constituían otro poderoso motivo de interés. En resumen, Bruselas
parecía sensiblemente colonizada por el continente latinoamericano, detalle que
al narrador le pareció extraño y bello al mismo tiempo. Pensó que una semana de
trabajo en el Tribunal, donde el español había sido la lengua dominante, lo
sensibilizaba demasiado a los fenómenos meramente turísticos; pero a la vez tuvo
la impresión de que no era así y que hasta el aire olía a pampas, a sabanas y a
selvas, cosa más bien infrecuente en una ciudad tan llena de belgas y
cervecerías.
"Exilados, claro", pensó el narrador. "No tiene nada de
extraño ni aquí ni en cualquier parte. De Chile, del Uruguay, de Santo Domingo,
de Brasil; exilados. De Bolivia, de Colombia, la lista era larga y siempre la
misma; exilados. Algunos habrían acudido para asistir a las sesiones del
Tribunal Russell, para dar testimonio de persecución y de tortura; otros ya
estaban ahí, ganándose la vida como podían o sobreviviendo en un mundo que ni
siquiera era hostil, simplemente otro, distante y ajeno. En Munich, en París, en
Londres era lo mismo, las voces latinoamericanas, los gestos reconocibles, las
sonrisas o los largos, melancólicos silencios. Turismo: la mera palabra era un
insulto, una bofetada. Bien se distinguía a los turistas, su manera de vestir y
su aire de vacaciones. De todos los que acababa de ver, acaso solamente las dos
chicas venezolanas eran turistas; el resto estaba ahí barrido por el odio de
lejanos déspotas, haciendo frente a su destino de incierto término. Los
exilados, el vago perfume de pampas y sabanas y selvas.
Arrancándose a una tristeza inútil, el narrador franqueó casi
supersónicamente la distancia que lo separaba de la estación. El viaje sería
largo, y pensó comprar un diario o una revista; vio el kiosco multicolor a la
entrada de los andenes, y como faltaban siete minutos para el rápido de París,
se abalanzó hacia la posible lectura. No contaba con lo imprevisible, en forma
de una señora anteojuda y agazapada en su reducto de papeles impresos, que lo
miró severamente y se quedó esperando.
—Señora —dijo estupefacto el narrador después de echar una ojeada al kiosko—,
aquí lo único que se ven son publicaciones mexicanas.
—Qué le va a hacer —dijo resignadamente la señora—, hay días en que pasa
cualquier cosa.
—Pero es imposible, usted me está engañando y ha escondido los diarios belgas.
—Moi, monsieur?
Sí, señora, aunque las razones de su insólita conducta me parezcan más bien
inconcebibles.
—Ah, merde alors —dijo la vieja—, a mí no me venga con reclamaciones, yo vendo
lo que el concesionario me pone en los estantes, bastante tengo con las várices
y con mi esposo que se pescó la radiactividad por culpa de las merluzas
contaminadas, dígame si es vida.
—¿Entonces yo, señora, si quiero enterarme de la marcha de la historia de aquí a
París, tengo que zamparme un diario azteca?
—Mire, señor—observó sorpresivamente la vieja—, la historia viene a ser como un
bife con papas fritas, uno lo pide en cualquier lado y siempre tiene el mismo
sabor.
—De acuerdo, pero...
—Vaya a saber—dijo la señora—, porque ahora que uno lo piensa despacio, eso de
los diarios mexicanos viene a ser más bien una tomada de pelo, ¿no le parece?
—Menos mal que usted lo admite —se alegró el narrador— Qué diablos, México no
está a dos cuadras de Bélgica, y...
—Seguro —dijo la señora—, esos países quedan por el lado del Asia, es sabido. ¿A
usted le parece que en México la merluza está también contaminada?
—Yo la merluza casi no la conozco —confesó el narrador—, el vacuno me invade el
menú, qué le va a hacer.
Es una lástima —dijo la señora , porque gratinada y con una coronita de perejil
es propiamente regia, sin contar que por la noche uno apaga la luz y fosforece,
viera qué hermosura en el medio de la fuente, el médico dirá lo que quiera pero
la radiactividad tiene su encanto.
—¿Y yo esta revista tengo que pagársela con águilas mexicanas, señora?
—De ninguna manera, el concesionario no acepta pájaros, aquí estamos en Bélgica
y usted me garpa dos francos por esta revista.
—Se me va el tren, señora —dijo agitado el narrador.
—Culpa suya, señor, por no tener cambio. Dos, tres, cuatro, cinco, y este de
cinco y otro de cinco que hacen quince, espere que no tengo más monedas,
entonces le doy uno, dos, tres, cuatro y cinco, total veinte, merci beaucoup.
—Qué andén será, Dios querido.
—El cuatro, señor, todos los trenes para París salen del cuatro, menos algunos
que salen del ocho, y ahora que me acuerdo hay otro por la tarde que...
De cómo el narrador alcanzó a tomar el tren in extremis (y a partir de aquí se terminan los títulos de los capítulos, puesto que empiezan numerosas y bellas imágenes para dividir y aliviar la lectura de esta fascinante historia).
Provisto de lectura en la forma que se acaba de explicar, el
narrador trepó al expreso de París que ya tomaba velocidad, y después de catorce
vagones protuberantes de turistas, hombres de negocios y una excursión completa
de japoneses, dio con un compartimiento para seis, donde ya cinco confiaban en
que con un poco de suerte tendrían más espacio. Pero plok, el narrador puso la
valija en la red y se constituyó del lado del pasillo, no sin prospectar en el
asiento de enfrente a una rubia que empezaba por unos zapatitos con plataforma
de lanzamiento estratosférico y seguía en sucesivas etapas hasta una cápsula
platinada envuelta ya en el humito que precede al cero absoluto en Cabo Kennedy.
O sea que estos ñatos estaban así:

Lo más desagradable era que el cura, la señorita y el señor
enarbolaban sendas publicaciones en el idioma nacional, tales como Le Soir,
Vedettes Intimes, etcétera, razón por la cual parecía casi idiota abrir una
revistita llena de colorinches en cuya tapa un gentleman de capa violeta y
máscara blanca se lanzaba de cabeza hacia el lector como para reprocharle tan
insensata compra, sin hablar de que en el ángulo inferior derecho había un
avisito de la Pepsi Cola. Imposible dejar de advertir por lo demás que la rubia
platinada desprendía una ojeada cibernética hacia la revista, seguida de una
expresión general entre parece-mentira-a-su-edad y
cada-día-se-nos-meten-más-extranjeros-en-el-país, doble deducción que desde
luego dificultaría toda intentona colonizadora del narrador cuando empezara a
reinar la atmósfera solidaria que nace en los compartimientos de los trenes
después del kilómetro noventa. Pero las revistas de tiras cómicas tienen eso,
uno las desprecia v demás pero al mismo tiempo empieza a mirarlas y en una de
esas, fotonovela o Charlie Brown o Mafalda se te van ganando y entonces FANTOMAS.
La amenaza elegante, presenta.
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La Inteligencia en
Llamas
–Boletos–dijo el guarda.
Un episodio excepcional... arde la cultura delmundo... ¡Vea a FANTOMAS en
apuros, entrevistándose con los más grandes escritores contemporáneos!
"¿Quiénes serán?", pensó el narrador, ya captado como sardina en red de nailon
pero decidido a aceptar la ley del juego y leer figurita por figurita sin
apurarse como manda la experiencia de placer que todo zorro viejo conoce y
acata, un poco a la fuerza es cosa de decirlo. En fin, la cuestión era que...
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Cosa de entrar en conversación, hubiera sido tan
agradable poder mostrarle una de las primeras figuras a la nena platinada y
decirle: "¿A usted le parece que este señor tiene aire de ser el director de la
biblioteca de Londres?", para que ella renunciara por fin a sus Vedettes Intimes
con tanto Alain Delon y Romy Schneider, porque en realidad ese señor parecía
sobre todo un general retirado de Guadalajara, pero la sofisticada pasajera
seguía línea a línea las incidencias matrimoniales de Sylvie Vartan, de manera
que hubo tiempo de sobra para que el director de la biblioteca descubriera la
ausencia de doscientos incunables, razón por la cual llamó horrorizado al patio
escocés, más conocido por Scotland Yard, y el inspector Gerard, en fin,
cualquiera podía asistir a la escena puesto que
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–¿No le molesta
que fume?
–Al contrario, casualmente iba a pedirle fuego –dijo la nena platinada
extrayéndose con algún esfuerzo del divorcio de Claudia Cardinale.
–Se me ocurre que usted es italiana –dijo el narrador–, algo en el acento o en
el pelo.
–Soy romana –dijo la nena, con gran éxito por parte del cura que le sonrió
ecuménicamente.
–Justamente en Roma están pasando cosas terribles –dijo el narrador–, fíjese
aquí.
–Non e possibile! –se contorsionó la nena después de mirar fijamente al diariero
que anunciaba las nefandas nuevas–. ¿Se da cuenta que además han destrozado la
biblioteca?
El narrador prefirió pasar por alto la ligera laguna
cultural, máxime cuando lo que sucedía en la revista rebosaba de cultura, las
bibliotecas europeas descubrían la desaparición de las obras de Víctor Hugo,
Gautier, Proust, Dante, Petrarca y Petronio, sin hablar de manuscritos de
Chaucer, Chesterton y H.G. Wells, y en ese mismo momento una pareja joven y
esbelta salía de un teatro donde se representaba La ópera de tres centavos y la
chica en cuestión parecía ávida de saber como podía comprobarse fácilmente seis
figuritas más adelante
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El astuto
narrador había comprendido ya que el muchacho rubio era-nada-menos-que-Fantomas,
y antes de que las cosas empezaran a precipitarse decidió cerrar la revista y
los ojos (la nena rubia lo ninguneaba de nuevo, sumida en los graves problemas
financieros del pobre Aristóteles Onassis) y resbalar despacito en el tobogán de
la fatiga. Ocho días de trabajo en el Tribunal Russell, con una última reunión
hasta la madrugada, horas y horas escuchando a relatores y testigos que
aportaban pruebas sobre la represión en tantos países de América latina y el
papel de las sociedades transnacionales en el pillaje de las economías y la
dominación en el plano político y paralelamente, porque la dominación económica
exigía otras dominaciones, otros cómplices y otras víctimas, la repetición hasta
la náusea de testimonios sobre el asesinato, la tortura, la persecución, las
cárceles en Chile, Brasil, Bolivia, Uruguay y no pare de contar. Como un símbolo
que ya nadie nombraba, la sombra ensangrentada del Estadio Nacional de Santiago,
el narrador creía escuchar otra vez las voces que se sumaban a lo largo del
tiempo y los países, la voz de Carmen Castillo narrando ante el Tribunal la
muerte de Miguel Enríquez, la voz de los jóvenes indios colombianos denunciando
la implacable destrucción de su raza, la voz de Pedro Vuskovic presentando el
acta de acusación y pidiendo la condena del gobierno norteamericano y de sus
múltiples cómplices y sirvientes en la incesante violación de los derechos
humanos y del derecho de cada pueblo a su autodeterminación y a su independencia
económica. Cada tanto, como una obstinada recurrencia, alguien subía para dar
testimonio de muertes y torturas, un chileno que mostraba las técnicas empleadas
por los militares, un argentino, un uruguayo, la repetición de infiernos
sucesivos, la presencia infinita del mismo estupro, del mismo balde de
excrementos donde se hunde la cara de un prisionero, de la misma corriente
eléctrica en la piel, de la misma tenaza en las uñas. Y al salir de todo eso (de
la representación mental de todo eso, podía corregir el narrador) se entraba de
nuevo en lo personal (pero entonces lo personal también debía ser una
representación mental de la vida, una cortina de humo, un cómodo tren Bruselas-París,
un número de Fantomas, un cigarrillo negro, una nena platinada cuyo tobillo
acababa de rozar el suyo y era promisor y tibio aunque Onassis y Romy Schneider),
una mera representación mental de la vida si todo lo otro se borraba con un
simple parpadeo y un cambiar de tema. "No se borra", pensó el narrador, "en todo
caso a mí no se me borra", y ningún tobillo tibio borraría nada aunque valiera
como tobillo, como promesa de patita toda entera, una vez más esa difícil
conquista de un equilibrio en el que la vida cesara de ser su propia
representación y se buscara desde adentro y hacia adentro. Y aun así, qué
difícil escapar al calambre de la culpabilidad, de no hacer lo suficiente, ocho
días de trabajo para qué, para una condena sobre el papel que ninguna fuerza
inmediata pondría en ejecución, el Tribunal Russell no tenía un brazo secular,
ni siquiera un puñado de Cascos Azules para interponerse entre el balde de
mierda y la cabeza del prisionero, entre Víctor Jara y sus verdugos. ("Pórtese
bien", le estaba diciendo el señor al niño, cuyo portarse mal parecía consistir
únicamente en jugar con una bolita de vidrio, hacerla saltar entre sus manos y
recogerla cada tanto del suelo).
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Adelantándose a sus palabras, el narrador le alcanzó fuego a la nena platinada.
Para muchos portarse bien era eso, no salirse del molde social, un niño bien
criado no juega con bolitas en un tren, un hombre que vuelve de un tribunal no
se pone a leer tiras cómicas ni imagina los pechitos de una chica romana; o bien
sí, lee la tira cómica e imagina los pechitos pero no lo dice y sobre todo no lo
escribe porque inmediatamente le caerá encima uno de esos fariseísmos de la
gente seria que para qué te cuento. Casi divertido (aunque lo jodiera la cosa,
el calambrecito de la supuesta culpa) el narrador pensó que alguien muy querido
había dicho que el primer deber de un revolucionario era hacer la revolución,
frase que andaba engolando muchos pescuezos en tierras calientes y templadas,
pero a nadie se le ocurría reparar en esa mención casi marginal de "primer
deber", un deber al que seguían otros puesto que ése era el primero. Y esos
otros no habían sido enumerados porque no hacía falta, porque al decir esa frase
el Che había mostrado una vez más su humanidad maravillosa, había dicho "el
primer deber" mientras tanto otros hubieran dicho "el único deber", y en ese
pequeño cambio de nada, una palabrita por otra, estaba el gran matete, la
diferencia capital no solamente en las conductas del presente sino en el destino
aún tan lejano de cualquier revolución hecha o por hacer. "Razón por la cual",
resumió el narrador, "vamos a entrarle a Fantomas como epítome de mi punto de
vista en la materia, y a buen entendedor etcétera". Tenía esa mala costumbre de
pensar como si estuviera escribiendo, y viceversa dicho sea de paso.
—Hace un calor terrible dijo la señora, despertándose de una siesta benemérita.
Todo el mundo salvo el niño miró en diversas direcciones en
busca de las manijas o llaves que siempre responden a tales opiniones, y fue el
cura quien la encontró casi debajo de su sotana y hubo un gran intercambio de
sonrisas satisfechas. Para ese entonces el muchacho rubio se había enterado de
las terribles noticias sobre la desaparición de libros de autores famosos y el
diálogo final con su amiga era sumamente romántico.
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El salto a
la página siguiente era más bien brusco incluso en el plano de la moralidad y
las buenas costumbres, porque en efecto el muchacho rubio era Fantomas que,
revestido ya de una inexplicable máscara blanca, se instalaba en su harén
cibernético, rodeado de digamos secretarias en minifalda que respondían a los
nombres del zodíaco, idea delicada, y de toda clase de télex, teléfonos
electrónicos y otros dispositivos tecnológicos. Justo a tiempo, porque la
negrita Libra y el morochón Piscis se precipitaban hacia su amo y señor para
anunciarle que acababa de arder la biblioteca de Calcuta, seguida de un incendio
padre en la de Tokio, cuyo edificio valía una ojeada a las que casi
inmediatamente se sumaron las de Bogotá y la de Buenos Aires.
"Menos mal que Borges ya se jubiló", se dijo el narrador que empezaba a
compartir el cultísimo ambiente de la historieta. Pero no le quedó tiempo para
meditar sobre la providencial salvación del ilustre escritor porque ya Libra
volvía más negrita que nunca con la aterradora noticia de que acababan de
desaparecer todas las Biblias, todas las Divinas Comedias y toda novela de
Dostoyevsky (sic). Lo peor parecía ser la Biblia, pues en la televisión se
agarraban la cabeza: "Es inexplicable cómo pudieron desaparecer todas las
Biblias, calculadas en mil millones de ejemplares, repartidas en todo el
mundo..."
Estupefacto ante la licuefacción de semejante best seller, el
narrador no pudo menos que decírselo al cura, era su deber más elemental y no
trepidó en mostrarle la figurita correspondiente, aunque la vestimeneta de Libra
y lo que se alcanzaba a sopesar visualmente en Piscis no parecía demasiado
recomendable para eclesiásticos. Hubiera preferido no escribirlo por obvio, pero
el cura se puso del color de la ceniza y presa de un soponcio momentáneo, sólo
atinó a decir: "¡Coño!" Más elocuente fue el señor, quien luego de enterarse de
lo sucedido se enderezó en toda su estatura, que no era mucha, y bramó:
–¡Mi ejemplar de puño y letra de Gutenberg! ¡Es un complot de la masonería!
Una frenada más bien grosera les probó que ya estaban en
París, y la salida del compartimiento resultó confusa por la mezcla de lágrimas,
valijas y despedidas, sin habar de que la nena platinada, por lo visto
indiferente al sentimiento religioso o bibliotecológico reinante, se mandó mudar
la primera antes de que el narrador pudiera rescatar la revista y bajar su
maleta, por lo cual el viaje en taxi hasta el Barrio Latino fue más bien
melancólico y sin ningún tobillito que le diera esperanzas para esa noche y las
siguientes. Una vez en su departamento, bañado y con un buen trago, los dos
kilos de cartas por abrir que lo esperaban le impidieron seguir enterándose del
bibliocidio, y cuando al fin decidió volver a la revista le ganaron de mano con
el toque característico de las llamadas de larga distancia. Todavía inmerso en
el aura cultural, pensó que a lo mejor era su querido Juan Carlos Onetti que se
había vuelto loco y lo llamaba después de veintitrés años de silencio, pero
apenas escuchó un musgo afelpado, un lento terciopelo penumbroso, supo que era
Susan Sontag y le brincó un diástole de alegría porque tampoco Susan era de las
que se prodigan en el teléfono.
Estás enterado,
claro –dijo Susan.
–¿De qué? ¿De dónde me hablas? ¿Porqué tengo la impresión de que se trata de
algo malo, y eso que no soy telépata ni vidente?
Lo mío no interesa –dijo Susan–, pero después que me rompieron las piernas tuve
tiempo para pensar que...
–¿Las piernas?
–Ah, entonces no estás enterado. ¿Pero cómo puedes no estar enterado si Fantomas
te llamó por teléfono antes que a mí?
Lo malo en este tipo de diálogo, solía decirse el narrador,
es que se prolongan muchas páginas porque se componen sobre todo de monosílabos,
gritos, preguntas espasmódicas, inicios de explicación cortados por nuevas
preguntas, y tendencia recíproca a insultarse por la falta de rapidez mental.
Todo eso sucedió tal cual, pero podía resumirse de todas maneras en una frase de
Susan: "Cuelga y sigue leyendo, estúpido". Y anota mi teléfono para llamarme
después".
Cosa que así se hizo, y bastó abrir la revista ahí donde la
frenada del grosero maquinista había interrumpido la lectura para encontrarse
con una orden de Fantomas a Libra:
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A Libra no
debían gustarle demasiado los hermosos e inteligentes libros del narrador, pues
a pesar del orden de llamadas indicado por Fantomas, el primero en manifestarse
fue el penúltimo:
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Y aunque el narrador tenía la muy cuestionada costumbre de residir en París, se hizo presente desde Barcelona, lo cual lo halagó muchísimo porque esa especie de don de ubicuidad hubiera debido bastar como explicación de muchas cosas más bien insólitas que estaban sucediendo.
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A Moravia lo
habían amenazado con matarlo; al narrador también, pero especificando que lo
degollarían. Mientras se disponía a enterarse del último llamado telefónico de
Fantomas, pensó con un vago horror en esa especificación, pensó en el pasado y
el presente de su país, en el retorno de un estado de cosas en el que las peores
torturas parecían moneda corriente. Muy atrás, en la pantalla alargada del siglo
pasado, galopaban en el recuerdo los mazorqueros de Juan Manuel de Rosas, un
primer plano mostraba sus facones en la garganta de los prisioneros unitarios,
la lenta "refalosa" descrita por Esteban Echeverría y por Hilario Ascasubi, el
filo que poco a poco se abre . paso en los tejidos mientras la víctima mantenida
en pie por los verdugos asiste a su propia horrible muerte y oye decir: "No se
queje, amigo, a su madre le dolió más parirlo". Cosas así sucedían diariamente
en Buenos Aires, en las provincias, con música de radio apagando los alaridos,
con noticias de diarios amordazados por el miedo que lo reducían todo a términos
como mutilaciones, apremios y vejámenes, la misma Mazorca elogiada en actos
públicos, la misma barbarie presentada como reconquista de una patria en la que
se hundían hora a hora los cuchillos de la desgracia y el desprecio. Pero sus
reflexiones fueron cortadas por ese otro deguello tecnológico que es el
teléfono, Fantomas, sombrío, llamaba a alguien sentado detrás de un vidrio roto:
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Ya no tenía por
qué esperar más, llamó a la clínica de Los Angeles y Susan parecía estar
esperándolo, le hizo una broma por su lentitud mental y le contó su diálogo con
Fantomas:
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–Ya veo –dijo el narrador–. ¿Fue a visitarte?
–Llegará esta noche o mañana, pero ya sé todo. Las dos cosas.
–¿Las dos cosas, Susan?
–Sí, demorado. Mirá, estos matasanos de la clínica no me dejan hablar mucho
tiempo, péro precisamente por eso te lo voy a explicar con todo detalle. Ni
siquiera necesitas leer el final de la historia, porque es perfectamente falsa.
–No entiendo nada, Susan.
–Tú pagarás la comunicación y yo me aburro en esta cama, de modo que escucha. La
primera cosa es la falsa, quiero decir el final de la historia, y apenas llegue
Fantomas le demostraré que ha perdido el tiempo. A1 pobre le llevó un par de
días descubrir la pista y enterarse de que una secta de psicóticos, dotados de
medios electrónicos de destrucción, habían declarado la guerra a la cultura y
lanzaban una ofensiva contra los libros allí donde estuvieran, soltándoles una
lluvia de rayos láser o cualquiera de esas porquerías con nombres vistosos. La
investigación terminó en París, donde un tal Steiner empezó a negar su
culpabilidad, y entonces...
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Hubo un largo silencio, y después el rumor caracteristico de alguien que bebe un vaso de jugo de naranja. El narrador encendió un cigarrillo; percibió al mismo tiempo el ruido de otro fósforo que se encendía a miles de kilómetros, y el suspiro satisfecho de Susan, a quien debían haberle prohibido terminantemente que fumara.
—Pero entonces —dijo el narrador—, colorín colorado, este cuento se ha acabado.
—Siempre me quedo corta cuando te trato de estúpido —dijo la voz de Susan—. El
señor está encantado con el happy end, se tomará un buen whisky (maldito sea,
aquí no hay más que jugos infectos) y se irá a la cama con una pelirroja o solo,
que me da lo mismo para que sepas. La conciencia tranquila, el piyama bien
planchado, los dientecitos brillantes porque él usa dentífrico Protirene que le
hace tanto bien al nene.
—Susan, te quiero y te admiro demasiado para mandarte al quinto carajo. Me
duelen tus dos piernas, Susan, me duele estar tan lejos de vos esta noche.
—Eres un amor —dijo Susan, y el narrador estimó que lo decía de veras y tuvo
como ganas de pasearse por el cielo raso, de lanzar fuegos artificiales por la
ventana—. No te das cuentas, dromedario argentino, que todo eso es una cortina
de humo. La verdad es otra, Fantomas ha perdido el tiempo.
—Pero, Steiner...
—Pongo mi tercera pierna en el fuego que ni Steiner ni sus cómplices murieron en
el incendio. Fantomas cayó en la peor trampa, la de creer que su misión había
terminado. Es ahora que empieza lo importante, Julio, es ahora que tenemos que
actuar.
—Mi querida, vuelvo de Bruselas tan cansado, tal vez sepas que...
—Lo sé, esta pieza está llena de diarios y yo sé leer si las letras son lo
bastante grandes. El Tribunal Russell en Bruselas, verdad. La segunda reunión
sobre los problemas latinoamericanos. Una sentencia muy dura y muy clara contra
Ford, contra Kissinger, contra las sociedades vampiras, la ITT y el resto. La
tengo aquí, mira, los amigos me traen los télex fresquitos. El Tribunal. . .
Oye, lo que no sé es quiénes estaban en el Tribunal.
—Nos estamos saliendo del tema —dijo el narrador que seguía fijo en Fantomas,
pero se detuvo al escuchar algo así como un rechinar de dientes, tal vez un mero
ruido del teléfono, aunque nunca se sabía con Susan.
—¿Saliendo del tema? —dijo la enfermita como si cortara papel con una navaja—.
Si alguna vez estuvimos en el tema es ahora, gaucho insípido. ¿Cómo puede ser
que no te des cuenta? Es cierto que hay millones que tampoco, pero la gente paga
por tus libros y esó crea obligaciones mentales, me parece.
—Somos más de una docena —acotó el narrador—, juristas, científicos, teólogos,
sociólogos, dirigentes sindicales y escritores de diversos países. Somos eso que
un ministro chileno calificó hace poco de banda de marxistas. Supongo que
viniendo de la Junta lo creerás.
—Esos generales son tan simpáticos —dijo Susan— con sus uniformes planchaditos y
siempre como un equipo de fútbol, en dos filas y muy serios. En fin, ustedes
harían mejor en dar a conocer a todo el mundo la composición del tribunal,
porque pasa que aquí, sin hablarte de casi toda la América latina, no están muy
enterados.
—Hacemos lo posible, Susan, concedemos entrevistas, instamos a los periodistas a
que difundan los trabajos y las conclusiones, vamos a la TV, hay veces en que
tengo la impresión de ser uno de esos grandes putos del cine que se mueren por
la publicidad; sé que hay que hacerlo, pero no marcha bien, el boxeo o las
estrellas llenan las mejores páginas, somos muy pobres. Susan, nos falta...
—Dont cry, baby, dont cry —dijo Susan—, mamá te dará una banana de postre si
eres bueno.
—Y por eso nuestra sentencia...
—No servirá para nada, monono, si ustedes y nosotros no encontramos el camino, y
cuando digo nosotros no hablo de los esbeltos intelectuales tan admirados por
las élites, sino de nosotros y de millones de mujeres y de hombres del planeta.
—Cosas así se han dicho todos los días en el Tribunal— murmuró el narrador, más
bien abatido.
—Por eso es que necesitamos explicarle la verdad a Fantomas—dijo sorpresivamente
Susan—, y mañana le voy a dar uno de esos tirones de orejas que le dejarán la
máscara ladeada por una semana. Mira, basta por ahora, la enfermera ha pasado
del púrpura vivo al verde morgue. Llama a Moravia, que no conoce la sentencia, y
léesela, mañana te llamaré yo para que no te arruines del todo. Chuip chuip.
Eso en Susan significaba dos besos cariñosos, pero en cambio
la carraspera de Moravia no tenía nada de estimulante.
—Manaccia la miseria—dijo a modo de saludo—. Mi biblioteca está completamente
vacía, y hace un rato me llamó Italo Calvino desde París para decirme la misma
cosa. Los de Mondadori...
—Ya sabemos, Alberto, yo ni siquiera me he molestado en ir a ver mis libros o lo
que quede de ellos. Te llamo solamente para decirte un par de cosas antes de
volverme loco, ocurre que Susan pretende que te explique lo que pasó en Bruselas,
se le ha metido una idea en la cabeza y...
—No veo la relación.
—Yo tampoco, pero el matriarcado se hace sentir y yo obedezco.
—La sentencia del Tribunal está en todos los diarios, la leí después de hablar
con Susan. Está muy bien, dicho sea de paso, por fin se nombran algunas cosas
por sus verdaderos nombres. ¡¡Porca madonna, mis libros!!
—También han desaparecido los malos —le dije para consolarlo.
—Vete a la mierda —dijo Moravia, colgando con la rapidez de un águila.
La noche fue larga y llena de agujeros, uno enorme que iba de
una punta a otra de la pared del salón, y otros más pequeños en diversos muros
del departamento. El narrador necesitó todo su sentido del humor para apreciar
el efecto que hacían algunos muñecos, pósters, estatuillas, calidoscopios e
ídolos africanos, bruscamente en relieve allí donde no había quedado ni un solo
libro. Hasta encontró algunas cajas de fósforos, un contraceptivo y unos
anteojos de sol que daba por perdidos, sin hablar de una espesa capa de pelusas
y dos vistosas arañitas que completamente perturbadas se paseaban de un lado a
otro con el aire que hubiera tenido su tía (la del narrador) si al visitar por
la mañana el gallinero lo hubiera encontrado vacío. Al final, y como a pesar de
algunos rumores optimistas no disponía de un harén como Fantomas, se fue a
dormir con la sola aunque íntima compañía de un embutal y se despertó por obra
del teléfono y de la voz de Octavio Paz.
—Susan tiene razón —dijo Octavio— tampoco yo me había dado cuenta.
—¿Te llamó antes que a mí? —dijo el narrador, con los celos que correspondían.
—Sí, y te repito que tiene razón. Ya comprenderás, va a hablar contigo dentro de
unos minutos, de modo que es mejor andar rápido.
—Yo...
—Somos unos perfectos intelectuales, Julio. Verifica mi diálogo con Fantomas y
verás que le pido que haga algo por el amor que profesa al arte. Si pudiera
cambiar ese texto, donde dice arte yo hubiera debido decir hombre. El resto que
te lo explique Susan.
No colgó con la violencia de Moravia, porque cuando se es
mexicano se es mexicano, pero de todas maneras colgó y el narrador anduvo media
hora dando vueltas por el departamento como las dos arañas, preparándose un café
que como siempre le salió tibio y fofo, y fumando con ese aire que se aprende en
las películas de suspenso. La llamada de Susan lo pescó desnudo y enjabonado, y
a diferencia de lo que pasa en esa clase de películas, no había teléfono en el
baño, de manera que...
—Acaba de irse —dijo Susan—. Sécate de una vez, se te nota demasiado. Me dijo
que se entrevistará con ustedes, pero dudo que lo haga, tiene cosas más
importantes. Fantomas no estaba contento, hay que decirlo, pero creo que lo
convencí, en todo caso se puso como en sus mejores momentos, los pectorales se
le veían de lejos y tamblaba como un jet antes de soltar los frenos y largarse
por la pista.
—Si aparte de esa descripción sexy me dijeras lo que pasa, Susan.
—Pasa que Fantomas sabe ahora que le tomaron el pelo, y en su caso no es una
comprobación agradable.
—De acuerdo, le hicieron creer que el culpable era ese psicótico de París,
etcétera.
—Hm. Ahora él y muchos más sabemos que la destrucción de las bibliotecas no es
más que un prólogo. Lástima que yo no sea buena dibujante, porque me pondría en
seguida a preparar la segunda parte de la historia, la verdadera. En palabras
será menos interesante para los lectores.
—Decila de todas maneras, ya es tiempo.
—¿No la sientes en el aire? —murmuró Susan, y su voz venía cansada y dolorida,
como si de pronto sus piernas rotas la llamaran a una realidad de yeso , de
inyecciones , de interminables cuidados—. Julio, Julio, ¿quién es verdaderamente
Steiner? ¿Cómo se llaman los que el Tribunal Russell acaba de condenar en
Bruselas?
—Se llaman de mil, de diez mil, de cien mil maneras —dijo el narrador con la
misma voz cansada, aunque sus piernas estuvieran intactas—, pero se llaman sobre
todo ITT, sobre todo Nixon y Ford, sobre todo Henry Kissinger o CIA y DIA, se
llaman sobre todo Pinochet o Banzer o López Rega, sobre todo General o Coronel o
Tecnócrata o Fleury o Stroessner, se llaman de una manera tan especial que cada
nombre significa miles de nombres, como la palabra hormiga significa siempre una
multitud de hormigas aunque el diccionario la defina en singular.
Del otro lado se oyeron unos ruidos secos y rítmicos, que
podían significar aplausos aunque vaya a saber.
—Ahora —dijo Susan después de chupar en algo que desde luego no era un mate
amargo—, comprenderás por qué te hablé de la sentencia del Tribunal. La aventura
de Fantomas es una vez más el Gran Engaño que los expertos del sistema nos han
puesto por delante como una cortina de humo, igualito que en su tiempo la
Alianza para el Progreso, o la OEA, o la reforma en vez de la revolución, o los
bancos de fomento y desarrollo, no sé si hay uno o dieciocho, y las fundaciones
dadoras de becas, y...
—Despacio —dijo el narrador— menos enumeraciones y más claridad, nena.
—El Gran Engaño —repitió Susan— la prueba es que hasta Fantomas el infalible se
fue de boca con Steiner y su pandilla y creyó que la cosa estaba liquidada
cuando no hacía más que empezar. ¿Qué son los libros al lado de quienes los
leen, Julio? ¿De qué nos sirven las bibliotecas enteritas si sólo les están
dadas a unos pocos? También esto es una trampa para intelectuales. La pérdida de
un solo libro nos agita más que el hambre en Etiopía, es lógico y comprensible y
monstruoso al mismo tiempo. Y hasta Fantomas, que sólo es intelectual en sus
ratos perdidos, cae en la trampa como acabamos de verlo.
—Le estás hablando a un convencido —dijo el narrador— y además te va a salir
carísimo, nena.
—Shit, tienes razón —dijo Susan—, en fin, Fantomas te explicará lo demás.
Llámame por la noche, aquí todo es tan blanco y huele a limpieza, me clavan
agujas, no hay más libros y lo único bueno que se ve en la TV es la adaptación
de una novela mía que me sé de memoria.
—Mi pobre... empezó el narrador, pero no terminó nunca la frase porque los
vidrios de la ventana volaron en astillas (y eso que según la ciencia el vidrio
es un líquido) y de acuerdo a sus costumbres Fantomas se plantó con la máscara
blanca y un traje azul eléctrico en mitad del salón. El narrador colgó, puesto
que el ruido debía haber informado de sobra a Susan, y puso una cara más o
menos.
—La puta que los parió —dijo Fantomas—, no voy a dejar a uno solo vivo, esto no
me lo hacen a mí, conchemadres.
—¿La factura te la mando a tu casa? —quiso saber el narrador.
—Piscis te la pagará, es la tesorera. Rápido, al trabajo, necesito información,
Norman Mailer acaba de darme datos interesantes, y mira lo que me manda Osvaldo
Soriano desde Buenos Aires:

–Aplicarlos
fuera del país –repitió el narrador–. Sí, claro, no es nuevo. Pero tené cuidado,
Fantomas, con noticias de este tipo deben estar tratando de lanzarte a otra
pista falsa, o por lo menos inútil. Vos sabés que Susan no se caracteriza por la
claridad de sus explicaciones telefonicas, y, sin embargo, me parece que
entendí.
–Yo también –dijo Fantomas, sentándose en el suelo y sacando un frasco
superchato de grapa–, por eso quiero enterarme bien de lo que hicieron ustedes
los hipercerebrales en el Tribunal Russell, porque según Susan ahí está el
detalle.
–Mirá en los apéndices y encontrarás lo necesario –dijo
el narrador mostrando las páginas finales de este mismísimo volumen–.
Si querés una síntesis, te la hago en tres palabras: las sociedades
multinacionales. La ITT puede servirte de resumen; aunque suena como una marca
de yerba mate brasileña viene de bastante más al norte. ¿Querés que te muestre
cómo las veo yo?
–Me sería sumamente grato –dijo Fantomas pasándome el frasco como para hacerme
olvidar los pedazos de vidrio por el suelo.
–Así las veo –dijo el narrador.
–Parece el comienzo de Un perro andaluz –dijo Fantomas, siempre tan culto.
–Todo en nuestra América es el comienzo de ese perro, viejo, pocas veces hemos
llegado a mirar algo de frente sin que la navaja o el cuchillo vinieran a
vaciarnos los ojos.

Pero a esta altura de tan amena plática, ¿serías favorito de decirme qué me combinás, qué te provoca como acción, hacia dónde vas a orientar tu rauda manera de hacer moco las ventanas?
–Mailer me dio una lista, un amigo ecuatoriano me la completó, mis
corresponsales de Londres, Munich, Nueva York y Lima están procesando
electrónicamente algunas verduritas necesarias para completar el espectro, en
fin, digamos que dentro de media hora llamará Libra aquí.
–Qué placer–dijo el narrador, que después de haberla visto en la revista tenía
una debilidad particular por sus muslos tan renegridos como satinados. Cuando
Libra se manifestó con un murmullo de antílope al borde de una fuente, el
narrador consideró de su deber tomar personalmente nota de todas las
informaciones, aunque Fantomas mostraba alguna tendencia a empuñar personalmente
el tubo. De tan romántico diálogo resultó una lista de nombres y direcciones que
Fantomas memorizó en un segundo, tras de lo cual quemó el papel previamente
mojado en grapa: Por su parte el narrador sabía lo bastante sobre el tema como
para simbolizar los múltiples datos en una sola imagen cuya multiplicación no
hubiera engañado ni a una gallina alcoholizada.
–Este asunto me joroba un tantico, mano –dijo Fantomas–. Yo como sabes estoy por
la acción directa, y eso de las multinacionales me compliea la estrategia en el
ring, sin contar que son como esos gusanos que cuando más los cortás en pedazos,
má se reproducen y saltan para todos lados. Anoche le propuse a García Márquez
dedicarme exclusivamente a la CIA, porque la conozco mejor y además me tinca que
fue ella la que me armó el asunto de Steiner, hijos de mil putas. Pero el Gabo
me soltó una risotada necrofílica, sin hablar de la Susan hace un rato. Es una
lástima, porque la CIA, tú ves

–Tan fácil
–resumió Fantomas con un suspiro–, cuestión de ir siguiendo el mapa y páfate, en
una semana les bajo la cresta.
–Nihil obstat –concedió el narrador–, pero será un nuevo Steiner en más grande.
¿Nunca oíste hablar de la DIA? Es cien veces más poderosa que la CIA, y no hay
mapitas que te ayuden a localizarla. Como tu gusano, tendrías que volver a
empezar, después de la DIA tendrías la GUA y la FOA y la REA, etc. Susan tiene
razón, nos estamos quedando en la superficie, mascarita blanca, y entre tanto la
verdadera raíz del problema sigue tan garifa. Tomá este pedacito de historia
antigua, muy antigua puesto que remonta a 1970, casi la Edad Media si te fijás
bien.

Una cartita de la ITT muy personal y confidencial como verás por el sello, pero que en castilla dice (se habla de Chile): "Por ejemplo, una solución constitucional podría nacer de desórdenes internos masivos, huelgas, y guerrilla urbana y rural. Esto justificaría moralmente una intervención de las fuerzas armadas por un periodo indefinido". Te repito la fecha, 1970.
Fantomas hinchó el pecho hasta que empezó a crujirle la
camiseta, pero no dijo nada.
–Complemento de información –anunció el narrador–, publicado por el Vorwärst de
Bonn. La Química Hoechst de Chile escribe a su central de Francfort.
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"...una acción preparada hasta el último detalle y realizada brillantemente... El gobierno de Allende ha encontrado el final que merecía... Chile será en el futuro un mercado cada vez más interesante para los productos Hoechst".
–Que las aspirinas se les queden atravesadas en el culo – dijo amablemente
Fantomas.
–Amén –dijo el narrador–, pero deberías encontrar algo que les duela más.
–De eso me ocuparé yo. Dame la lista. Creo que Susan y tú tienen razón, es allí
donde hay que atacar, y ahora mismo.
El narrador lo vio encaminarse hacia una ventana que no era
la rota, y soltó un grito terrible para detener un vuelo que ya se advertía en
el aire de discóbolo de Fantomas.
–¿Qué te cuesta salir por la ventana rota?–suplicó–. Y otra cosa, Fantomas: ¿Vas
a proceder solo?
–La soledad es mi fuerza, Julio. La soledad y mi don de transformarme
infinitamente, llegar al enemigo bajo las apariencias más dispares. ¿Te conté el
día en que le rompí la cara a John Wayne cuando creía que yo era una inocente
huérfana perdida en el infierno de Las Vegas y me llevó a su cama so pretexto de
telefonear a mis afligidos padres?
–Fantomas, este trabajo lo harás solo como siempre, pero no estoy seguro de que
sirva de mucho.
–¿Qué pretendes? –gritó Fantomas crispándose para concentrar sus poderes
levitatorios–. ¿Qué pida la colaboración de la policía, de la Cruz Roja
Internacional? ¡Solo, solo solo! ¡Me basto y me sob...!
La otra ventana voló en mil pedazos, hijo de puta. El
fresquete que empezaba a reinar en tan ventilado salón obligó al narrador a
refugiarse en el dormitorio, donde con ayuda de varias botellas y mucho tabaco
se dispuso a esperar los acontecimientos. Por suerte, Fantomas no acostumbraba a
hacer esperar a nadie mucho tiempo, y a las dos horas diversos amigos empezaron
a llamar desde los lugares más antipódicos, Eduardo Galeano desde la calle
Pueyrredón en Buenos Aires, Julio Ortega desde Correo en Lima, Daniel Waksman
desde México, Cristina Peri Rossi desde Barcelona, José Lezama Lima desde La
Habana, la lista fue larga y elocuente, ahora era Lelio Basso desde Roma, Julio
Le Parc desde Montrouge, Caetano Veloso estupefacto en Sao Paulo, Carlos Fuentes
fatigando a las telefonista mexicanas, y naturalmente Susan Sontag, que lloraba
de risa frente a cosas como éstas puesto que acababa de enterarse de que
Fantomas, precedido por nada menos que Piscis, había asumido la personalidad de
un millonario paralítico para asistir a una reunión del directorio de la
Kennecot, de la cual todo el mundo había salido pálido y tembloroso.
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–Traté de convencerlo, Susan –dijo el narrador–, pero ya lo conocés, me hizo su célebre discurso individualista y ya ves, seguirá por su cuenta, es seguro.
Como seguir siguió, y poco a poco las agencias de noticias
fueron difundiendo los diferentes procedimientos gracias a los cuales Fantomas
se había abierto camino en las fortalezas de aluminio y cristal de las
sociedades multinacionales. Una imagen proveniente de Chicago lo mostraba
inofensivo y soñador mientras llenaba una jarra de agua que luego acabó en el
cráneo de Pennypepper E. Pennypepper, el rey del cobre y la sardina.
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Según Heinrich Böll, que la envió
por télex desde un diario de Francfort, la imagen siguiente mostraba a Fantomas
guardándose impúdicamente el importe de la indemnización que la junta militar
chilena acababa de pagarle a la Anaconda o a la Kennecot.
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El narrador no solamente tenía amigos intelectuales, y le gustaba hacerlo notar de vez en cuando, máxime cuando en su relato los escritores llegaban ya a un número saturante. Por eso lo alegró recibir otra noticia por intermedio de Jean Claude Bouttier, adversario desafortunado de Carlos Monzón pero digno de respeto como lo probaba su interés en revelar la apariencia revestida por Fantomas antes de entrar en el despacho del presidente Gerald Ford, con el cual mantuvo un diálogo cuyo resultado no era aún conocido, pero podía imaginarse después de verle la cara:
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La última imagen de tan
extraordinaria serie preocupó no solamente al narrador sino al Osservatore
Romano, pues nadie sabía con exactitud cuál de los dos personajes era Fantomas.
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De todas maneras, a partir de ese momento cesaron las
noticias, y los diarios pasaron rápidamente a temas tales como las últimas
performances de Emerson Fittipaldi, el precio del bife, las ejecuciones o
atentados de turno, la moda retro y el nuevo boom de Hollywood, que mostraba
incontrovertiblemente el dinamismo de la libre empresa. Ya Susan podía pasearse
un poco por su cuarto, y cuando llamó por última vez (por última vez en este
contexto, se entiende) lo hizo con esa voz siempre desagradable de los que
tienen razón y te remachan el clavo.
–Se acabó, Julio, te lo había dicho. Se ha vuelto a su guarida convencido de que
puso el mundo patas arriba, y ya ves.
–Sí, la verdad es que no se ve gran cosa –dijo el narrador echando una ojeada a
su ventana recién reparada y preguntándose hasta cuando duraría así–. Pero no
nos impacientemos, Susan, todavía no se pueden medir los resultados.
–Serán pocos y falsos, verás. Fantomas es admirable y se juega la vida a cada
paso, pero nunca le entrará en la cabeza que los otros son legión y que
solamente con otras legiones se les puede hacer frente y vencerlos.
–Bah, si es cuestión de número pensá en Fidel y el Che, y hasta en Cortés o
Pizarro si vamos al caso. Además, Fantomas es un justiciero solitario, si no
fuera así nadie le dibujaría las historietas, te das cuenta. No tiene vocación
de líder, nunca será un jefe de hombres.
–Por supuesto, y yo no se lo reprocho. A nadie hay que reprocharle que haga lo
suyo enteramente solo. El problema es otro, porque nuestra realidad no es
Steiner o una pandilla suelta, lo sabes de sobra. Y hasta que mucha gente
comprenda esto, y haga también lo suyo a su manera, nos seguirán friendo como
renacuajos.
–Nunca vi un renacuajo frito –dijo el narrador–. ¿Pero tú crees que un día
terminaremos por encontrarnos, por reunirnos? Por supuesto estoy de acuerdo
contigo, Susan, si llegáramos a eso frente a los vampiros y los pulpos que nos
ahogan, si tuviéramos un jefe, un...
–No, Julio, no agregues "Fantomas" o cualquier nombre que se te ocurra. Por
supuesto que necesitamos líderes, es natural que surjan y se impongan, pero el
error (¿era realmente Susan la que hablaba? Otras voces se mezclaban ahora en el
teléfono, frases en idiomas y acentos diferentes, hombres y mujeres hablando de
cerca y de lejos), el error está en presuponer al líder, Julio, en no mover ni
un dedo si nos falta, en esperar sentados que aparezca y nos reúna y nos dé
consignas y nos ponga en marcha. El error es tener ahí delante de las narices
cosas como la realidad de todos los días, como la sentencia del Tribunal Russell,
ya que anduviste en eso y me sirve de ejemplo, y seguir esperando a que sea
siempre otro el que lance el primer llamado.
–Susan, nuestros pueblos están alienados, mal informados, torcidamente
informados, mutilados de esa realidad que sólo unos pocos conocen.
–Sí, Julio, pero todo eso se sabe también de otras maneras, se sabe por el
trabajo o la falta de trabajo, por el precio de las papas, por el muchacho que
balearon en la esquina, por los ricachos que pasan en sus autos delante de las
villas miseria (es una metáfora porque tienen buen cuidado de no pasar en su
puta vida). Eso se sabe hasta en el canto de los pájaros, en la risa de los
chicos, en el momento de hacer el amor. Esas cosas se saben, Julio, las sabe un
minero o un maestro o un ciclista, en el fondo todo el mundo las sabe, pero
somos flojos o andamos desconcertados, o nos han lavado el cerebro y creemos que
tan mal no nos va simplemente porque no nos allanan la casa o nos matan a
patadas...
En ese teléfono pasaban cosas raras, además de las
palabras venían imágenes más bien borrosas pero reconocidas y de cuando en
cuando una voz de locutor repetía frases que el narrador conocía muy bien porque
muy pocos días antes había participado en su redacción:
–El Tribunal Russell condena a las personas y autoridades que se han apoderado
del poder por la fuerza y que lo ejercen despreciando los derechos de sus
pueblos.
Condena por estos cargos a las personas que ejercen actualmente el poder en el
Brasil, Chile, Bolivia, Uruguay, Guatemala, Haití, Paraguay y la República
Dominicana.
–¿Y la Argentina? –dijo una voz que parecía salir derechito de un café de la
calle Corrientes, a la altura del Once.
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Con la sorpresa previsible, el narrador escuchó la inmediata respuesta del
locutor:
–En lo que concierne a la República Argentina, el Tribunal expresa su profunda
inquietud por las detenciones, persecuciones, torturas y asesinatos de
militantes, obreros y profesionales, como también de refugiados políticos
sudamericanos, y decide abrir inmediatamente una encuesta para estab1ecer la
responsabilidad del gobierno argentino a este propósito.
–¿Y si nos corriéramos una nadita hacia el oeste? –preguntó una voz que
pronunciaba netamente cada sílaba, cosa rara en el continente sudamericano.
–Andele –propuso otra voz que venía desde mucho más al norte–, ya se acabó el
round de estudio y a ver si entran a fajarse, cuates.
El locutor parecía estar esperando, y los demás también, porque hubo un gran
silencio y entonces:
–El Tribunal declara que en el caso de la junta militar presidida por el general
Pinochet en Chile, ésta se encuentra en una situación de completa violación del
derecho internacional y no merece ser considerada miembro integrante de la
comunidad integrada de las naciones;
Condena a los gobiernos de los Estados que alientan tales procederes;
Condena por este hecho a los Presidentes Nixon y Ford, a los gobernantes de los
Estados Unidos de América y especialmente al señor Henry Kissinger, cuya
responsabilidad en el golpe fascista de Chile es evidente para el Tribunal,
juzgando sobre los documentos publicados en los Estados Unidos.
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El narrador entendió que también le correspondía decir algo, y alzaba elocuentemente la voz para imponerse a la infernal turbamulta telefónica cuando se vio rodeado de vidrios rotos y en medio de ese granizo la máscara blanca de Fantomas cómodamente sentado en el suelo al término de un aterrizaje digno de la Nasa. Pegado al teléfono, lo cual era un hándicap considerable, el narrador articuló la primera parte de una puteada que comprendía diversas cláusulas y pasajes, pero había algo en los ojos de Fantomas que lo llamó al silencio.
Me pregunto si no tenían razón, intelectuales de mierda –dijo
Fantomas–, días y días de acción internacional y no parece que las cosas cambien
demasiado.
–Dile que estuvo muy bien –aconsejó Susan, a quien no podía habérsele escapado
el estallido de la ventana–, dile que es un buen comienzo y que ojalá otros
comprendan.
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–Estuviste
fenómeno, negro dijo la voz argentina–, claro que hay otros que comprenden, leé
los diarios y vas a ver.
–Los diarios no dicen nada de nosotros–dijo una voz que parecía venir de una
mina de estaño–, pero todo se sabe alguna vez, compañeros.
–Lo bueno de las utopías –dijo claramente una voz afrocubana que resonaba como
un cascabel–, es que son realizables. Hay que entrar a fajarse, compañero, del
otro lado está el amanecer, y yo te planteo que...
Fantomas había bajado la cabeza, pero la máscara blanca no
impidió que el narrador viera una lenta, hermosa sonrisa que era como un
inventario de dientes blanquísimos. Del hueco sonoro venían voces, acentos,
gritos, llamadas, afirmaciones, noticias; se sentía como si muchedumbres
lejanísimas se juntaran en el oído del narrador para fundirse en una sola,
incontenible multitud. Frases sueltas saltaban con acentos brasileños,
guatemaltecos, paraguayos, y los chilenos pulidos y los argentinos a grito
pelado, un arco iris de voces, una inatajable catarata de pechos y de
voluntades. Cuando del otro lado alguien colgó el tubo, al narrador le pareció
que todo quedaba desierto, entre astillas de vidrio y un frío del carajo miró a
Fantomas, que lentamente se ponía de pie y se ajustaba el cinturón.
–Hice lo que pude –dijo Fantomas, tendiéndole la mano–. Sí, te prometo que
saldré por la ventana rota.
Lo hizo, y el narrador se levantó a su vez, mareado y rendido y confuso. Por el
agujero de la ventana miró hacia la calle desierta; sentado en el cordón de la
vereda un niño rubio jugaba con unas piedritas. Jugaba muy seriamente, como hay
que jugar, juntaba las piedritas, las tiraba entre sus pies tratando de que se
entrechocaran, volvía a juntarlas, las tiraba de nuevo.
El narrador vio que Fantomas, de pie en el tejado de la casa
de enfrente, miraba también al niño. Con un perfecto vuelo de paloma bajó a su
lado, buscó en sus bolsillos y sacó un caramelo. El niño lo miró, aceptó el
caramelo como la cosa más natural, e hizo un gesto de amistad. Fantomas se elevó
en línea recta y se perdió entre las chimeneas.
El niño siguió jugando, y el narrador vio que el sol de la mañana caía sobre su
pelo rubio.
FIN
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