Breve Curso de Oceanografía
Observando con atención un mapa de la Luna se notará que sus
"mares" y "ríos" distan mucho de tener comunicación entre sí; por el contrario,
guardan una reserva completa y perpetúan abstraídamente el recuerdo de antiguas
aguas. De ahí que los maestros enseñen a sus boquiabiertos discípulos que en la
Luna hubo alguna vez cuencas cerradas, y por cierto ningún sistema de vasos
comunicantes.
Todo ello ocurre al no tenerse oficialmente noticia de la
cara opuesta del satélite. Sólo a mí, ¡oh dulcísima Selene!, me es conocida tu
espalda de azúcar. Allí, en la zona que el imbécil de Endimión hubiera podido
sojuzgar para su delicia, los ríos y los mares se conjugaban otrora en una
vastísima corriente, en un estuario ahora pavorosamente seco y enjuto,
recubierto por las ásperas crines del sol que lo golpean y acucian, es verdad
que sin resultado alguno.
No temas, Astarté. Tu tragedia será dicha, tu pena y tu
nostalgia; pero yo la expondré bellamente, que aquí en el planeta del cual
dependes cuenta más la forma que la ética. Déjame narrar cómo en antiguos
tiempos tu corazón era un inexhaustible manantial del cual
fluían los ríos de voluptuosa cintura, devoradores de montañas, alpinistas
amedrentados, siempre camino abajo hasta encontrarse todos, luego de petulantes
evoluciones, en la magna corriente de tu espalda que los llevaba al OCÉANO. ¡Al
Océano multiforme, de cabezas y senos henchido!
Acontecía la corriente de ancha envergadura, con aguas ya
olvidadas de adolescentes juegos. La Luna era doncella y su río le tejía una
trenza bajándole por el fino hueco entre los omóplatos, quemándole con fría mano
la región donde los riñones tiemblan como potros bajo la espuela. Así por
siempre, incesantemente la trenza descendía envuelta en paisajes minerales,
asistida de grave complacencia, resumen ya de hidrografías vastísimas.
Si entonces hubiéramos podido verla, si entonces no
hubiésemos estado entre el helecho y el pterodáctilo, primeros estadios hacia
una condición mejor, qué prodigio de plata y espuma nos hubiera resbalado por
los ojos. Cierto que la corriente colectora, la Magna, fluía sobre la faz
opuesta a la tierra. Pero, ¿y los mares entre montañas, los estupendos circos
entones henchidos de su sustancia flexible? ¿Y la reverberación de las ola,
aplaudiendo la propia arquitectura? ¡Agua sorprendente! Después de mil castillos
y manteles efímeros, después de regatas y pasteles de boda y grandes
demostraciones navales frente a las rocas aferradas a su sinecura, la teoría
rumorosa se encaminaba hacia el magno estuario lado, ordenando sus legiones.
Déjame decir esto a los hombres, Selene cadenciosa; aquellas
aguas estaban habitadas por una raza celeste, de fusiforme contextura, de
hábitos bondadosos y corazón siempre rebosado. ¿Conoces los delfines, lector?
Sí, desde la horda del trasatlántico, una platea de cine, las novelas náuticas.
Yo te pregunto si los conoces íntimamente, si has podido alguna vez interrogar
la esfera melancólica de sus vidas al parecer tan alegres. Yo pregunto si,
superando la fácil satisfacción que proporcionan los textos de zoología, has
mirado a un delfín exactamente en el centro de los ojos...
Por las aguas de la gran corriente descendían pues los
selenitas, seres entornados a toda evidencia excesiva, libres aún de comparación
y de nombres, nadadores y lotógrafos. A diferencia de los delfines no saltaban
sobre las aguas; sus lomos indolentes ascendían con la pausa de las olas, sus
pupilas vidriadas contemplaban en perpetua maravilla la sucesión de volcanes
humeantes en la ribera, los glaciares cuya presencia anunciaba de pronto en el
frío de las aguas como manos viscosas buscando el vientre por debajo y
furtivamente. Y huían entonces de los glaciares en busca de la tibieza que la
corriente conservaba en sus profundas napas de crudo azul.
Es esto lo más triste de contar; es esto lo más cruel. Que la
corriente colectora olvidase un día la fidelidad a su cauce, que por sobre la
fácil curvatura de la Luna creara una húmeda tangente de rebeldía, que se
desplazara apoyada en el espeso aire, rumbo al espacio y a la libertad... ¿cómo
mirarlo sin sentir en las vértebras un acorde de agria disonancia?. Por sobre el
aire se alejaba la corriente, proyectándose una ruta de definido motín, llevando
consigo las aguas de la Luna desgarrada de asombro, repentinamente desnuda y sin
caricias.
¡Pobres selenitas, pobres tibios y amables selenitas! Sumidos
en las aguas nada sabían de su sideral derrota; tan sólo uno, abandonado del
cauce de la gran corriente, podía lamentar ya tan incierto destino. Largo tiempo
estuvo el selenita viendo alejarse la corriente por el espacio. No se atrevía a
separar de ella sus ojos porque empequeñecía por momentos y apenas semejaba una
lágrima en lo alto del cielo. Después el tiempo giró sobre su eje y la muerte
fue llegando despacio hasta apoyar con dulzura la mano sobre la combada frente
del abandonado. Y a partir de ese instante comenzó la Luna a ser tal como la
enseñan los tratados.
La envidiosa Tierra -¡oh, Selene, lo diré aunque te opongas
por temor a un más severo castigo!- era la culpable. Concentrando innumeras
reservas de sus fuerza de atracción en la cumbre del Kilimanjaro, era ella,
planeta infecto, quien había arrancado a la Luna su trenza poliforme. Ahora,
abierta de par en par la boca en una mueca sedienta, esperaba el arribo de la
vasta corriente, ansiosa por adornarse con ella y esconder bajo el líquido
cosmético la fealdad que sus habitantes conocemos de sobra.
¿Diré algo más? Triste, triste es asistir al arribo de
aquellas aguas que se aplastaron contra el suelo con un chasquido opaco para
tenderse después como babas de vómito, sucias de la escoria primitiva,
aposentándose en los abismos de donde el aire huía con estampidos horrendos...
Oh, Astarte, mejor es callar ya, mejor es acodarse en la borda de los buques
cuando la noche es tuya, mirando los delfines que saltan como peonzas y vuelven
al mar, reiteradamente saltan y retornan a su cárcel. Y ver, Astarté tristísima,
como los delfines saltan por ti buscándote, llamándote; cómo se parecen a los
selenitas, raza celeste de fusiforme contextura, de hábitos bondadosos y corazón
siempre rebosado. Rebosado ahora de sucia resaca y apenas con la luz que tu
imagen, que en pequeñísima perla fosforece para cada uno de ellos en lo más
hondo de su noche.
Copyrigth 2002© Todos los derechos reservados